¿La tendencia laicista del pueblo español?

La Conferencia Episcopal Española, CEE, ha dilucidado que el pueblo español tiene una tendencia al laicismo, y que, además, esta tendencia es “beligerante”. No hace falta recodar que “laos”, en griego, significa “pueblo”. Y como el Concilio Vaticano II definió a la Iglesia como “Pueblo de Dios”, tendremos que convenir que, en principio, y ayudado por el régimen democrático que vivimos, el pueblo español quiera destacar sus condición de Pueblo soberano, con tendencias, por lo tanto, laicistas. Pero lo que hay que dilucidar es si esta tendencia, legítima, y secular ya en otros pueblos, como el francés, el del Reino unido, o de Estados Unidos, o Alemania, , etc., es algo que se oponga inherentemente al Evangelio de Jesús. Porque a la Iglesia, tal como la tenemos organizada todavía, parece que sí.

Conviene recordar alguna circunstancia histórica para ponderar la conveniencia del documento de la CEE, en el que se recrimina el “laicismo”, encima, beligerante, de la sociedad española. Los fieles de la Iglesia primitiva, de los tres primeros siglos, fueron considerados ateos, tanto por los romanos, como por los judíos, por no ofrecer los signos visibles de la religiosidad, delos que caracteriza a las religiones clásicas, como son el espacio sagrado, el tiempo sagrado y el cuerpo clerical. Hoy los hubiéramos llamado, con certeza, laicistas, por no cargar, de manera visible, la pesada carga de lo que es, en verdad, no la esencia, sino la corteza y la piel de la experiencia de una fe Revelada. El propio culto, escondido a los ojos de los paganos, es especialmente significativo para los propios fieles, pero no para los que no conocen ni su sentido, ni su transcendencia.

De hecho, los primeros cristianos no se dieron a conocer con manifestaciones multitudinarias en las calles, sino por el ejemplo eximio de su propia vida, hasta conseguir que los paganos, impresionados, se dijeran, nos a otros, “Mirad cómo se aman”. Se equivocan los que  acusan a los “laicistas” de querer que la actividad de la Iglesia sea privada, casi clandestina, y tan solo se ejerza en las sacristías, con una expresión que se suele usar. YO dudo de que los que la usan sepan mu y bien qué es lo que están diciendo. Y este desconocimiento, o despiste, bien de una confusión grave, y especialmente perniciosa para el entendimiento de lo que es la verdadera Iglesia, y que ésta no consiste en el conjunto de cuadros jerárquicos de mando, sino, en palabras, y con la enseñanza del Vaticano II, el Pueblo de Dios. Éste no puede ser invisible, si ha oído bien las palabras del Maestro, y las quiere cumplir: “No se enciende la luz para colocarla debajo de la cama, ni en el celemín, sino para que alumbre a todos los que están en la casa”. No son las estructuras eclesiales las que han de ser , necesariamente, visibles y públicas, sino el comportamiento, y la vida normal, de los creyentes, en casa, en la calle, en el trabajo, en el ocio, en la escalera, en cualquier lugar y situación, los que serán vistos por los hombres, y quedarán admirados y evangelizados con la Buena Noticia del Amor, del Perdón, de la Fraternidad, y de todos los valores del Reino de Dios. Eso fue lo que sucedió en los primeros siglos, y nunca se les ocurrió a los jerarcas de ese tiempo acusar a los conciudadanos no creyentes de tendencias al laicismo, o de beligerancia contra la Iglesia. Y ojo, en esa época miles y miles de cristianos acabaron en el anfiteatro, en la cruz, o en la hoguera.

En la presentación  del documento que comento, titulado “Iglesia en misión al servicio de nuestro Pueblo“, y que no es otra cosa que “El plan de pastoral de la CEE de 2016-2019″ se notan, nítidamente, dos modos muy diferentes, casi contrapuestos, de ver la sociedad española. Veamos dos textos. El primero es del obispo de Almería, González Montes: estaríamos ciegos para no ver el subjetivismo y el relativismo, para no ver que el consenso se ha convertido, siendo instrumento positivo para lograr un marco de convivencia, en criterio de moralidad“. Siempre con el miedo al relativismo de los principios morales. Pero el nuevo arzobispo de Barcelona, monseñor Omella, trasmite mejor la alegría del Evangelio: “Esto es una oportunidad para mejorar. Eso es el plan pastoral: tenemos que corregirnos, pero con una gran esperanza. Una mirada compasiva, con ternura, a este mundo, que puede dar una respuesta mucho mejor, pero que tenemos que ayudarla. Todos tenemos que pasar por el hospital, también los obispos. Nosotros somos los primeros”.

Os invito a comparar los dos textos y sacar las consecuencias. Todavía hay prelados, parece, a los que no les gusta la desclericalización que buscó el Concilio Vaticano II,  que estaba consiguiendo en los primeros momentos, y que dos pontificados, y los obispos que en ellos se promovieron, la paralizaron.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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