Ni odio ni revanchismo: amor a su ciudad.

La señora Esperanza Aguirre, que nos tiene acostumbrados a su verbo libre, sin autocensura, que le sería muy beneficiosa, ha afirmado en el ayuntamiento de Madrid que la solicitud del PSOE, -habría dicho lo mismo, tanto ella, como  yo voy a escribir, si la proposición hubiera partido de otro grupo político-, que esa propuesta de resolución se debía al odio y al revanchismo. Pues no. Es un tema de extrema, y urgente, vergüenza propia. Si la señora Aguirre tiene el mal gusto de homenajear en el callejero de Madrid a delincuentes, -sí, no me he equivocado de epíteto, porque lo que hicieron, en el derecho penal de entonces, y en el de ahora, es delito-, que procure mejorar algo sus preferencias. Veamos: unos militares se sublevaron contra un régimen perfectamente democrático, ocupante de los puestos de Gobierno  después de elecciones transparentes y perfectamente  homologadas por el Derecho internacional de la época. Y los generales que apoyaron ese golpe de Estado perpetraron uno de los mayores crímenes contra la patria: alta traición. Todo lo que  vino después, ya lo sabemos, fue una carnicería, y un retraso provocado de España con respecto a Europa de más de treinta (30) años. Eso, en la guerra, en la que, como en toda contienda civil, hubo desmanes por ambos lados.

Pero la señora Esperanza Aguirre, y otros y otras en España, no sabemos muy bien por qué, olvidan que después de la guerra, con un Estado bien instalado, sin enemigos, y sin peligro declarado ni probable de acoso y derribo, durante casi cuarenta años, (40 años, ¡ahí es nada!), gobernó tiránicamente, y, en el cálculo más bajo de historiadores neutrales, ejecutó, por motivos políticos, a más de 120.000 españoles. Y, ¿es odio y revancha, señora Aguirre, que no los afedctados, sino las instituciones españolas, en un ataque de vergüenza patriótica, pretenda hacer justicia? ¿Es odio y revancha la actuación de los jueces cuando actúan contra los carniceros de ETA ? ¿O, señora ex ministra, senadora, presidenta de la comunidad de Madrid, y alcaldesa de la capital, nos quiere convencer de que hay delincuentes, y delincuentes? Por el revuelo que levantó la llamada popularmente “ley de memoria histórica” tengo la impresión de que muchos madrileños, y tal vez, españoles, piensan como Vd, pero ninguno de los que piensan así con los que he hablado, admitiría que no se persigan crímenes cometidos por miembros de ETA, por mucho porrón de años que haga. La explicación psicológica de esta diferente reacción es muy fácil de explicar: nos acostumbraron, durante casi cuarenta años, a no ver a los causantes de la tragedia de la guerra civil, y sus consecuencias posteiorres, como criminales, sino como salvadores de la Patria, de la Civilización occidental, contra el comunismo, y hasta de la Iglesia, cuya cruzada en su favor lideraron.

Como oí que afirmaba la portavoz de un partido que se oponía a los argumentos de Esperanza, esos señores, cuyos nombre algunos pretenden que honren nuestras calles, no solo no lo hacen, sino que la exhibición de sus nombres provoca una profunda e insalvable deshonra en los que tienen una sensibilidad normal, humana y cívica, hayan tenido, o no, víctimas de esos “héroes” cuyos nombres exaltamos. Tuve la ocasión de oír en la tele el testimonio de una vecina de la calle General Yagüe, de Madrid, que se sentía aliviada al saber que iban a retirar de su calle el nombre del “carnicero de Badajoz“, como es conocido después de las matanzas que promovió en la ciudad de Badajoz, siendo teniente coronel. Así que, desde mi punto de vista, gracias a Dios, no todos los vecinos de Madrid piensan como Vd., y los hay que se sienten aliviados de ver el callejero de su ciudad limpio de nombres de delincuentes, sanguinarios, que han deshonrado nuestra patria.

(Y, como testimonio aterrador, pongo el siguiente texto, en el que se trasluce la magnitud de la matanza, en la respuesta que el propio militar sublevado Juan Yagüe le dio al periodista John T. Whitaker, del New York Herald Tribune, cuando éste le interrogó sobre lo sucedido:Por supuesto que los matamos. ¿Qué esperaba usted? ¿Que iba a llevar 4000 prisioneros rojos conmigo, teniendo mi columna que avanzar contrarreloj? ¿O iba a soltarlos en la retaguardia y dejar que Badajoz fuera roja otra vez?” Si ese no fue un acto de exterminio, fusilando a miles de prisioneros sin juicio, sin ningún procedimiento jurídico, no sabremos nunca  que sean esas guerras. Y ese tipo de delitos no prescriben. Evidentemente, ya no se puede proceder contra los autores de esos actos sanguinarios, porque han muerto, pero, ¡por lo menos!, no dejemos que sus nombres avergüencen a las futuras generaciones).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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