¡Qué difícil es que los ricos entren en el Reino de Dios!

El tema del dinero, las riquezas, los bienes materiales es, según un pastor luterano al que oí en la tele, es el tema que más se repite en el Antiguo y el Nuevo Testamento, (AT y NT). Según él, que escribió un libro sobre ello, casi el doble del tema que le sigue en reiteración. Pero, desde el siglo IV, este tema no se ha ganado ni el primer, ni uno de los primeros puestos en la reflexión teológica, ni en la pastoral de la Iglesia. Solo a partir del Concilio Vaticano II, muy iluminado por las Teologías de América Latina, no solo la de la Liberación, que marcarían las asambleas del CELAM, sobre todo las de Medellín (1968), y la Puebla (27 de Enero – 13 de Febrero de 1979), que fueron celebradas con total lealtad y consonancia con el Concilio. En las que se habló, por primera vez, con esta expresión, de la “Opción preferencial por los pobres”. Por fin unas conclusiones sinodales y conciliares hacían memoria, y justicia, a textos como el de la misa de hoy, lunes de la 8ª semana del Tiempo Ordinario.

Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arodillándose ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿ qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.»   El, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.» Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.»   Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.   Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!» Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! 25 Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios.»     26 Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?» 27 Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios.» (Marcos 10:17-27)

El joven rico pregunta sinceramente a Jesús qué es lo que tiene que hacer para “heredar la vida eterna”. En el fondo, se ve un poco de autocomplacencia y seguridad en los valores que hasta ese momento ha mantenido en su vida. A lo que Jesús responde en una perspectiva moral, recordándole los diez mandamientos, y animándole a ser, al cumplirlos, una buena persona y un buen ciudadano. Entonces el joven se crece y comunica al Maestro que eso tan elemental lo ha cumplido desde niño. Es el momento en que Jesús reconoció la honradez y la buena talla ética del joven, y le propone otro nivel, otra perspectiva, para valorar y enjuiciar su vida. Ya no es el horizonte ético, moral, implemente humano, sino le ofrece la oportunidad de ser “otra cosa”, es decir, seguidor de Jesús, creyente, cristiano. Y el texto nos deja bien claro y diáfano cómo se adentrará por ese camino nuevo, proponiéndole un camino nuevo, y un nievo tesoro, “en los cielos”, claro. Después, solo después de que haga el test del dinero, y de su libertad o esclavitud ante los bienes, “luego, ven, y sígueme”.

No se trata, como algunos han afirmado, apropiándose indebidamente de la totalidad de la experiencia cristiana, los que solo constituyen una pequeña minoría, de que el Señor adelante, en un caso flagrante de anacronismo, una experiencia que so9lo siglos después aparecerá en al Iglesia, como es la Vida Religiosa, hoy llamada “Vida consagrada”. No, no se trata de eso, de una invitación a un grado superior de “vida cristiana”. Es una invitación a todo el que quiera seguir los pasos de Jesús, Y que no se trata de un texto que se puede entender discrecionalmente, es decir, al pie de la letra, o no, nos lo demuestra la experiencia de la Iglesia primitiva. Hoy día ya no caben muchas dudas de que los Evangelios sean una colección de catequesis, y esta orientación es muy apropiada para entenderlos bien, y realizar una exégesis acertada. Sabemos que la renuncia a los bienes, y su puesta al servicio de los responsables de la comunidad cristiana, era un requisito indispensable para que los catecúmenos pudieran ser aceptados al Bautismo. Y ésta es la mejor y más clara exégesis que podemos hacer de la necesidad cristiana de n o ser, de verdad, esclavos del dinero. No se trata, pues, de algo discrecional, que depende de la voluntad y exigencia personal de pasar de un estado raso de pertenencia a la Iglesia, a otro de mayor y más alta cualificación. No. En ese rechazo al servicio del dinero, todos en la Iglesia somos iguales: no se trata de una experiencia de los más perfectos, decididos y generosos, sino de todos miembros de la comunidad eclesial, por igual.

A los que oponen la idea de que con la con un cambio tan radical de los modelos sociales, hoy es imposible vivir la relación con el dinero con la intensidad de la Iglesia primitiva, habrá que responderles con dos realidades constatadas: 1ª), la situación social, jurídica y económica de la comunidad de los primeros siglos, era incomparablemente peor, y más insegura que la de hoy. 2ª), nunca la comunidad cristiana fue, hacia dentro y hacia fuera, más fuerte, psicológica y económicamente tan compacta, y , progresivamente, socialmente tan reconocida y considerada como en aquellos tiempos. Se trataría, actualmente, no de negar a priori de esa posibilidad, sino de buscar las condiciones, y sentar las bases para que la invitación del Señor, que tan buenos réditos produjo a los primeros cristianos, siguiera siendo oída, creída y puesta en práctica en los días que corren. En mi opinión, esa era una de la intenciones “revolucionarias” del Concilio Vaticano II. Es claro que no sería posible ponerla a funcionar sin una severa, agresiva y violenta oposición de la sociedad globalizada y capitalista actual,

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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