Infalibilidad pontificia, ¿para qué?

Definición-descripción. En la entra anterior he expresado alguna idea, incluso de tipo informativo, sobre el privilegio papal de la “infalibilidad”. pero no la hemos definido, o, mejor, descrito. Según este dogma, el Papa es infalible cuando se dan estas tres condiciones:

  • Cuando el papa declara algo acerca de cualquier cuestión de fe o de moral.
  • Cuando el papa declara algo «como pastor y maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos». (En cambio no goza de la infalibilidad absoluta cuando habla en calidad de persona privada, o cuando se dirige a un grupo solo y no a la Iglesia toda).
  • Cuando el papa declara algo como un «acto definitivo» (o sea cuando expresa claramente que esa declaración es definitiva y que no se podrá cambiar en el futuro).

La voluntad definitoria del Papa debe de ser clara, meridiana, y no dar ningún lugar a la duda. Esta voluntad se quiere  plasmar con la expresión “ex cathedra”, con la que se quiere significar que el Sumo Pontífice quiere dejar, definitivamente proclamada, una doctrina de fe y de buenas costumbres, es decir, de moral. Y esta voluntad de marcar una doctrina definitiva no debe de ser supuesta por la declaración, sino que tiene que estar presente dentro de ella, por el sentido literal de las palabras, y la solemnidad de las expresiones.

Pongamos , como ejemplo, la solemne definición, y única, en toda la Historia de la Iglesia, realizada personalemnte por un papa, que fue Pío XII, la Bula Munificentissimus Deus, del 1 de noviembre de 1950, con las siguientes palabras: “Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Vírgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”. El plural mayestático, y la aparente, pero no real, reiteración de conceptos como pronunciar, declarar y definir, deja bien clara, sin que nadie pueda discutirla racionalmente, la voluntad definitoria subjetiva del Pontífice.

Dificultades, u objeciones a la propia definición. Expresaré no las que dieron los padres conciliares, ni las provenientes de lo inconveniente, o del ridículo que supone esa doctrina para los no católicos, sino las que me parecen más serias, razonables, y difíciles de rebatir:

  1. Referentes a asuntos dogmáticos.

A) El problema es dilucidar, objetivamente, qué asunto es dogmático, y se refiere a materia revelada, es decir, que tiene que ver directamente con Dios, a veces como materia mismo de lo revelado, (por ejemplo, el misterio de la Trinidad), o, siempre, como revelador. Resumiendo, y usando el noble y magnífico sentido de la palabra Teología, de Theos-logos, tratado sobre Dios, o conocimiento de las cosas de Dios, las materias dogmáticas son, evidentemente, teológicas. Pero, muchas veces, y pondré algunos ejemplos, se consideran definiciones dogmáticas algunas que marcan el sentido filosófico de algunos conceptos. Pero, por definición, y aunque en la Edad Media se consideraba a la Filosofía como “ancilla“, criada, sierva, de la Teología, todos los filósofos serios sin  dependencia de la Teología considerarán poco serio el uso de conceptos filosóficos con un sentido fijo, marcado por una autoridad ajena a la Filosofía. Se trataría de una señalización conceptual filosófica procedente no del pensamiento, sino de la “autoridad“, algo muy poco filosófico.

B)  Tenemos, por ejemplo, la definición, según algunos, del dogma de la “Transustanciación”, para explicar, de alguna manera, la presencia de Jesús en la Eucaristía. Mi opinión es que no hacía, ni hace falta, normalmente, explicar el cómo del misterio. Basta con el “qué”. Al desarrollar el “cómo” se puede, fácilmente, y suele pasar, invadir los terrenos de la Filosofía. El concepto clásico de “sustancia”, que usó el concilio de Trento, es aristotélico. Pero la Filosofía moderna desconoce ese sentido. Esto, ¿quiere decir que los filósofos cristianos, creyentes, tienen obligación de aceptar ese concepto con un sentido obligatorio, que no lo han conseguido con su pensamiento, sino por la intervención de una autoridad teológica, revelada? Y lo mismo sucede con los conceptos de naturaleza, persona, etc., de los primeros concilios.

2. Referente a asuntos morales.

Aquí la argumentación es, todavía, más sencilla. La pretendida autoridad sobre los asuntos de moralidad y buenas costumbres, por parte del Magisterio Eclesiástico, aparece como una usurpación. A no ser que los que defienden esa prerrogativa admitan que el Magisterio, sobre estos asuntos morales, cambia con el tiempo. Y este cambio se debe a la propia esencia de la “moral”. Todos saben que procede de la palabra latina “mos/ris”, que significa costumbre. El que no admita que las costumbres cambian, dependiendo del lugar y de la época, es decir, que su normativa y aplicación son relativas, el que niegue esta evidencia podrá ser tildado de poco lógico, o, incluso, de absurdo. Por poner un ejemplo: el Magisterio de la Iglesia, ¿admitiría como moral la poligamia? Pues el Antiguo Testamento (AT) la admite sin rasgarse las vestiduras. Lo que viene a significar que si fuera una inmoralidad, todos los patriarcas, Como nuestro padre Abrahán, y el rey David, y el sabio rey Salomón, vivieron, flagrantemente, en pecado. Algo que nadie del mundo bíblico osaría admitir.

 

 

 

 

 

One Response to “Infalibilidad pontificia, ¿para qué?”

  1. Esperamos la continuación.
    Francamente muy bien expuesto

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