La justicia y las preferencias de Jesús, (… es decir, de Dios)

Hoy vamos a hacer una seria reflexión del Evangelio de Domingo, 30º del tiempo ordinario, con una enseñanza rotunda contra las convenciones sociales, la justicia humana, y la tremenda hipocresía rampante.

Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias.”  En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!” Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.» (Luc 18:9-14)

El tema de hoy es de la Justicia”, preferentemente de Dos, pero también es bueno, y la Palabra de hoy nos lo permite, compararla con lade los hombres. Ya la 1ª lectura comienza con esta declaración de principios: “Porque el Señor es juez, y no cuenta para él la gloria de nadie. No hace acepción de personas contra el pobre, y escucha la plegaria del agraviado. No desdeña la súplica del huérfano, ni a la viuda, cuando derrama su lamento“. (Ecl 35, 12-14, 16-18). En el Antiguo Testamento, (AT), como he recordado tantas veces, los colectivos, que hoy decimos, en peligro de exclusión social, eran: los huérfanos, las viudas, y los extranjeros. La cosa no ha cambiado demasiado, pero en aquellos tiempos todavía lo tenían peor, porque no había Seguridad Social, ni mentalidad social, ni gente que se lanzase a la calle para protestar a las autoridades de las injusticias contra los más desfavorecidos.

Pero aun teniendo en cuenta lo anterior, nuestra cultura socio-jurídico-político actual no favorece nada a los más desvalidos y necesitados de  nuestra sociedad. El pago de las deudas de los Estados lo solventan los gobernantes, de España y de Europa, recortando el dinero que habría que pagar a los trabajadores menos capacitados, que son los más pobre y los que más lo necesitan, para no tened que tocar la riqueza y los bienes de los más favorecidos, con el argumento peregrino de que teniendo a las grandes empresas y a las grandes fortunas en cifras altas de su valor en Bolsa, los de las capas sociales más bajas saldrán favorecidos en el futuro, por la mejora de la oferta de trabajo, y de la calidad del mismo. Argumento que resulta, como mínimo, cínico, por no decir, esperpéntico, en su crudo y falso soporte.

Es decir, la justicia de los hombre sale muy malparada, también en nuestros días. Porque, ¿qué diría esta pobre, corta de vista, y sectaria justicia de los dos protagonistas de la parábola del “Fariseo y del publicano”? Pues es muy fácil de imaginar. Si el fariseo no mentía, y no hay ninguna pista en el Evangelio para pensar que no decía por completo la verdad, hoy se diría de él que es un prohombre, un bienhechor de la sociedad, un representante de la gente honrada, decente, eficiente y totalmente válido para la comunidad. (Sobre todo porque es minuciosamente honrado en el pago de sus impuestos). Y, ¿qué diría del “publicano”? Pues que se trata de un paria, un chorizo, de un hombre sin escrúpulos, que en su misma actitud, de no atreverse ni a levantar los ojos, él mismo se condenaba. ( Claro que usando siempre el baremo de que los grandes hurtos indican valentía, desparpajo, imaginación y riesgo, y por eso, en el fondo, o no tanto, son admirados; mientras que los pequeños ladrones, que roban para comer y sustentar a la familia, como hacían los publicanos de “a pie”, son un estorbo y una rémora para la sociedad, mientras los altos cobradores de impuestos, los jefes de esos pobre publicanos, se forraban).

Pero a nadie se le podrá escapar que la opinión de Jesús, sus justicia, no es exactamente, ni la de la sociedad de su tiempo, ni la de la nuestra. Es decir, la justicia de Jesús, que es la de Dios, es otra cosa. No hay más que leer la conclusión del autor de la parábola.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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