¿La paciencia de Job?

(Muy importante: es necesario leer este texto de Job antes de entrar en el artículo).

“Después de esto, abrió Job la boca y maldijo su día. Tomó Job la palabra y dijo: ¡Perezca el día en que nací, y la noche que dijo: «Un varón ha sido concebido!» ¿Por qué no morí cuando salí del seno, o no expiré al salir del vientre? ¿Por qué me acogieron dos rodillas? ¿por qué hubo dos pechos para que mamara? Pues ahora descansaría tranquilo, dormiría ya en paz, con los reyes y los notables de la tierra, que se construyen soledades; o con los príncipes que poseen oro y llenan de plata sus moradas. O ni habría existido, como aborto ocultado, como los fetos que no vieron la luz. Allí acaba la agitación de los malvados, allí descansan los exhaustos. ¿Para qué dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el alma, a los que ansían la muerte que no llega y excavan en su búsqueda más que por un tesoro, a los que se alegran ante el túmulo y exultan cuando alcanzan la tumba, a un hombre que ve cerrado su camino, y a quien Dios tiene cercado?” (Job 3:1-3, 11-17, 20-23)

Ésta es, exactamente, la 1ª lectura de la misa de hoy, martes de la 26ª semana del tiempo ordinario. Y la presento a mis lectores, a quienes no supongo celebrando la Eucaristía, es decir, yendo a misa hoy, un simple martes, para que conozcan este magnífico texto del libro de Job. Mis feligreses están hartos de oírlo, pero tal vez mis lectores lo desconozcan, así que, por si acaso, lo voy a repetir para ellos: el libro de Job es una novela, dentro del estilo sapiencial, entre los últimos libros del Antiguo Testamento (AT). Esto quiere decir que no es una crónica, que Job no es un personaje histórico. Su libro busca, algo que es sabido por todos los que alguna vez se han interesado por la Biblia, una respuesta clara, válida, filosófico-teológica, y más o menos definitiva, sobre el dolor, la enfermedad, el fracaso, la vejez, la muerte.

Como es fácil de imaginar, el anónimo autor del libro no lo consiguió, porque es imposible una definición, o teoría, sobre ese tema punzante, sin tern en cuenta la variables individuales, que condicionan totalmente la respuesta a la pregunta. Y ya sabemos los que estudiamos “Lógica” que una respuesta universal, que sirva para todos los casos, en esas condiciones de vulnerabilidad de la materia a definir por las incidencias individuales, es imposible: “Ex uno non est scientia”.  Todo lo más que podemos aspirar es, como hace el autor del libro de Job, a la presentación de un caso ejemplarizante, que ni siquiera en este libro, pensado para ello, es posible. Porque Job, como cualquier ser humano, responde de diversas maneras al dolor, de pendiendo de las circunstancias que lo provocan, del estado de ánimo, de la sabiduría para enfrentar las situaciones difíciles, del grado de madurez psico9lógica, y, tratándose de un texto bíblico, de la relación del protagonista con Dios, de la fe del sujeto.

Por eso es tan importante darse cuenta que el famosísimo protagonista de la paciencia heroica y persistente tampoco tuvo una comportamiento constante ante la adversidad. El mismo Job que en el inicio del libro responde «Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá retornaré. Yahveh dio, Yahveh quitó: ¡Sea bendito el nombre de Yahveh!», se desespera en la lectura de hoy, y maldice del día en que fue concebido, y hasta parece anhelar la muerte, terminando su terrible queja con la frase definitiva: “a un hombre que ve cerrado su camino, y a quien Dios tiene cercado” (Job 1,23). Pero el escritor sagrado deja muy claro que el punto de referencia sigue siendo Dios, a pesar del terrible lamento, que más parece una protesta o una rebelión,

El caso de Job es el típico de un cliché un tanto artificial que acaba convirtiéndose en una visión mítica de un personaje. A lo largo del libro el zarandeado por el diablo, con permiso de Dios, discute con sus cuatro amigos, y soporta con el mejor ánimo que puede la interferencia de su mujer. (Nuestro profesor de Biblia decía con malicia que el diablo se la jugó a Job dejando a su lado en esos días terribles de prueba la figura de su mujer, que hace de contrapeso para la admiración del admirable comportamiento del  amigo, que, eventualmente, los cuatro amigos-sabios irían cultivando al contemplar la templanza con que soportaba su desgracia. Así que la mujer se encargaría de aducir la terrible prueba, bastante común, de su convivencia diaria con el marido, diciendo, como yo he oído varias veces a alguna esposa comentar ante los repetidos y calurosos elogios hacia su marido: “Sí, sí, muy santo, pero yo soy la que duermo con él, y la que tengo la mejor información para calibrar su bondad, ¡que no es tanta!”). Pero ya he avisado de que el comentario anterior era un chisme tórridamente malicioso de nuestro profesor).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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