Para una Reforma revolucionaria, (o una Revolución reformadora) de la Iglesia.

Estos son los puntos que señalé como fundamentales, en mi opinión, para una verdadera “reforma” de la Iglesia, necesarios “sine qua non”:

  •  El manejo, uso y provecho, de las lecturas bíblicas.
  • – El falso, peligroso, y nada evangélico, moralismo.
  • – El papel segundón que se le ha asignado a los fieles laicos.
  • – La masificación de las “comunidades” parroquiales, muy alejadas del ideal: de “comunidad” de comunidades.
  • – La contradicción entre la obligatoriedad de la celebración de la Eucaristía, y el tenor de las exigencias obligadas
  1. a) La disponibilidad de la Sagrada Escritura, para los fieles, ha sido mínima. (Me voy a ceñir a la Iglesia en España. Solo en alguna comparación esclarecedora citaré otras realidades eclesiales). Con esto quiero decir que, desde que comenzaron a usarse en los países latinos las lenguas vernáculas, y la Liturgia siguió celebrándose en latín, la Biblia desapareció del horizonte normal y cotidiano de los fieles laicos. En nuestro país, podemos afirmar que desde los siglos IX-X el pueblo pierde todo el contacto con la Escritura. Y, lo que es más grave, incluso los clérigos de entornos rurales, aunque ¿supieran? latín, no podían beneficiarse de textos a los que no tenían acceso. Era muy difícil disponer de traducciones no ya completas, sino más o menos aprovechables. No había infraestructura, ni pergaminos, ni tinta, ni, mucho menos, amanuenses. Así que disponían de unos pocos textos, que normalmente no pasarían de diez, entre el Antiguo (AT) y el Nuevo Testamento (NT), que repetían incesantemente. De esta realidad precaria se salvaban, claro, y en muchos casos, con opulencia, técnica y arte, los monasterios, y los escritorios de las grandes catedrales, que disponían de medios materiales, económicos y, sobre todo, humanos, para la realización de copias de los textos bíblicos usados en la Liturgia, usando siempre la traducción de San Jerónimo al latín, conocida como  Vulgata.

b) Pero no solo era difícil poder tener textos a mano para leer la Escritura, sino que la situación opresora para los fieles se completó con la prohibición de traducirla a las lenguas vernáculas, en nuestro caso, al castellano, al catalano-mallorquín, al galaico portugués, y no hablemos del imposible de una traducción al euskera, una lengua hablada sin escritura. Este es un misterio, no desde luego de salvación, tampoco de iniquidad, pero sí de monumental ignorancia supina, con una interpretación piadosa y benigna. Otra, seguramente más malévola, pero probablemente más cierta, sobre todo a partir de los siglos XV-XVI, con la eclosión del Renacimiento, es que el clero, sobre todo la Jerarquía, en una cruzada de apoderamiento y férreo control del poder, quiso tener solo para sí, y apenas compartido con algún seglar ilustrado, el que se derivaba de una exclusiva de lectura, y, sobre todo, interpretación, de los textos sagrados. Esta situación ha cambiado, pero no lo suficiente. Si queremos que el Pueblo de Dios en España se interese, se sienta atraído por la magnífica noticia del Evangelio y del Reino, es fundamental que intentemos, como decía en el encabezamiento de este apartado, que los fieles aprendan a sacar provecho del manejo y uso frecuentes de la Sagrada Escritura, más que perder el tiempo en reuniones que no sirven para nada, o en cansinas repeticiones, no tan devotas, en el Rosario, y en tanta misa rutinaria. ¿No sería más producente, (y propone hace años mi compañero Luis Sada, ss.cc., junto conmigo), como hacen los luteranos, que conocen, manejan y leen la Biblia mucho más que nosotros, que durante un tiempo las Eucaristías de los domingos, menos uno, se convirtieran en estudios y celebraciones de la Palabra?

