Duro alegato de Jesús, … ¡contra la jerarquía, y los canonistas!

Para que nadie pueda pensar que exagero, o que exageramos, los que solemos adoptar con frecuencia tonos críticos contra la jerarquía eclesiástica, transcribo al pie de la letra el evangelio de la misa de hoy, martes de la 2ª semana de cuaresma. Se trata de un durísimo alegato del Maestro de Nazaret contra la jerarquía religiosa, intelectual y teológica de su tiempo. Ÿ seríamos tan irresponsables, como hipócritas, si no la aplicáramos a la jerarquía de la Iglesia. Porque este evangelio lo escribió Mateo entre los años 85-90, y no es para nada lógico que los primeros cristianos todavía se acordasen de los defectos y desmanes de los dirigentes religiosos e jurídicos judíos, a no ser para desecharlos de los pastores de su Iglesia. Es decir, no es en absoluto descabellado aplicar hoy esta dura Palabra a los jerarcas y canonistas de nuestra comunidad eclesial, y a los de generaciones anteriores.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo

Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos  y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos.  Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas,  que se les salude en las plazas y que se les llame “Maestro”.  «Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar Maestro porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Directores”, porque uno solo es vuestro Director: el Cristo.  El mayor entre vosotros será vuestro servidor.  Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado. (Mt 23, 1-12).

Saquemos alagunas conclusiones:

  1. Los pastores de la Iglesia se apartan de esta Palabra a partir del siglo IV, cuando la comunidad cristiana se “religiosiza”, y va abandonando la Palabra de Dios, sobre todo en su última concreción en Jesús, no solo como principal referencia, sino como única, en lo referente a las coordenadas del culto y de los aspectos religiosos de la comunidad cristiana, sino también, y, sobre todo y principalmente, de la vida cotidiana. Y esto se hace más grave y decisivo en la jerarquía, que es la que más se ve, y la que marca el camino.
  2. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Es lacerante pensar en lo que un cuerpo cerrado, duro e inmisericorde, de teólogos morales, y de canonistas, como brazo ejecutor de las órdenes de los pastores, obispos -¡sucesores de los apóstoles!-, monseñores, curiales, y adláteres, que a veces son los peores, ha hecho sufrir y penar al cuerpo de la Iglesia. (¿Necesito recordar los “juicios de Dios” u ordalías, y después tortura, con la prepotente seguridad de la Inquisición en sus conductas represivas, mientras los pastores no solo se sentaban en los primeros lugares de los banquetes, sino que los organizaban, fastuosos, en sus “humildes” palacios?)
  3. No os dejéis llamar Maestro porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. No es baladí, como algunos pueden pensar, el rechazo a distinciones, prerrogativas, títulos, regalías y reconocimientos honoríficos, por muchos motivos: como el que la mayoría de la gente no los disfruta, porque aleja a los pastores de su rebaño, (¡y les impide oler a oveja, como le gusta al papa Francisco!), y, sobre todo, porque “todos vosotros sois hermanos”. Una vez expuse esta idea a UN arzobispo, y me respondió, “¿y qué más da?, eso no tiene importancia. A lo que respondí, “si da igual, ¿porqué tardáis tanto en quitaros esos títulos protocolarios, -excelentísimo, dignísimo, eminentísimo, beatísimo, santidad-, y esas vestimentas medievales y barrocas, o esos alzacuellos que señalan, distinguen, ¿y protegen?

Pues ese señor arzobispo, como  casi todos sus colegas, por lo menos en Europa, sigue con sus capisayos. Y no sé si menos mal, o, desgraciadamente, a nadie, o casi nadie ya, eso le importa. Hace tiempo que han dejado de lado ese aspecto, para ellos pintoresco, cuando no grotesco, pero para los creyentes que escuchamos la Palabra, y, sobre todo la Palabra de Jesús, todo ese folklore es causa de una gran tristeza, y de una pena inmensa, al comprobar lo poco que importan a nuestros pastores, -mejor, simples mayorales, porque sólo el  Señor es Nuestro Pastor-, las enseñanzas del Maestro, y de aquellos a los que ellos suceden en al anuncio de Cristo Resucitado: los apóstoles. Ninguno de ellos se dejó llamar ni excelentísimo, ni eminentísimo Señor, -¿alguno imagina la cara de Pedro oyéndose llamar Santidad, o la impresionantes bronca de Pablo ante esa broma de mal gusto?

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

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