La ruptura total con el Evangelio

Como hemos visto en el articulo anterior, los santos padres, grandes pensadores, filósofos y teólogos, pero, ¡todavía!, algo que después se fue perdiendo, mantuvieron un apreciable respeto por las coordenadas fundamentales del Evangelio, si bien, ya al fin del período, siglos VII y finales del VIII, fue organizándose en la Iglesia un fenómeno  institucional que, después, vendría a ser fundamental: el clero. Y esto sucedió, según mi opinión, por un lento proceso de “religiosización” de lo que en el anuncio de Jesús era, más bien, una bomba en la línea de flotación del sentimiento religioso. Las enseñanzas del Maestro, en el tema que estamos tratando desde el Domingo, como “entre vosotros que no sea así“, y afirmaciones como “el hombre no es para el Sábado, sino el Sábado para el hombre “, o el episodio del mercadillo montado en el patio de los Gentiles del Templo por lo suelos, o la exclamación escandalosa para los fariseos piadosos y devotos, de “destruid este templo que Yo lo reedificará en tres días”, y otros muchos pasajes evangélicos constituyen al profeta de Nazaret en uno de los más acefrbos y afilados críticos de la experiencia religiosa institucionalizada, sobre todo cuando, como suele suceder, ésta aprovecha su tremenda y majestuosa puesta en escena para controlar y guiar las conciencias de los fieles. Así que, siempre en mi opinión, que puede ser muy discutida y mejor aclarada, ambos procesos se dieron juntos, uno apoyándose al otro: el de clericalización, y el de religiosización de la Iglesia. Y ya para completar el desvío, el sistema episcopal feudal acabaría por sellar lo que yo he titulado como ruptura total con el evangelio.

Es sorprendente, pero profundamente significativo, lo que puede llegar a suceder con la percepción de la realidad, cuando ésta se presenta, durante grandes períodos de tiempo, de manera idéntica, uniforme, y sin grandes variaciones. Sucede algo parecido a lo que proclaman los maestros (falsos) de la información, que usaron tanto los nazis, y que vuelven a intentar aplicar muchos Gobiernos ahítos de poder: que la mentira, si repetida innúmeras veces y sin fisuras, acaba pareciendo una verdad. O, por lo menos, es aceptada en el conjunto social sin estridencias ni sinsabores. ¿Alguien que haya leído atenta y respetuosamente el evangelio puede identificar la figura del obispo feudal, o del Papa gran Señor de los territorios pontificios, con las palabra y la enseñanza de Jesús? ¿O la “pompa y circunstancia” de las principales cortes episcopales y papales, no ya con la palabra y la vida del “Hijo del hombre, que no tiene ni donde reclinar la cabeza”, sino ni tan siquiera con las andanzas, aventuras, naufragios, palizas y desprecios de Pedro, Pablo, y tantos miles de primeros cristianos, que sí que se tomaron en serio, pero con alegría y energía vitales, las indicaciones del Señor?

Nos contaba nuestro profesor de Historia de la Iglesia, nuestro nunca bien ponderado, ni suficientemente, padre Miguel Pérez del Valle, ss.cc., la siguiente anécdota, que resume muy bien lo que quiero decir. Convencieron algunos compañeros a Francisco de Asís que acudiera a Roma para que el Papa, Inocencio III, para algunos el papa más poderoso de la Edad Media, diera la aprobación a la regla de la naciente orden de los “Hermanos menores” , popularmente conocidos como franciscanos. El papa, que paseaba por los jardines vaticanos ladeado por los cardenales Orsini y Colonna, se sorprendió tato al oír hablar de “pobreza”, y de “bienaventurados los pobres” que pensó que ese pobre futuro fraile había perdido la cabeza. Tanto así que los cardenales tuvieron que decirle, “¡Santidad!, eso está en el Evangelio. Y el Papa, “¿Que eso está en el Evangelio”? Es claro que hasta el descubrimiento de la Imprenta, las iglesias perdidas por pequeños lugares en el mundo no tenían acceso a copias de la Biblia. Así que no nos debe de sorprender que estuvieran el año entero repitiendo cinco o seis lecturas. Pero el Vaticano no debería tener ese problema, con el enjambre de amanuenses, copistas y escribientes que había en sus estancias, así como en los monasterios y grandes catedrales. pero el caso es que la dedicación a la política y a las armas, (el papa Julio II, que solo decía una o dos misas al año, el de Miguel Ángel y la Capilla Sixtina, andaba casi siempre con su armadura, y con un capellán a su lado, al que le pedía, eventualmente la capa pluvial, para, por ejemplo, bendecir la rebelde ciudad de Ostia antes de entregarla al saqueo de las su tropas pontificias).

Se trata, como vemos, de actitudes y comportamientos, en lo más alto de la escala eclesial, tan alejados de los principios más elementales del Evangelio, sobre todo en lo concerniente al afán de riquezas y a la búsqueda y abuso del Poder, que no es excesivo el título de “ruptura total con el Evangelio”. Parece mentira, pero todo esto, con algunas mejoras, pero no en lo transcendente, duró hasta el Concilio Vaticano II, que lo quiso arreglar, con el susto y miedo en el cuerpo de los altos funcionarios curiales vaticanos, quienes después pusieron todas las trabas y frenos al desarrollo del mismo, y muchos de los prelados episcopales. Y todo este panorama es el que, valientemente, está enfrentado el Papa Francisco. ¡Pero esta es otra historia!, que en su tiempo alguien tendrá que contar.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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