Sobre la CEE (Conferencia Episcopal Española) (II)

No me dio tiempo ayer de desarrollar el último texto que presenté, de la carta a los Gálatas, 2, 11-14. Pablo estaba bastante molesto, por ser correctos, con Pedro, por el doble comportamiento de éste en la comunidad de Antioquía, en dos situaciones diferentes: según la presencia, o no, de hermanos de la comunidad de Jerusalén, que habían ido a “visitar” a la que todos percibían como la iglesia local más activa, creativa y avanzada. Lo era tanto que sus miembros sospechaban que la visita de los hermanos de la comunidad madre de Jerusalén era mucho más que una visita de cortesía, y temían que fuera, al mismo tiempo, de inspección y control. Pues bien, mientras estaban solo los antioqueños, Pedro se sentía libre para visitar y comer en las casas de los cristianos-paganos, para entendernos cuando nos referimos a los que no  procedían del judaísmo, sino que antes del Bautismo eran paganos. Todavía no se había realizado el “Concilio de Jerusalén“, que cité en el artículo de ayer, y que resolvió el problema, “después de una violenta discusión”. (Hech 15, 6-7) Y por eso mismo, porque no se había discutido ni solucionado el tema de la obligatoriedad de la circuncisión y de la Ley en general, para los no judíos, algunos de Jerusalén pensaban, equivocadamente, claro, que aún después del Bautismo seguían siendo impuros, y, por tanto, Pedro incurría en impureza con sus visitas y el trato normal con ellos. Ese fue el motivo por el que, ante la presencia de los hermanos de Jerusalén, se retrajo, y dejó de comportarse con esa “normalidad”. Y eso fue lo que Pablo le reprochó, “cara a cara, en la asamblea, en presencia de todos“.

Voy a ir al grano. Lo que quiero decir es que nuestros obispos tienen que aprender de los comportamientos de la (no)jerarquía de la Iglesia primitiva, pero el grupo de apóstoles, itinerantes, presbíteros, epíscopos, diáconos, catequistas, etc., era lo más parecido a los que hoy llamamos y consideramos como los miembros de la estructura jerárquica. No solo ellos tienen que imitar el modo de vida y el estilo de los servicios ministeriales, sino todos los fieles de la comunidad cristiana debemos hacerlo por igual. Al estudiar Teología se nos enseña que la Iglesia primitiva es “paradigma perpetuo” para los cristianos de todos los tiempos. No veo por qué los obispos no deban imitar la claridad, la sinceridad, la valentía, y la confianza en la fuerza del amor fraterno por encima de las rencillas personales, y de las ideas y puntos de vista diferentes. Hoy éstos existen y pueden llegar a ser notables, pero de ninguna manera mayores y de más largo alcance, o de consecuencias más decisivas que las diferencias en el siglos primero entre los judaizantes, amantes y exigentes en el cumplimiento de la Ley, y los procedentes del paganismo, o los mismos judíos, como Pablo, verdaderamente convertido, con la metanoya más eficaz y decisiva que conocemos en la Historia de la Iglesia. Y como quiero aunar claridad y síntesis, apelaré a mi método neo-escolástico aplicado.

