La unidad de España, bien moral. ¿Qué significa eso?

El cardenal Cañizares, (Antonio Cañizares Llovera (Utiel, Valencia, 15 de octubre de 1945), suele afirmar frecuentemente ese aserto, y parece decirlo convencido, porque ha sido muy,  ¡muchísimo!, reiterativo. A mí también me gusta que se mantenga la unidad de España, me parece algo bueno, provechosos para todos, mucho más positivo que lo contrario, que sería la división, más útil más barato, mas bonito, y mucho más sencillo y ventajoso: y, por todos esos motivos, mucho más lógico. Lo que no entiendo es que quieran decir con que la unidad española sea un “bien moral”. Se me escapa el sentido y alcance de esta afirmación. Afirmar lo mismo de modo negativo sería más fácil de entender: que la unidad de España NO es un mal moral. Pero o todo lo que no es un mal moral es, automáticamente, un bien en ese sentido. Que nazca espontáneamente, traída la simiente por el viento, un cardo en mi jardín no es, evidentemente, un mal moral, pero tampoco un bien. NO es ni una cosa ni otra. Es decir, no usamos ese tipo de conceptuación, no hace falta, y hasta puede confundir usar categorías morales en realidades que son indiferentes para la el mundo moral.   

Los obispos ya usaron esta expresión cuando Don Antonio Mª Rouco Varela, (cuya onomástica es hoy, día de San Antonio María Claret, ¡vaya mi felicitación. Don Antonio) era presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE). Y no me extraña ni mucho ni poco que los señores obispos usen tan pronta, diligente y fácilmente, la expresión moral, y, en general, los conceptos que se refieren a la bondad, o a la falta de ésta, en los comportamientos humanos. Y me parece saber el motivo de esta tendencia, que, en mi opinión, no sería otro que el hacho de considerarse ellos, los obispos, en los guardianes y los guías de la moralidad ambiental. Ellos mismos suelen decir, y así han aprendido a expresarse los demás, sobre todo los políticos, que la Jerarquía de la Iglesia no se debe meter en política, sino solo en moral. Y una de las formas elegantes y descomprometidas de meterse en Política, sin que lo parezca, es convertir un problema o situación de ese carácter, en otro de índole moral, en el que sí pueden, y según ellos, deben, pronunciarse los obispos.

YO no estoy de acuerdo en ninguna de las dos afirmaciones, en que puedan, y deban, pronunciarse los pastores de la Iglesia sobre los aspectos morales del comportamiento. Además, no es muy leal ni honesto, convertir un problema, o una situación conflictiva, que lo es en el terreno político y social, en un evento, o comportamiento, o situación cambiante, de carácter moral. La unidad de España, o de Italia, o de Francia, o de Alemania, es un problema y una realidad político-social, que nada tiene que ver con la moralidad de las acciones que vayan encaminadas a romperla, o a conseguirla, se entiende que estoy hablando de la unidad de un país, o mejor de una nación, o mejor todavía, de un Estado nacional. Es muy posible, y bastante probable, que haya acciones morales por ambos lados: los que pretenden mantener la unidad, y los que pretenden romperla. Y acciones, o comportamientos inmorales, también, e indistintamente, por ambas orillas.

Como todos saben, la palabra moral procede de la latina mos, moris, de la 3ª declinación, y que significa costumbre.  Pero no todas las costumbres son éticas por el hecho de que se mantengan  mucho, o bastante, o poco tiempo, en uso y actividad. Todos aquellos comportamientos que minan el respeto debido a todas las personas, o las  humillan, o las usan para fines materiales cosificándolas, por mucho que se mantengan no serán éticas, de modo alguno. Es el caso de la esclavitud, de la injusticia social, del abuso en la retribución salarial a laos trabajadores, permitiendo pingües, y hasta colosales y escandalosas ganancias a los empresarios, a costa, literalmente, del sudor de sus empleados.  O los regímenes políticos basados en la imposición por la fuerza, y la promulgación de leyes injustas e inicuas.

Y muchos en la Iglesia pensamos que es por estas líneas rojas de comportamiento socio-político por las que nuestros obispos deberían transitar, y pronunciarse, sobre la moralidad, o inmoralidad, ésta, más comúnmente, de esas situaciones ¡que he descrito. Transmitirían lo que podemos llamar un “ética evangélica”, que es, en opinión de grandes historiadores, sociólogos, psicólogos, y promulgadores de lo verdaderamente humano, del Humanismo profundo y radical, la que más se aproxima al sueño que la humanidad tiene del modo ideal de su propia convivencia , por encima de fronteras y de valores circunstanciales.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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