Los anticonceptivos

Publica hoy un artículo Religión Digital (RD) con el título “Más de un centenar de teólogos y expertos exige a Roma un “documento magisterial” que avale el uso de anticonceptivos“, con un sobre título que versa así “Su utilización puede ser “moralmente legítimo e incluso moralmente obligatorio”, firmado por un tal Cameron Doody, del Instituto Wijngaards, de Gran Bretaña, en una campaña de preparación de las bodas de oro dela Humanae Vitae, por el papa Pablo VI, allá por el año 1968. Entre los firmantes de ese documento hay seis españoles de renombrado prestigio. ( Se trata de Juan Barreto Betancort, Benjamín Forcano, Juan Masiá, Jesús Peláez del Rosal, José María Vigil y Evaristo Villar). El documento en sí me ha parecido muy farragoso, poco claro y bastante pesado.

Pienso que eso sucede, las características que he señalado más bien negativas, o, por lo menos, menos favorecedoras, por no atacar el asunto de frente, y desde la base. Mientras no se determine la inmoralidad del acto sexual en sí mismo, y no se desligue clara y valientemente de la procreación, estaremos mareando la perdiz, y dando vueltas a un laberinto interminable. Los firmantes del documento enviado a la Santa Sede, todos ellos con fama bien merecida de expertos en el tema, desde los horizontes de la Teología Moral, de la Sociología, de la Ciencia, de la Psicología, y de otras disciplinas relacionadas con el tema, tratan de desvincular la relación sexual de la consecuencia que muchos moralistas deducen: la procreación. Y apelan para ello a la Biblia y a documentos del Magisterio de la Iglesia. Esfuerzo inútil e innecesario. Pienso que el comienzo del estudio, discusión y tentativa de solución tiene que empezar por una valiente, decidida, y clara, negación de la mayor.

Me explico. Comenzaré por una anécdota que hasta puede que ya la haya contado en este blog. En mi último curso de Teología, un profesor nuevo, de cuyo nombre sí que me acuerdo, pero no lo digo, porque ya abandonó hace tiempo la vida religiosa, y el ministerio presbiteral. Además tendré que contar lo cortado que se quedó, y la cara de susto que puso,  cuando al iniciar el tema con ganas y aparente seguridad, – se trataba de la sexualidad “in genere”-, un compañero nuestro levantó la mano para intervenir, y, cuando le concedieron el permiso, preguntó: “¿por qué la sexualidad es pecado? ¿en qué se basan para esa aseveración? Y siguió: “Si no es por un motivo ajeno a la pura sexualidad, como la injusticia, caso del adulterio, o la violencia, o el egoísmo, o el abuso de poder, u otras circunstancias, en la sola sexualidad no veo pecado. Los otros comportamientos serían, con ocasión del sexo, pecados de injusticia, de violencia, de egoísmo, de abuso, pero no propiamente se trataría de un pecado sexual”. Puedo testificar que en aquel momento, año 1967, casi todos los teólogos ss.cc. pensábamos igual que nuestro valiente y decidido compañero. El profesor, que había preparado otro discurso racional totalmente diferente, no supo por donde seguir.

Y ese que he presentado en el párrafo anterior es el nudo gordiano de la cuestión. Na atrevo a decir que en la Biblia ningún comportamiento puramente sexual es descrito como pecado. Otras cosas son las “aberraciones” que presenta en algunos casos, que constituyen pecado, en la opinión de los escritores de entonces, por el desvío, o el maltrato, de las leyes de la naturaleza. Pongamos el caso del “onanismo”, o “marcha atrás”, inaugurado históricamente, que sepamos, por Onan, de ahí su nombre. Constituyó un pecado tremendo por faltar a dos preceptos fundamentales: directamente, por no cumplir con la sagrada obligación del “levirato“, de dar un hijo a su hermano mayor; y, por derivación, del mandamiento fundamental, “amar al prójimo como a sí mismo”. Pero las interpretaciones medievales, muy marcadas por la obsesión del sexo como pecado mayor, incidieron, a veces, en que el pecado consistía en el derramamiento del semen fuera de su lugar natural, impidiendo así la procreación. Pero en la sensibilidad del pueblo ¡judío, y de otros muchos en la antigüedad que primaban la importancia del clan, el pecado de Onan consistió en el gravísimo pecado de, por odiar a su hermano, no querer darle descendencia legal. Porque aunque biológicamente no lo fuera, por la ley sí sería considerado hijo del hermano mayor, aunque hubiera muerto.

Y otra pregunta antes de acabar: el ser humano, ¿es o, o no es, un ser de la naturaleza, por tanto, natural? Por qué el artificio de volar un pesadísimo avión, aparentemente en contra de las leyes de la naturaleza, no es artificial, y una  actuación científico-farmacéutica que regula el proceso de concepción sí lo es? Y si la Naturaleza, para los creyentes Dios, se preocupa tanto de mimar los gérmenes de la vida que va a ser procreada, ¿por qué se despreocupa tanto como para permitir que en cada eyaculación se pierdan millones de espermatozoides?

Y todo esto viene a cuento porque el Concilio Vaticano II fue el primero que, en documento oficial de la Iglesia, porque teólogos y moralistas ya lo habían afirmado, usó la expresión de “paternidad responsable”. Y afirmar, como se oye de vez en cuando, quela gente que se “aparea como animales” constituyen una especie de vergüenza de la especie es una tremenda e injusta equivocación: son los animales los que, por instinto, sólo se relacionan sexualmente movidos por el celo de la hembra, es decir, para la procreación. El ser humano supera al puro animal en el sexo y en la comida, porque no los busca sólo para procrear o sobrevivir, sino que es capaz, por ser humano y racional, de hacer de esos ejercicios algo más que biología: hace arte. ¿Puede ser pecado la fina cocina y el dulce y apasionado placer sexual?

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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