La Cátedra de San Pedro, en Roma.

La palabra Cátedra, del latín “cathedra”, es, en realidad, el sillón desde el que el obispo preside las ceremonias litúrgicas. Al algunos intelectuales descreídos, o directamente agnósticos, no les gustará, tal vez, recordarlo, pero la expresión y concepto de cátedra y catedrático en el mundo universitario, vienen, como tantos otros, de la práctica y simbología de la liturgia cristiana. Si la cátedra de un simple obispo tiene la importancia que tiene, la del Papa fue alcanzando con el tiempo, y poco a poco, una distinción capital. Hoy celebra la liturgia católica la fiesta de la Cátedra de San Pedro en Roma, pero en esta formulación la palabra Pedro es, más que el primer obispo de Roma, la institución del papado. Y esto es bastante claro porque Pedro, el “Simón Pedro” del evangelio, no tenía ni idea de lo que, mucho tiempo después, sería la Cátedra papal, con toda su importancia, y la magnificencia de su concreción física, en un sillón muy especial.

No se sabe  ciencia cierta cuándo comienza a usarse tanto el sillón-cátedra, como el concepto. Es bastante probable que a raíz de la proclamación de la independencia de la Iglesia en el Edicto de Milán del año 313, y, posteriormente, de la decisión del emperador español Teodosio, de declarar el Cristianismo como Religión Oficial del Imperio, surgieran las condiciones necesarias para darse cuenta del poder magisterial de la Sede romana, y de comenzar el proceso para ir perfilando,  y modelando, ese poder de Magisterio. Aunque parece indudable que antes que el poder magisterial la Iglesia, y sus sedes romana, y las demás, las diferentes Iglesias usaron la Cátedra, silla y concepto, para presidir, con autoridad, si, pero acompañada de espíritu de servicio, las celebraciones litúrgicas, sobre todo de la Eucaristía.

Parece cierto que fue el papa San León Magno, el que, utilizando sabiamente su gran victoria, psicológica y moral, sobre Atila, el que dio un empujón decisivo para encumbrar la sede de Roma, y afirmar, casi definitivamente su primacía. Pero antes de seguir tenemos que calibrar, matizando, la importancia que los consejeros áulicos del papado concedieron al texto, que consideran definitivo, pero que no lo es, como vamos a ver, del evangelio de Mateo, (16  17-19) que hemos oído hoy en la misa: “Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.»

 La Teología moderna acusa la poca lealtad que la práctica teológica anterior, durante siglos, ha tenido con las citas bíblicas. Después de construir un edificio teológico acudían a la Biblia a buscar un, o unos textos, que sirvieran de soporte bíblico, algo realmente preciso y necesario, para argumentar desde la Palabra de Dios. Cuando es al revés, como repetida, e insistentemente, nos recordaba nuestro profesor de Biblia: que la verdadera Teología bíblica debe hacerse partiendo de los textos bíblicos, para, desde ahí, iniciar la construcción teológica dogmática.

Porque puede suceder, con frecuencia, como sucede con el texto propuesto, que un poco más abajo, incluso muy junto, como ocurre en este caso, invalide toda la fuerza demostrativa que hayamos podido imaginar encontrar en el texto precedente. Como es Mateo, 16, 22-23. “Tomándolo aparte Pedro se puso a reprenderlo, diciendo: “¡Lejos de ti, Señor, de ningún modo te sucederá esto!” Pero él (Jesús),volviéndose, dijo a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! !Eres un escándalo para mí!, porque tus pensamientos no son de Dios, sino los de los hombres.” Dos textos que nos aconsejan a sacar solo conclusione lógicas, y con mucha humildad. Porque con pura lógica, de los dos versículos seguidos, uno atrás de otro, lo único que podeos concluir es que unas veces Pedro habla movido por el Espíritu de Dios, y otras por las convenciones humanas. Porque en el evangelio nadie, ni Pedro, puede arrogarse el privilegio de expresar siempre la iluminación del Espíritu. Desde luego, hemos visto en la historia de los papas haciendo afirmaciones muchas, muchas veces, no provenientes justamente del Espíritu, sino de intereses muy humanos.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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