Felicito a los alcaldes gallegos “laicistas”

Los alcaldes recién elegidos de Santiago de Compostela y de La Coruña no van a participar de la ofrenda que se hace en Lugo, desde tiempo inmemorial, invocando el antiguo Reino de Galicia. Reconozco mi ignorancia, pero desconozco el nombre de un solo rey gallego, ni dónde residía su capital, y otros símbolos reales. Los obispos invocan, y no se cómo  ni por qué, la “laicidad institucional”, y la defienden, mientras la describen, de la siguiente manera: laicidad” del Estado “significa que éste, en sus responsables e instituciones, no hace propia ninguna ideología -ateísmo, por ejemplo- o religión, por tanto, las impone a las sociedad; sino que, al contrario, afirma el respeto y la promoción de la libertad y de los derechos de los ciudadanos, tanto en su vida individual como comunitaria. Por tanto la laicidad del Estado respeta y promueve la variedad de convicciones existentes en la sociedad”. Yo no veo que la ausencia de unos alcaldes en un rito celebrado por la Iglesia, con la presencia de los obispos, vaya contra “la libertad y los derechos de los ciudadanos”, “ni contra la actitud del Estado que respeta y promueve la variedad de convicciones existentes en la sociedad”. Más bien ayuda a que esas actitudes se vean implementadas.

Estoy por decir, y digo y escribo, que la respuesta de los alcaldes, o uno de ellos, es más ajustada a las relaciones que debería tener la Iglesia con el Estado. El alcalde de Santiago de Compostela, Martiño Noriega argumentó así: que Compostela Aberta defendió durante la campaña una institución laica para Santiago, “posición justificada en la separación Iglesia-Estado y en la necesidad de que todos los actos institucionales donde participe el Ayuntamiento tengan una naturaleza civil”. Una posición que parte “de la creencia de la libertad religiosa de cualquiera cargo público y también de la creencia de que el espacio del religioso no debe encontrarse en los actos institucionales participados por las administraciones públicas que representan a todos y a todas”. Estoy de acuerdo con todo el razonamiento de Noriega, especialmente con el expresado en la última frase de que las administraciones públicas no deben de participar en los espacios religiosos, entendiendo espacio en sentido lato, de espacio físico, o tiempo, o el conjunto de ambas cosas.

Por lo que sé se trata de la ofrenda del ¿Reino de Galicia? al Santísimo Sacramento. Lo que me provoca dos consideraciones, (y una tercera “por alusiones”):

  • 1ª) El clero, y los políticos de otros lados de España, deben de considerar menos peligroso hablar del “Reino de Galicia” que del Reino de Cataluña, o de Euskalerría, pero los tres tienen la consistencia ontológica de los dioses del Olimpo. Y con esas celebraciones seculares se mantiene la mística, y se va creando y manteniendo un caldo de cultivo independentista.
  • 2ª) En este blog, hablando de los funerales de Estado, y otras celebraciones con mezcla de ambas partes, Iglesia y Estado, yo ya he manifestado mi opinión: que la asistencia a cualquier celebración que tenga rango sacramental, o esté próximo, o tenga que ver algo con la fe cristiana, no se puede regular con tratado internacional alguno, ni siquiera con el Vaticano. Nadie asiste, o no debería asistir, a un acto de esos como Rey, o presidente del Gobierno, o de una Comunidad Autónoma, o alcalde, o concejal, sino en su sola y única condición de fiel de la comunidad cristiana. Y los usos contrarios, tan frecuentes en España, son un abuso exactamente contra esa comunidad de creyentes.
  • 3ª) Como a mí me pareció  mal, muy mal, y una ofensa a los creyentes madrileños, y a sus presbíteros, que, en la entronización de D. Carlos Osoro como arzobispo de Madrid, los primeros bancos y aún los restantes, casi hasta el final de las dos filas centrales, estuvieran ocupados por políticos, gente famosa de las finanzas y de la sociedad madrileña, y no por los fieles anónimos que hacen posible que, todavía, se celebre la Eucaristía diaria en nuestra capital. Así como reclamo, no por dignidad, sino por orden sacramental y teológico, que nos tuvieran a los curas de Madrid hacinados por las capillas laterales. ¿Es esa una concelebración verdadera y sencilla, o se pretende impresionar con el incontable número de clérigos de Madrid, aunque estén arrinconados, nunca mejor dicho? Otra vez que nos inviten a  aquellos que quepan y puedan hacer de presbíteros, realmente, no de figurantes. (No vaya a ser, como dicen en Brasil, “que haja mais caciques do que indios”)

Así que mi conclusión es, como he adelantado en el titulo, felicitar a unos alcaldes que, esos sí, en mi opinión, respetan la fe de los que quieren celebrar una ofrenda al Santísimo Sacramento,  porque la fe y el respeto a Éste los profesan no los cargos públicos, ¿qué significa eso en la comunidad cristiana?, sino los creyentes y miembros voluntarios, ¡no institucionales!, de la asamblea litúrgica.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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