Hay que sacar las consecuencias teológicas de la proclamación oficial de Mª Magdalena como apóstol(¿a?)

Siempre nos han enseñado que el carisma especial de los apóstoles, y de sus sucesores, los obispos, es el de proclamar el “Kerigma”, es decir, anunciar la Resurrección de Jesús con autoridad, ser testigo de algo experimentado y vivido. Pues bien: según el Evangelio, la primera que anunció a los apóstoles la buena noticia del Resucitado fue Mª Magdalena: es decir, actuó como apóstol, además, por mandato del Señor. “Vete y comunica a mis hermanos…” Y siendo así, y después del decreto de la Congregación para el culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que recogí ayer en mi blog, algún teólogo rancio, medievalista, no en el papel de historiador, sino de ¿teólogo?, ¿se atreverá a afirmar que Jesús no quiso comunicar a las mujeres el carisma esencial del sacramento del Orden, si una mujer, con mandato expreso del Resucitado, actuó como apóstol (obispo) para los apótoles varones?

Este decreto, que viene a hacer justicia después de casi 2.000 años, a uno de los personajes más interesantes, y más leales al Jesús del Evangelio, me recuerda una maravillosa polémica que se levantó hace unos años, siendo todavía papa Juan Pablo II, a raíz de unas declaraciones de éste, me parece que desde la ventana de su despacho en el Vaticano, en uno de los encuentros de los miércoles, en las que aseguraba que el mal llamado “sacerdocio” sacramental estaba excluido a las mujeres porque así lo quiso desde sus orígenes el Señor. Al día siguiente, el cardenal prefecto de la   Congregación para la Doctrina de la Fe, el entonces cardenal Ratzinger, se apresuró a afirmar que esa doctrina expresada por el papa era caso cerrado, que ya no se podía en la Iglesia, ni en sus universidades, proponer ese tema para el estudio o la discusión. Opinión que tuvo su docta respuesta al día siguiente, dada por el cardenal de Milán, Carlo María Martini, sabio y santo, y por eso mismo, libre, quien respondió: “Solo son temas cerrados en la Iglesia aquellos en los que ya se ha pronunciado como parte del acerbo de la fe de la Iglesia”, alago que, evidentemente, no se podía afirmar de la ordenación de mujeres. Asunto que como diría nuestro professor de Nomología en la facultad de derecho Canónico de la Pontificia de Salamanca, no es sujeto posible de definición dogmática, por tratarse de un tema de la praxis eclesial, no de un objeto de la fe.  

Estoy acabando este artículo el lunes, día 22. Justo el día en el que ha aparecido en el diario “El País” un artículo serio y bien informado de mi amigo Juan G. Bedoya sobre el papel de la mujer en la Iglesia, titulado “Las mujeres al rescate de la Iglesia católica”. (Aprovecho la oportunidad para escribir este aparte: la revista 21RS promovió una cena con los responsables de la información religiosa de los principales medios de comunicación, de radio y periodismo escrito, como es habitual entre ellos, y yo acudí como redactor, antiguamente en la edición de papel, y actualmente como bloguero, de 21.  Me tocó, justamente, enfrente de Bedoya, del diario “El País”, y al lado de José Manuel Vidal, del diario “EL mundo”, y actualmente director de la Revista digital “Religión digital”, a quien ya conocía de 21RS. Me sorprendió Bedoya, a quien solo conocía por sus artículos en “El País”, por su espíritu abierto y su seriedad en la información, y, sin ser un especialista, en la finura de su análisis. Aprovecho para hacer este pequeño acto de desagravio al diario “El País”, al que muchos de mis colegas curas consideran casi como el coco diabólico de nuestra prensa. Cuando yo pienso que, como el artículo  que comento, es uno que informa seriamente, y analiza asuntos de la Iglesia que no parecen interesar mucho o nada a otros periódicos ¿”mas católicos”?, que por lo visto se emocionan mucho más con las procesiones de Semana Santa y las colas al Cristo de Medinaceli que con los asuntos que preocupan e interesan, de verdad,  a los fieles católicos).

El matiz que interesa en este tema es el de que quede claro, de un vez por todas, que no hay ningún obstáculo en los datos de la Revelación, y por tanto, ni de la Teología, para oponerse al sacramento del orden para las mujeres. Y como este tema es más árido y lo pienso abordar en otra ocasión, hoy acabo con dos párrafos del artículo de Gómez Bedoya, en “El País”, que he comentado. Y mi objetivo final, cuando desarrolle más el tema,  es expresar mi opinión de que la comisión papal para estudiar el diaconado femenino es un buen punto de partida, pero insuficiente. Hay que llegar hasta el final de los tres niveles del sacramento del Orden: presbiterado y episcopado.

“El juicio de Margarita de Pintos, de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, sobre la propia comisión papal es contundente. “Ríos de tinta se han escrito a favor y en contra sobre el acceso de las mujeres a los ministerios ordenados. No se necesitan más estudios. Lo que reclaman las comunidades cristianas son personas que puedan administrar los sacramentos y les acompañen en su vida espiritual, pero parece que es más importante su género que la necesidad”, afirma. Pintos califica la comisión de eurocéntrica (no participan personas de África, América Latina, Asía ni Oceanía), y excluyente de las mujeres que llevan años ejerciendo su ministerio presbiteral, “que aportarían la experiencia de las comunidades que presiden”.

“Para el teólogo José Manuel Vidal, fundador y director de Religión Digital, la situación de la mujer en la Iglesia romana “es un pecado que clama al cielo y una flagrante discriminación ideológica, que no tiene cabida en el Evangelio, uno de esos graves pecados de los que la Iglesia suele arrepentirse siglos después”. En esa idea, la decisión del Papa “es solo un primer paso, tímido pero rompedor, tambaleante pero necesario”. Añade: “Francisco ha iniciado su proceso de reformas a paso lento, pero irreversible. Pero actúa para no quedarse solo, para que su primavera no sea flor de un día, para que su revolución tranquila la asuman las bases católicas”.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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