Revisión , ¿o denuncia del Concordato con el Vaticano?

Ante la noticia del pacto de PSOE y Ciudadanos lo obispos se han dado prisa, con la mediación de su portavoz, José María Gil Tamayo, en dejar claras dos cosas: que ellos no se pronuncian sobre detalles políticos y legislativos del pacto; y recordar que no es lo mismo una revisión del Concordato, a la que parece que se inclinan, y para la que serían proclives, y no verían mal, y la denuncia del mismo, que sería la tentativa de anulación de su anulación, que no es lo mismo, y serían palabras mayores.

No sé, de verdad, ni por qué el episcopado español ha sido siempre, por su parte, tan dado a entusiasmarse, hasta anhelar esos pactos o concordatos con la que suelen llamar “Santa Sede”, ni la razón para preocuparse, y declarar como hostiles las maniobras, que nunca han llegado a concretarse, porque han quedado en deseos o ilusiones, de los partidos de izquierda tendentes a contentar a un hipotético electorado empañado en acabar con los pactos entre España y el Vaticano. Digo que no lo sé, ni una ni otra actitud, pero me parece que m escaqueo de la auténtica, y no tan complicada, realidad.

Porque ésta, la realidad cruda y empírica, no es que el electorado de izquierdas se oponga a los tratados con el Estado Vaticano, que ni le preocupa, o inquieta, o desazona, porque, sencilla y llanamente, no le dice nada, ni sabe nada, o muy poco de él. Y, desde luego, todavía menos con la denominación clerical, y clericaloide, de Santa Sede. Menos mal que, como afirmamos en una invocación de la Plegaria V, “la Iglesia, que es santa y pecadora”, estamos acostumbrados a percibir la cercanía, y mezcla, de santidad y pecado. El Vaticano, ¿”Sede Santa”? Santa sí, porque eso no invalida lo de pecadora. A mí nunca me ha gustado la denominación de “santo/a” para cosas, instituciones organizativas, o personas jurídicas. Las personas bautizadas, los cristianos, todos nosotros, sí somos santos, y así éramos denominados por los apóstoles en los primeros años de la Iglesia.

No son, no, los votantes de izquierda los que ponen serias objeciones a los tratados con la cúpula de la Iglesia, porque ésta les interesa muy poco, excepto para eventos propagandísticos en las visitas papales, puramente acontecimientos estricta y literalmente pirotécnicos, grandilocuentes y de mucho falso oropel. Porque la cúpula eclesiástica, como cima suprema de la administración de la Iglesia, a los fieles de a pie, solo les interesa como motivo turístico, o, dicho en plan piadoso, como oportunidad de peregrinación. Ya que la cúpula clerical católica, la que hace que a los clérigos, en la interioridad de la organización eclesial, les interese, y provoca que la llamen “Santa Sede”, es otra cosa, un órgano de centralidad y de control, que, aunque hay ido dejando por el camino muchas parcelas de prestigio y de poder, sigue luciendo como faro bastante resplandeciente para la alta clerecía, reverdeciendo antiguas palabras para viejos estamentos. No, no son los simpatizantes de la izquierda española los que se preguntan el por  qué y el para qué del concordato con el Vaticano, cuya conveniencia, utilidad, y hasta necesidad, invocan, con tanta veneración,  los miembros de la Conferencia Episcopal Española, (CEE).

Los que de verdad cuestionan este tipo de concordatos son, somos, cristianos, que, a trancas y a barrancas, con mucha incoherencia, debilidad y conciencia pecadora, buscamos, a pesar de todo, y con esperanza, que nuestra Iglesia se inspire, se guíe, e intente, vivir en medio del Mundo el Reino de Dios que anunciaron los profetas, y que el Señor Jesús corroboró e instauró con el Espíritu de su Resurrección. Con vosotros, no sea así. No busquéis poder, ni honra, ni influencias. Para nada os hace falta un Estado independiente, aunque sea ridículamente minúsculo. Jesús no lo necesitó, Pedro, tampoco, y ni los pastores del rebaño, ni éste, durante casi tres siglos, echaron en falta esa autonomía. que si solo externa, puede ser, no solo ficticia, sino contraproducente, cuando en vez de verdadera libertad se deben favores, y se aceptan 0bligaciones y protocolos limitadores, o privadores de libertad. ¿Por qué es visto con tanto miedo y tanta prevención el papa Francisco? Porque quiere donarnos la gloriosa experiencia de la verdadera libertad de los hijos de Dios, a quienes, todo lo más, pueden destruir el cuerpo, y matar, pero tan sólo eso, nada más. Es probable que a los Gobiernos, y al español, también, les convenga el Concordato con el Vaticano, Pero, ¿es lo mejor y lo más conveniente  para los fieles, para los creyentes, para los seguidores de Jesús? Porque ésta, y no otra, es la cuestión.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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