Juan José Omella, obispo de la Rioja, revaloriza la figura del obispo-pastor

Donde he puesto obispo de la Rioja, habría que indicar un título bien más largo: obispo de Calahorra-la Calzada- y Logroño, por orden estricto de la creación de las sedes. No siempre vamos, voy, a hablar mal de los obispos. En medio de la atonía, del páramo, en declaraciones y actitudes públicas de los obispos, uno por uno, y de la Conferencia Episcopal Española (CEE) en su conjunto, a favor, y en defensa, de los mas pobres y desfavorecidos de nuestro país, se alza, con claridad, la voz profética de este pastor, atento, y vigilante de los oscuros recodos por los que puede venir el lobo, para atacar a su rebaño. Cumple muy bien, y con diligencia encomiable, la tarea que le han encomendado sus colegas episcopales, como   presidente de la Comisión de Pastoral Social, desde el año 2003.  A lo que el Papa añadió, tal vez para suplir la baja de monseñor Rouco Varela, el nombramiento como miembro de la romana Congregación de los Obispos. Se trata, pues, de un prelado con el viento muy a favor, tanto a nivel de la Iglesia local en España, como de los más altos ambientes vaticanos. Personalmente, me agrada en alto grado esta estima, y el reconocimiento que se le dedica.

El obispo riojano declara cosas tan lógicas y sensatas que merece la pena escuchar:  los políticos “deben dejar a un lado la ideología y los partidismos” y trabajar para formar, con otras asociaciones e instituciones,  un “pacto social, … que debe  incluir “áreas como la pobreza, la educación, la sanidad, la familia, los jóvenes, la cooperación internacional, el empleo y los valores éticos y morales”. Es muy refrescante, para los que trabajamos codo con  codo con los voluntarios de Caritas que el primer contenido que ha señalado en este pacto social ha sido “la pobreza”. A mí me escandaliza, -y esta palabra no se me ha escapado como una de esas que entran en el formulario y se dicen sí o sí, sino que me escandaliza, de verdad, no que muchos católicos que conozco no vivan, -¡o vivamos!, mejor-, el ideal evangélico, sino que ni siquiera lo intenten, y no lo tengan, por lo menos, y aunque sea, como una utopía necesaria para realizar el intento de un mundo con nuevas estructuras socio-económicas, y con un más justo y equitativo sistema de distribución de los bienes.

Las demás preocupaciones que demuestra el obispo Omella indican una personalidad empeñada en seguir la senda de Jesús a favor de los pobres y más necesitados. Y, sobre todo, revelan que las personas que ostentan cargos públicos, y un obispo, por lo menos en España lo es, no deberían parapetarse en cifras de la macro política económica, sino descender al terreno donde se cocina la vida diaria. Como resulta ser el de todos los demás valores que destaca nuestro obispos, como son: la educación, la sanidad, la familia, los jóvenes, la cooperación internacional, el empleo y los valores éticos y morales.

Es muy importante que los jóvenes, desde los primeros pasos en le proceso educativo, en la familia, en la escuela, y en la Iglesia, aprendan cosas tan sencillas y relevantes como: no hay nada más importante que la persona, y todo lo que, de hecho, -aunque no de palabra, pues a veces se quiere tapar con palabras bonitas unas actuaciones sociales y políticas que dejan atrás, o tirado al ser humano-, vaya complicando o retrasando el verdadero proceso de educación en los más necesarios y fundamentales valores humanos, -que si son verdaderos, coinciden con el Evangelio-, el joven aprenda a no estimar como un acierto la puesta en acción de  ciertas soluciones socio-político-económicas, que, aparentemente, producen un  notable desarrollo económico, pero dejando de lado la justicia, la dignidad, y la igualdad a que tienen derecho todos los seres humanos.

A mí, y pienso que a mis lectores también, me parece magnífico, esperanzador, y reconfortante, que un obispo recuerde estos pensamientos tan sin trampa ni cartón, pero cargados de una lógica tan aplastante como su profundo humanismo, tan pariente cercano de los ideales evangélicos.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

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