No se trata de guerra santa

No soy experto en mahometismo, pero mucho me extraña que a Mahoma se le pueda achacar la matanza que ayer perpetraron en París un comando de yihadistas, a los gritos de “Alá es el más grande“. Y tampoco pienso que se le pueda involucrar a Alá con cualquier responsabilidad. Siempre nos han hablado de las tres religiones monoteístas, el judaísmo, el mahometismo, y el cristianismo, que si afirman las tres que hay un solo Dios, de esta afirmación se deriva que poco importan los nombres con los que se les denomine, que siempre se tratará del mismo Dios. Y esta constatación es la que hace, todavía, más kafkiana la disputa  socio-política-económica-religiosa. Entre estos aspectos voy a intentar descubrir mi opinión sobre cual es el que más le va a este contencioso, o cómo influyen los cuatro, unos más, otros menos.

  1. Aspecto social. Algunos de los que se han pronunciado sobre el atentado han afirmado que lo que pretenden los terroristas es, si no pueden destruir, por lo menos erosionar el sistema social, las costumbre, la moral, los valores democráticos, etc. Y esta apreciación parece bastante lógica. Efectivamente, por los motivos varios y complejos que sean, y en los que se puede afirmar la influencia occidental, es evidente que las sociedades de los países mahometanos, en general, viven mucho peor, y más atrasados que la sociedad europea, y occidental. Pero aun así, si no se interpreta como grave la responsabilidad de los occidentales en esta diferencia, no parece motivo suficiente y razonable para esta violencia.
  2. Aspecto político. Hablando en general, los países árabes no se significan por la pureza de su democracia. También es verdad que ha habido tentativas de implantación de la misma que ha fracasado por influencias externas, como las famosas elecciones en Argelia, en las que ganaron los islamistas, y los países occidentales, con EE.UU. al frente, decidieron que ese resultado no era bueno ni para Argelia, ni para el resto del mundo. Y lo anularon, produciendo un caos social y político en la región. Sirva esto como ejemplo de que la democracia no se puede imponer, ni condicionar, y que si sucede así, o de esa manera lo captan los habitantes de esos países a democratizar, vivirán el proceso con desconfianza, e irán almacenando motivos para resarcirse, hasta por medio violentos.
  3. Aspecto económico. Algo de muy torcido y poco grato ha sucedido en la historia de los pueblos árabes que, de maestros en el arte agrícola de la horticultura y jardinería, han pasado al actual estado de inacción en este campo de actividades. Y el resultado ha sido, además de la pobreza y la desnutrición en muchas regiones árabes, la concentración dela riqueza en las explotaciones petrolíferas. Con los avatares que todos recordamos, y la presión para la bajada de los precios, y las deslealtades y traiciones entre los propios países árabes hermanos, con un reparto  infame de los recursos, con el resultado de verdaderas islas paradisíacas, en las naciones más amigas de los occidentales, y otras regiones y naciones depauperadas y entregues a su sino, y la cruel suerte de su destino. Así que claro que hay motivos políticos para la revancha, o, digámoslo claramente, para la venganza.  
  4. Aspecto religioso. Leyendo buenos libros históricos, escritos por historiadores e investigadores serios y solventes, aprendimos, en su momento, que la guerra santa de expansión del Islam estaba, por lo menos, admitida, o tal vez más, estimulada por el Corán. Pero esa guerra, las famosas “razzias” realizadas una vez al año, tiene sus reglas, no es guerra de extinción, y no se caracteriza, de ninguna manera, por la violencia y la voluntad de destrucción. Por este motivo, yo, personalmente, me niego a considerar seriamente el motivo religioso en este tipo de matanzas, como la de ayer en París, que contemplamos con horror. Lo único relativo al aspecto religioso es la misma existencia de los “comandos suicidas”, en una torcida, desviada y radical interpretación de la exaltación religiosa eterna inmediata de los héroes de la fe, o así considerados por ellos. 
Pero hay que reconocer, como me decía un militar de alto rango, que este tipo de soldados, o agentes responsables de cualquier misión peligrosa, especialmente si es altamente destructiva, son un arma poderosa, por la convicción con la que actúan, y por la tremenda dificultad en contrarrestar esa voluntad decidida, por encima del peligro de muerte, o hasta con la afección a ese resultado. Es complicadísimo parar a un ser humano capaz de matar a veinte o treinta semejantes, con solo dar a una palanca escondida debajo de la gabardina, si él mismo está de acuerdo, y hasta beatíficamente feliz, del fatal resultado; fatal para nosotros, glorioso y salvador para él.
Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara
 

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