Cristianismo y marketing

No quién es Jorge Bustos pero acaba de publicar un artículo en “El Mundo” digital, con el título “El misterio de Belén“, absolutamente infumable. No sé si entenderá de técnicas comerciales, pero de cristianismo solo ve la carcasa, la pintura, el humo, y nada más. Ya al inicio del artículo escribe lo que sería el leitmotiv del artículo: “Hay que reconocer que el cristianismo, como estrategia de marketing, no puede ser más torpe. Su fundador nace en un comedero de bueyes, pasa treinta años en un taller de carpintería y el éxito de su predicación se ciñe a tres años no exentos de asechanza, al término de los cuales es ejecutado como un delincuente común. Sus seguidores causarán escándalo en Roma porque reivindican el signo de la cruz, que es como si hoy los yanquis llevaran pendiendo del cuello una pequeña silla eléctrica”.  Y el resto del artículo no es mucho más lúcido ni certero. comparar el Cristianismo con  la Técnica de vender lavadoras, o coches, o pasta dentífrica, es, además de ridículo, una profunda ignorancia. Espero que este periodidsta no sea de los que quiere mostrar la mayor boutade, la más original tontería, para así demostrar su originalidad.

No es nada elegante negar la mayor, recurso que solo hay que emplear en casos contados y en situaciones de emergencia. Pues aunque no sé si este señor sabe que es negarla, le niego la mayor. El argumento central de su artículo es el siguiente: “Aún peor, dice Carrère, que quiere explicarse la fuerza persuasiva de la secta cristiana. Los hombres están hechos de tal modo que quieren el bien de sus amigos y el mal de sus enemigos. Prefieren ser fuertes que débiles, ricos que pobres, dominantes que dominados. La religión griega no prescribía otra cosa, y la piedad judía tampoco: antes bien una vida principal era el primer síntoma de la predilección divina, de conformidad con el sentido común humano. Pero a partir del siglo I empiezan a pulular unos hombres que no solo dicen sino que hacen exactamente lo contrario. Inspirados por el ejemplo de su líder, bendicen a sus perseguidores, reparten sus beneficios y trasladan la esperanza a una vida ultraterrena incluso al precio del bienestar más inmediato, sin que quede clara la sensatez de la apuesta.” Ni este autor, ni el afamado Nietche, tan confuso y deslavazado él, entienden nada de lo más noble, lo mejor, y, sobre todo, lo más práctico del Cristianismo, si consideramos como metas a alcanzar el bien común, y la armonía y el equilibrio sociales, y  la importancia decisiva de la vida comunitaria. En un tiempo en el que vivían, con una cierta dignidad, aunque vacía y ficticia, un porcentaje mínimo de los que el ¿pensador? alemán consideraría, mucho tiempo después, como fuertes, decididos, super hombres, los romanos aristócratas sobrevivían en un mundo de esclavos, siervos, y de una chusma ignorante y sumisa. A eso nos lleva, como demuestra el liberalismo capitalista moderno, la pulsión individualista del hombre nitcheano.

Porque el mismo Bustos lo admite, como a regañadientes, en el párrafo siguiente al anterior: “Al principio no se les comprende (a los cristianos). Pero después los romanos, peritos en hedonismo exhausto, comienzan a envidiar la intensidad vital que los cristianos logran extraer de esa conducta aberrante. Y prende en los habitantes del Imperio el deseo de ser como ellos”. Normalmente no me gustan los que sacrifican la claridad y la verdad de una exposición  a la supuesta belleza de una frase. ¿Qué quiere decir “hedonismo exhausto”, sino una pobre e inútil concesión a un sentido abstracto y difuso de la realidad? Porque el hedonismo ni se cansa, ni queda exhausto de nada. Eso le toca, de modo poco elegante y nada gratificante, al hedonista. El autor del artículo podía haberse fijado en lo cierto de su afirmación , y reconocer, sinceramente, que ella destruye toda la pretendida fuerza del título, -otra frase bonita- con la afirmación de que “en los habitantes del Imperio prende el deseo de ser como ellos” (los cristianos). No debía ser tan aberrante una conducta tan pedagógica y práctica, ni puede haber mayor ni más decisivo marketing.

Todas las proclamas de realización personal, en la total y absoluta libertad, y en la autonomía existencial más exclusiva, adolecen del mismo desvío: que se fijan en la realización puramente personal, como si eso fuera posible, como si el individuo viviera en una isla que él mismo habría descubierto, así como plantado sus árboles y arbustos, y, por supuesto, no hubiera necesitado ningún otro ser humano para comenzar a vivir. Efectivamente, hay seres humanos, como nuestro ínclito Nietche, víctima de sus complejos, que dan la impresión de que han sido capaces de realizar una “auto generación espontánea“. Es decir, o dan la impresión de la imposible autonomía absoluta, y de una especie de fuerza auto creadora, como sin fuesen dioses, o, como esto no es posible, ni en los delirios fantásticos de los super héroes, dan su apoyo a la existencia de un resto, -todos los que no son esos super hombres-, de esclavos. Por eso no es de extrañar que los que se escandalizan, o ironizan, como me parece ser el caso de nuestro articulista, del retrato de los seguidores de Jesús, cuyo más perfecto y conseguido ejemplar lo encontramos en el sermón de lass Bienaventuranzas, acaban siendo perfectos nazis, o colaboradores necesarios para el sistema socio-económico actual, ¿¡maravilloso y eficaz!?, que consigue la proeza milagrosa de que el 1% de las personas posea el 50% de los bienes de la tierra. Ese es el resultado tan equilibrado y manejable de los que desprecian, se ríen o ironizan de la enseñanza de Jesús, del desprendimiento, de la generosidad, de poner la otra mejilla, de perdonar, de repartir. No, ¡claro!, es mucho mejor, más eficaz y más llevadero para los humanos que uno de ellos posea lo mismo que los otros 99. ¡Magnífica conclusion antropológica!

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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