Lo que entre nosotros sucede, pero no debería suceder

Este artículo, o entrada, que de las dos maneras los llamamos en RS21, es, en realidad, la segunda parte del artículo de ayer, “entre vosotros que no sea así”. Se trata, realmente, de dos cosas que no deberían suceder dentro de la comunidad cristiana, y son: 1ª), la búsqueda y lucha por el poder; y 2ª), el modo de ejercerlo, y el abuso, del mismo; y 3ª), la búsqueda y lucha por la riqueza y la influencia en el mundo.

1ª) La búsqueda del poder. Hasta el edicto de Milán, decretado por el emperador Constantino, en el año 313, es decir, a inicio del siglo IV, en la Iglesia cristiana no había, ni podía haber, esa búsqueda, ni esa lucha, por llegar al poder. Por una sencilla razón: la comunidad cristiana no tenía ningún poder. Tenía que vivir oculta, en lo más profundo de las casas, o en las catacumbas, era perseguida oficialmente, y sus miembros eran reclutados, sobre todo al principio, entre lo más pobre y despreciado socialmente del Imperio Romano. Así podía decir San Pablo: “¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es”. (1ª Cor 1, 26-28). Lo que sucedía, en verdad, era que en los primeros siglos, los cristianos, los seguidores de Jesús, tuvieron, como su principal objetivo, cumplir su Palabra, sus enseñanzas, y el modelo de sus signos y de estilo de vida. A eso iban encaminados la seriedad y la profundidad del catecumenado pre-bautismal, que trataba de recordar, con la ayuda de la tradición oral, en un principio, y de los escritos que fueron apareciendo, poco a poco. La “autoritas”, concepto latino, y después cristiano, de autoridad no impuesta por la fuerza y a golpe de merecimientos o títulos, sino de la coherencia del que la ostentaba con la Palabra que transmitía, no derivaba en autoritarismo ni en supeditación de nadie. Ningún fiel se sentía abrumado por la autoridad ministerial de los que hoy llamamos, que entonces no, clérigos.. Y, sobre todo, la concordancia de su modo de proceder con la regla de oro del Maestro:  “El que quiera ser el primero entre vosotros, que sea el último y el servidor de todos”. Podemos decir con seguridad que el principio de que la autoridad no es otra cosa que responsabilidad por la comunidad, que se traduce como servicio a la misma, es el antídoto de actitudes similares a las de los “que gobiernan las naciones, que las tiranizan y las oprimen”. (Mc 10, 42).

2ª) El modo de ejercer y abusar del poder. Ya hemos dejado sentado que el primer paso es buscar, a veces, sin importar con qué medios, el Poder. El segundo, muchas veces más difícil que el primero, es conservarlo. Esa partir de los siglos IV-V, una vez liberados de la persecución, cuando los ministros de la Iglesia inician, lentamente, un proceso que durará varios siglos, hasta organizarse en estamentos, grados, niveles, y cometidos. En una palabra, se organiza el clero, como una Jerarquía necesaria, para guiar y conducir a los creyentes por voluntad de Dios. No deja de ser tan conmovedor, como tremendo, depende del punto de vista, o del estado de ánimo de cada ocasión, que los propios interesados, los clérigos de la más alta jerarquía, se encargaran de descubrir, transmitir y propagar a voz en grito, que esa organización de la Iglesia era así “iure divino“, es decir, por derecho divino. Algo objetivamente alejado, no poco, sino muchísimo, de las pistas que, sobre ese tema, dan los Evangelios. Más bien suena como algo ajeno a la idea de Jesús de, simplemente, anunciar, el Reino de Dios en la tierra. Y, sin embargo, el estilo  de organización fue cuajando, dejando a los fieles amarrados a la conducción y al pastoreo, tantas veces inmisericorde, de los jerarcas. Menos mal que hasta la primera mitad del siglo VII, -en la Iglesia occidental se considera que el último Padre fue San Isidoro, muerto en el 636, aunque los padres griegos u orientales alcanzan bien el siglo VIII-, menos mal, digo, que los obispos de esa época, por su altura intelectual, por su, todavía, conocimiento de las Escrituras, y por su talante pastoral, nada moralista, sino existencial y evangélico, no fueron un óbice al crecimiento en la fe y en el desarrollo equilibrado de la comunidad cristiana. Después, como veremos más abajo, la cosa cambió, y mucho, para peor.

(Este tercer punto lo escribiré mañana, para no alargarme en exceso).

Jesús Mª Urío Ruiz Vergara

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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