La implacable acusación del papa Francisco al magnate Donald Trump

El papa Francisco no se corta cuando se trata de aclarar sus criterios de discernimiento. Puede parecer duro, pero afirmar que una persona que pone barreras y muros  a las personas, en vez de abrir puertas, como el señor Donald Trump no es cristiano, no deja de ser una denuncia profética, legítima, necesaria, justa y conveniente, si es que las premisas que lo provocan son verdaderas. Y el multimillonario norte americano, mal que les pese a los adeptos al sistema del capitalismo liberal en la Economía, según las palabras de Jesús, necesita de un milagro, de los gordos, para entrar en el Reino de Dios. “En verdad, en verdad os digo que es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de Dios”. Hay quien piensa que basta con ser “un buen evangélico”, o un “buen católico”, dejando de lado la enseñanza del Maestro, para ser un buen creyente. Esta ha sido una de las más decisivas y perjudiciales equivocaciones que, durante, siglos, hemos sufrido los seguidores de Jesús, si es que se nos podía llamar así. Hemos convertido la fe en una moral piadosa, rosa y facilona, y en una experiencia religioso-natural que, aunque no seamos conscientes de ello,  nos impide escuchar limpiamente la Palabra de Jesús, e intentar cumplirla.

El primer pecado de este multimillonario es ser tan rico que no puede ni imaginar cómo viven tantos hermanos suyos, que no dejan de serlo aunque sean mejicanos. Y el segundo, y gravísimo, es el de valorar más sus ideas políticas, sus ideologías, su seguridad, y la de los suyos, que la posibilidad de una vida mínimamente digna de cualquier ser humano, y de afirmar que uno de éstos, los seres humano, basta con que sólo sea uno, le estorba. Muchos no entenderán la extrema dureza de la declaración del Pontífice, pero va siendo hora de que, dejando de lado aspectos accidentales que los cristianos hemos ido adoptando desde el siglo IV, extraídos de los usos, costumbres y componendas del mundo, y de sus protocolos, que, con demasiada frecuencia,  constituyen un eufemismo de hipocresía, los creyentes demos no solo primacía, sino trato y confianza exclusivos a la Palabra de Jesús en su anuncio del Reino. Y sobre todo, que no pintemos con barnices más o menos coloridos, de religiosidad natural, lo que es un don y un regalo espléndido de Dios, para nuestra mente, nuestra voluntad y nuestra vida toda.

El apóstol San Pablo, en la 2ª lectura de la misa de mañana, 2º domingo de cuaresma, nos dirá, en medio de la  corrección fraterna que envía en su carta a los  discípulos de Filipos: “Porque muchos viven según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo, 1cuyo final es la perdición, cuyo Dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan más que en las cosas de la tierra.  Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo”. Hemos desviado nuestra experiencia de fe a un rincón, y no el más importante y decisivo, de nuestra vida social, económica y laboral. Pero incluso temas tan fácilmente acomodables a la dirección y al discernimiento de la Palabra, como pueden ser las parcelas psicológica y moral de nuestro ser humano, las ventilamos, o esa es cada vez más, la idea y la tendencia del mundo, a profesionales que nada tienen que ver con la Palabra, cuyos criterios y consejos chocarán frecuentemente con las indicaciones de la Palabra de Dios.

Se equivoca el que quiera entender de mis palabras que el cristiano fiel seguidor del Maestro tenga que ser un beato, un ser ingenuamente piadoso, que se tenga que apartar del entorno vital que lo rodea. No es eso, pero lo que no podemos aceptar para matizar la pertenencia a la comunidad cristiana, es un enfrentamiento abierto, claro y sin matices, con las enseñanzas del Maestro, y un enfrentamiento con sus palabras, y, sobre todo, con su estilo de vida. No podemos transformar nuestra fe y vocación cristiana en una disfrazada experiencia religiosa, en la que la manija y los mandos están en las manos del hombre, y de sus servidumbre a un mundo cada vez más deshumanizado, en el que el más fuerte es el que se mantiene, sobresale, y se erige en líder de los demás, quienes sirven a sus intereses. Es lo que hacemos en muchas ocasiones de la vida. Pero esto está frontalmente reñido con la doctrina del perdón “siete veces siete” al día, con “poner la otra mejilla” al que nos bate en la cara, con los aires de mando y de rigidez en el trato para que las cosas salgan bien, y sean rentables, en el gran concierto de la Economía, que es la gran señora de la casa. Nada de lo anterior se casa, ni bien ni mal, ni poco ni mucho, con el Evangelio, que es la única referencia válida para el creyente, antes que la propia ideología, la patria o el progreso económico de los míos.

Pienso que todo lo expuesto es lo que ha incitado al Papa a responder a las provocaciones, ofensas y manifestaciones de prepotencia de alguien que se dice cristiano. Va siendo hora de que nos atrevamos a desenmascarar cono no cristianas actitudes y posturas que son muy bien vistas, y hasta necesarias para el progreso y liderazgo de unos pueblos, y sus habitantes, a costa del desarraigo, la humillación, la vida indigna y esclavizada de millones de hermanos nuestros. por los que, o antes que por nosotros, también murió el Señor, que “vino a buscar lo que estaba perdido, …. y antes a los enfermos que a los sanos”.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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