  1. Transparencia, ¿para qué? A todos los fieles nos gustaría que nuestros pastores, en sus reuniones, que no tienen por qué ser secretas, ni deben de serlo, dejaran que sus intervenciones y sus posturas diferentes, se conocieran, sin cábalas, como he dicho antes, y sin recurrir a la conjetura, a la intuición, o a la sospecha. No veo por qué no podían ser transmitidas por alguno de los medios radio- televisivos, Antena3, o 13TV,  de que dispone la Iglesia. Estarían muy bien empleados en este tipo de cosas, más que en entretenimiento, en deportes, o en hacer políticas nada críticas con las decisiones y normas del poder político y económico. La comunidad cristiana sabría de primera mano las tormentas, las calmas chichas, o los alisios, y otras alteraciones importantes, o normales o insignificantes, en el seno de la Conferencia Episcopal. Y el que tenga ganas de reírse de esta idea, y al estilo reciente de Ciudadanos la llame “ocurrencia”, sepa que no es mía, sino de aquellos que iniciaron la experiencia cristiana con tanta fidelidad al Evangelio, y tanta fuerza, que en 280 años, los que van desde del año 33 (+ -), al 313, se merendaron al Imperio Romano, y le dieron la sentencia de muerte, por lo menos en su lado occidental. ¿O es que nuestros pastores tienen miedo de exponerse en toda su crudeza al conocimiento de los fieles? ¿No dijo el Señor que si no nos “hacemos pequeños como niños no entraremos en el Reino de Dios” ? No van a ser nuestros obispos menos que nuestros diputados y senadores, que exponen sus ideas, discuten, y hasta se insultan ante las cámaras y los micrófonos. ¡Aunque esperamos que nuestros jerarcas no llegaran al insulto!  Pero tampoco pasaría nada del otro mundo.  Los evangelistas no escondieron las terribles diatribas que Jesús lanzó contra “los Sumos Sacerdotes”, grupo que equivalía a nuestro Papa y su curia vaticana, a los “escribas”, que eran los canonistas de entonces, a los jefes de los fariseos, a los senadores, etc. Además, este modo de exposición prestaría un gran favor en el proceso de conocimiento de los obispos, y hasta ayudaría en el discernimiento para facilitar la implicación de los fieles en la elección de los obispos para los diversas diócesis. ¿Que esto es un Utopía? Lo niego. Ésta lo es cunado se trata de algo inalcanzable. La Iglesia primitiva demostró que no lo fue, y las cosas no son ahora especialmente más desfavorables que en la época que por no poner incienso en el pebetero en honor del Emperador, ¡por esa minucia!, los fieles cristianos podían acabar en los dientes de las fieras, o en la cruz.
  2. Transparencia ¿por qué? Sé que lo que voy a firmar, rompiendo moldes, puede extrañar, y hasta, a algunos pusilánimes, escandalizar. La auténtica razón por la que el resto de la Iglesia de Dios, los que no somos obispos, es decir, sucesores de los apóstoles, sino solo somos presbíteros, diáconos, religiosos y pueblo fiel, lo diré mejor, el resto del Pueblo de Dios, ya que éste no está compuesto sólo por la jerarquía, somos todos bautizados, “sacerdotes, profetas y reyes“, por participación en el Sacerdocio de Cristo, en el Cristo profeta, y en la Realeza de Cristo. Esto no se olvidó en los cuatro primeros siglos de la Iglesia, y así de bien y de positivo les resultó. Después, en un inmenso error, y una penosa infidelidad al Evangelio, por parte de la Iglesia jerárquica, ésta se fue identificando con la Iglesia, apartando al Pueblo de Dios de toda real implicación y participación en la marcha de la Comunidad eclesial. Y desde el Concilio de Trento, como dijo un pensador cristiano, cuyo nombre no recuerdo, la Iglesia se convirtió “en un monstruo, con cabeza grandísima, y cuerpo enano”. Esto lo quiso arreglar el Vaticano II, y promovió la definición “Iglesia es el Pueblo de Dios”. En los primeros tiempos pos-conciliares el clero pareció entender el alcance de esa definición, y se aprestó a ir, poco a poco, eliminando las señales de diferencia y separación entre lo que llamamos clero y laicado. Pero eso se acabó con la silenciosa, pero terrible oposición de los grupos más tradicionales de la Iglesia, encaramados en las curias más poderosas, comenzando por la de Roma, y por las curias diocesanas más temerosas de los tremendos cambios que esa dirección eclesial presagiaba. Y, sobre todo, con la inapreciable e inestimable ayuda del Sumo pontífice romano, el polaco Juan Pablo II, que hizo, en su interminable pontificado, ir volviendo el clericalismo a sus mejores días. Y tanto es así que el papa FRancisco ha señalado el clericalismo como uno de los principales males de la Iglesia. Varias veces ha afirmado que el mayor.

Y esa es la respuesta fundamental al ¿Por qué es necesaria la transparencia de las actividades episcopales?: por la esencial igualdad de todos los miembros del Pueblo de Dios, y porque no solo no tienen que temer los pastores de la Iglesia que el resto del rebaño conozca sus debilidades, flaquezas o ineptitudes, sino que deben alegrarse por ello, porque el que no se siente perdonado y disculpado nunca va a gozar de la alegría de una relación fraterna basada no en la ceremonia, el protocolo y la superioridad jerárquica, sino en el cariño y la profunda y gozosa participación de las cualidades, defectos y fallos de todos, unos de otros. Solo así los obispos dejarán de ser unos seres extraterrestres, misteriosos y sublimados, y pasar a ser hermanos queridos y apreciados, con el respeto y el reconocimiento de la comunidad.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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