La FIFA, esa multinacional descarada y prepotente.

Pero hay que decir también que está protegida, y supervalorada, por la cobardía de los Gobiernos del mundo entero, que se pliegan a sus descaradas salidas de tono. En estos días, periodistas apresurados y nerviosos, han asustado a sus lectores con la idea peregrina de que la participación de España en el campeonato mundial de fútbol de 2018, en Rusia, está en peligro, por la amenaza de expulsión de nuestra selección, causada, así dicho, descaradamente, por “injerencia del Gobierno “español en la Federación española de fútbol.

La FIFA, que se encarga de organizar, coordinar, promover, y expandir, el fútbol en el mundo, hace todo esto con mano de hierro. Este trabajo le da mucho, montones, de dinero, y se empeña en imponer sus condiciones y caprichos a toda costa. Ciertas cosillas desagradables, como prohibir lucir brazaletes negros, por la cercanía de la muerte de algún personaje entrañable para uno de los contendientes, en partidos internacionales, cuya preparación, arbitrajes, y logística general le pertenecen, molestan, pero carecen de importancia y de consecuencias. Pero lo que no se puede consentir, de ninguna manera, y se lo están permitiendo los Gobiernos de todo el mundo, es el erigirse en verdadero poder legislativo, y judicial, atreviéndose, en una inversión absoluta y demencial de valores y de competencias, a amenazar a clubes, deportistas, entrenadores, federaciones, y hasta Estados, por permitir la “injerencia de terceros”, así es como se expresa en sus estatutos internos, en asuntos deportivos y federativos.

Pero ¡ojo!, que aquí viene la bomba: como las mafias más atrevidas, pretenciosas, y proclamadoras de sus autonomía, esos terceros pueden ser, y son los que más incomodan a la señora FIFA, los jueces, las leyes, y los tribunales de los países en los que está implantada la organización futbolística. La organización mundial del fútbol pretende que los problemas, por muy legales, y hasta penales, que sean, que se relacionen con las organizaciones federativas que controla la FIFA, sean resueltos en el seno de la organización. Esta pretensión, que no solo es absurda y descabellada, sino verdaderamente subversiva, queda todavía empequeñecida por las iniciativas, no ya pretendidas, sino realizadas, que distribuyen amenazas y exigencias a los propios Gobiernos de países democráticos, la mayoría de ellos más limpios y solventes que los dirigentes de la máxima organización del fútbol mundial.

En el caso de la amenaza a España, no expuesta ni declarada todavía oficialmente, sino insinuada, y artera y veladamente anunciada, el motivo es el siguiente: la injerencia del Estado español, en sus estamentos del deporte, ¡que para eso están!, en el escandaloso caso de la Federación Española de fútbol, convertida en un cortijo, en unan jaula de grillos, y en el dominio incontestado, durante años, de una camarilla de dirigentes, con serios indicios de irregularidades en la gestión y administración, y hasta en el mismo desarrollo de los mecanismos para elección de los responsables y dirigentes. Que una sociedad privada ose amenazar a un Estado por hacer funcionar sus organismos encargados de velar por el exacto cumplimiento de las leyes, y de los estatutos de cada organización, sería simplemente delirante, si es que no fuera, esa sí, una injerencia inadmisible, descabellada, y en todo, y en todos los puntos, reprobable.

Y en esto radica el principal motivo de indignación de los que sentimos esa terrible falta de respeto de un organismo mundial que tiene solo la importancia y la incidencia, para nada esenciales ni sustanciales para el funcionamiento de la sociedad mundial, de coordinar las competiciones futbolísticas. Bien afirmó un ocurrente, muy bueno, que el fútbol era “la cosa más importante de las cosas sin importancia”.  Todos sabemos que el campeonato mundial de fútbol es un evento que provoca, ciertamente, el interés y la atención del mundo entero. Pero esta incuestionable grandeza de ese evento no elimina la responsabilidad de los gobernantes que se dejan influir y manipular ante las amenazas de una simple corporación deportiva. La FIFA, además de sus espectáculos de corrupción y de sus veleidades , debería, en mi opinión, ser declarad “fuera de la ley” por la obscena pretensión de exigir que, para resolver litigios deportivos, y adyacentes, los ciudadanos, y las sociedades deportivas, no puedan acudir a los tribunales civiles. ¿A cuáles, pues, habrá que acudir, a tribunales venales, creados, organizados,  y comandados por una camarilla de aficionados al derecho, o legos en ello, pero que se han sabido encaramar a lo más alto de la organización deportiva, no sabemos con qué merecimientos, ni con los votos libres de qué ciudadanos?

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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