  1. La Iglesia se ancló, en los siglos XIX-XX, hasta el Vaticano II, en un falso, peligroso, y nada evangélico, moralismo. Los que hemos conocido la Iglesia a partir del siglo XX estamos acostumbrados al moralismo y sentido jurídico y canónico de la normativa de la Iglesia, y del control en su cumplimiento. Se da, sobre todo, a partir del siglo XIX, una verdadera obsesión por las cuestiones relacionadas con el sexo, y todos los temas que se puedan relacionar con él. Esta es la novedad principal en el tema del moralismo, que siempre ha existido, desde que la Revelación cristiana, desde que el Evangelio de Jesús, a partir de los siglos IV-V, se comienza a vivir en clave moralista. Eso es típico de todas religiones, pero es sorprendente, ¡debería serlo!, en la experiencia cristiana, basada, sobre todo, en el Evangelio, que es un verdadero canto a la libertad. Hay textos en el NT que nos indican muy claramente por donde debería ir la relación de nuestra conciencia con el propio comportamiento. como en 1ª de Juan, 3,20, “… y tendremos nuestra conciencia tranquila ante Él, aunque nuestra conciencia nos condene, pues Dios, que lo sabe todo, está por encima de nuestra conciencia“. O los textos de San Pablo, recordando que tenemos un abogado que es, al mismo tiempo, juez. O los textos del evangelio en que Jesús afirma, tajantemente, que no ha venido a condenar, sino a salvar. Y que los saos no necesitan medico, sino los enfermos.

Las cosas comienzan a cambiar cuando, poco a poco, se va olvidando la Sagrada Escritura, y se va adquiriendo un sentido de pecado individual y personal, mucho más que el comunitario que vivían los judíos. Y cuando se legaliza la experiencia de pecado, y comienzan los teólogos a innovar. La propia división de pecado mortal y venial es ya una tremenda tragedia. Si la Gracia de Dios es, por naturaleza y definición, gratuita, y nos da la vida en el Bautismo, y nos la mantiene en nuestra vida por la acción generosa del Espíritu de Dios, ¿Cómo nos atrevemos a afirmar que el hombre tiene la fuerza de matar lo que Dios quiere que viva?  Recuerdo con gran alegría y agradecimiento lo que leí en un teólogo moral, cuyo nombre no consigo recordar, enseñando que había una gran confusión en las palabras. Pecado mortal, que mata la Vida que Dios nos da y mantiene gratuitamente, no. Pecado grave, sí. No es lo mismo faltar a la caridad por un pequeño desprecio al hermano, que dándole una terrible paliza, o matándolo. El primero es leve, los segundos, graves.

Y otra cosa que hay que recordar es lo siguiente: durante siglos, el Magisterio de la Iglesia era la referencia última en todos los campos del saber: la Filosofía, el Derecho, la Ciencia, la Medicina, la Moral. Poco a poco fue perdiendo esa autoridad referencial y normativa en los diversos campos. Yo ya pensaba, por los años sesenta, que la había perdido también en la Moral. Por eso me alegró enormemente explicar a nuestro profesor de Historia de la Iglesia, padre Miguel Pérez del Valle, ss.cc., esa pérdida en los tiempos modernos, coincidentes con la libertad del pensamiento, y del derecho a la libertad de conciencia. Pero la obcecación de algunos jerarcas de la Iglesia, que siguen pensando que ésta es la única autoridad para definir los auténticos criterios morales, ha hecho, y está haciendo, como hemos visto y vemos, mucho mal a los fieles, a los que ha provocado, y provoca, en los más pusilánimes, enorme sufrimiento. Hasta que no aceptemos en Iglesia que no tenemos el monopolio de la moral, y que, como enseñó Tomás de Aquino en el siglo XIII, la conciencia es la norma próxima de moralidad, los fieles no se liberarán. Si bien es verdad que, cada día, más personas exigen su libertad ética y moral, por lo que las tentativas contrarias de ciertos nostálgicos del Magisterio eclesiástico de otras épocas , solo consiguen el distanciamiento, cuando no la indiferencia, y hasta el desprecio.

(Como el artículo es muy largo, dejo para otro día los puntos 3º-5º)

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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