Aire fresco (¡y libertad!) en el “Concilio ” de Jerusalén

La palabra de Dios, en las misas de hoy, miércoles, y mañana, jueves, de la 5ª semana después de Pascua, pone el foco en el llamado, en el mundo académico de los estudios bíblicos, el “Concilio de Jerusalén“. Con el concepto canónico en la mano, no deberíamos llamarlo Concilio, pero en su espíritu lo es, pues en él se reunieron todos los que podríamos considerar obispos del momento. Ya sabemos que en los primeros tiempos de la Iglesia, las mismas personas, no siempre masculinas, podían tener los dos encargos: 1º), el de obispos, preocupados en cuidar de la comunidad, de enterarse de las necesidades de  cada cual, y de vigilar que la marcha de la misma fuera concorde con la Palabra que reiteradamente escuchaban;  y 2º), el de presbíteros, de presidir la Comunidad, sobre todo cuando se reunía para celebrar la Eucaristía, u otros tipos de celebraciones litúrgicas.

Pues bien, todos los que en aquellos días eran una cosa u otra, o las dos, se reunieron en Jerusalén. El motivo lo deja muy claro la 1ª lectura de la misa de hoy, miércoles:

Bajaron algunos de Judea que enseñaban a los hermanos: ««Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros Se produjo con esto una agitación y una violenta discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión.
… Llegados a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia y por los apóstoles y presbíteros, y contaron cuanto Dios había hecho juntamente con ellos.  Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron para decir que era necesario circuncidar a los gentiles y mandarles guardar la Ley de Moisés.
 Se reunieron entonces los apóstoles y presbíteros para tratar este asunto”. (Hech, 15, 1-7; Miércoles, 27)  “Después de una larga discusión, Pedro se levantó y les dijo: «Hermanos, vosotros sabéis que ya desde los primeros días me eligió Dios entre vosotros para que por mi boca oyesen los gentiles la Palabra de la Buena Nueva y creyeran. … y no hizo distinción alguna entre ellos y nosotros, pues purificó sus corazones con la fe.  … Nosotros creemos más bien que nos salvamos por la gracia del Señor Jesús, del mismo modo que ellos.»
 Toda la asamblea calló y escucharon a Bernabé y a Pablo contar todas las señales y prodigios que Dios había realizado por medio de ellos entre los gentiles.  Cuando terminaron de hablar, tomó Santiago la palabra y dijo: «Hermanos, escuchadme.  Simeón ha referido cómo Dios ya al principio intervino para procurarse entre los gentiles un pueblo para su Nombre.  Con esto concuerdan los oráculos de los Profetas, según está escrito:  «Después de esto volveré y reconstruiré la tienda de David que está caída; reconstruiré sus ruinas, y la volveré a levantar. Para que el resto de los hombres busque al Señor, y todas las naciones que han sido consagradas a mi nombre, dice el Señor que hace que estas cosas sean conocidas desde la eternidad.  «Por esto opino yo que no se debe molestar a los gentiles que se conviertan a Dios, ... » (Hech 15, 7-21; Jueves, 28)

EL jaleo comenzó, como vemos, en la Comunidad de Antioquía. He anotado toda la lectura de los dos días, y ahora voy a explicar, brevemente, como los partidarios de la liberación de la estricta Ley de Moisés, y de la libertad de los paganos para ser cristianos tenían que explicar sus puntos de vista. Y he marcado con negrita lo más importante y urgente de la polémica. (La sucesión de puntos indica que hay saltos en la cita, dejando de lado lo menos significativo para el tema).

  • “Si os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros”. Eso era, exactamente, lo que pensaban y creían los judíos, porque, todavía no habían entendido la novedad de la salvación en Cristo. (Que, por cierto, no era tal novedad, como veremos más abajo, y como hasta Santiago, el portavoz de la sección más opuesta a esa liberación, lo reconoce). Este problema aparece otra vez más abajo, ya en Jerusalén.
  • “Se produjo con esto una agitación y una violenta discusión no pequeña de Pablo y Bernabé”. Estas expresiones nos sirven para conocer la libertad y la falta de prejuicios con las que los primeros cristianos discutían sus asuntos. Contrasta con el miedo que hoy parecen tener los obispos de que se sepa, o solo se sospeche, que entre ellos haya discrepancias y “violentas discusiones”. Y esto se debe, en mi opinión, a una falsa idea de Comunión, como si ésta consistiera en que todos pensasen lo mismo, y no hubiera gritos entre ellos. Y lo mismo que en el asunto anterior, este de violenta y fuerte discusión vuelve a aparecer otra vez cuando ya están todos reunidos en Jerusalén.
  • “Nosotros creemos más bien que nos salvamos por la gracia del Señor Jesús, del mismo modo que ellos”. Son magníficas la sencillez, la claridad, y la rotundidad con que Pedro desvía el motivo de la salvación, y lo afirma por igual para todos, judíos y gentiles. Comienza a funcionar la catolicidad de la Iglesia.
  • “Con esto concuerdan los oráculos de los Profetas, … para que el resto de los hombres busque al Señor, y todas las naciones que han sido consagradas a mi nombre.” Se trata del argumento definitivo, que esgrimía San Pablo, quien, seguramente, lo había aprendido de su maestro Gamaliel: que esta universalidad de la salvación ya la habían anunciado proféticamente los profetas clásicos de Israel, sobre todo Isaías.

Nunca se exagerará demasiado la importancia decisiva de la reunión de Jerusalén, por varios motivos: el primero, porque se aclara que la composición de la Iglesia no estaría condicionada a criterios geográficos, culturales, religiosos o raciales. Es decir, aparecía en el mundo la que era, más que probablemente, la primera institución católica, verdaderamente universal, libre de prejuicios para acoger a sus miembros. El segundo, porque corregía un fallo fundamental que habían ido creando y cultivbando los judíos: el de empequeñecer el don de Dios, y reducirlo a un privilegio, grande, enorme, eso sí, pero convertido en falso derecho esgrimido contra todos los pueblos. (Este desvío todavía se observa en el inaceptable orgullo que esgrimen muchos israelitas). Y el tercero, que consiste más en la forma que en el fondo, pero las formas son muy importantes en los comportamientos humanos, porque una decisión tan decisiva y definitiva la discuten acaloradamente, sí, pero con total libertad y respeto a las posiciones de los otros. Yo diría que se trata de uno de los primeros ejemplos de comportamiento evangélico, de acuerdo con la libertad, la verdad y la claridad de Jesús. 

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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