Los signos de los tiempos

(2ª parte de “La Iglesia que se acaba“)

Introducción: Si según Aradillas, nuestro autor, “los signos de los tiempos ” son “Palabra de Dios”, nos enfrentamos enseguida con una aparente contradicción, o, tal vez, la antinomia sea real e insalvable. Por una parte, la comunidad creyente, tanto la hebrea del Antiguo Testamento, como la nueva, del Cristianismo, tuene que convivir, y hacer simultáneas, dos experiencias contrarias y contrapuestas: A), por una parte, tiene que adaptarse a los cambios que el tiempo va produciendo, inexorablemente, en la vivencia de la Humanidad. y, B), por otra, la Palabra Revelada propone, y provoca, siempre, una ruptura con las constantes, y modos y estilos de comportamientos sociales que solemos llamar valores representativos de una cultura. Veamos los dos aspectos detenidamente.

A)  difícil adaptación de la Religión a los cambios.

Una de las diferencias, para mí esenciales, entre Revelación y Religión es que ésta se apega, como una lapa, a la repetición de gestos, rituales, modos de pensar, de actuar, y de juzgar los acontecimientos, porque en esta repetición encuentra seguridad y fortaleza. El cambio es visto como un peligro, y por ese motivo es considerado como una traición a las “esencias constitutivas del hecho religioso“. Todavía está en la mente de todos las reacciones viscerales de nuestros fieles ante las reformas del Concilio Vaticano II en las celebraciones litúrgicas de los sacramentos, cuando repetían, convencidos, “nos van a quitar la fe”. Y mucho de este miedo e inseguridad, por cuestiones menores, como celebrar la Eucaristía en lengua vernácula, de cara al pueblo, por abandonar la sotana, y vestir con normalidad como la gente seglar, por modificar las normas tanto del ayuno de penitencia como del eucarístico. Efectivamente, los ritos, las ceremonias, la Liturgia, en general, que es lo más, ¡o lo único!, conocido de verdad por los fieles, por su reiteración  frecuente y periódica, crean en los que frecuentan esos ritos una especie de rutina que blinda a los que practican la Religión contra el peligro, o la tentación, o la simple curiosidad de cualquier cambio significativo en el procedimiento ritual, porque la reiteración igualitaria de unas acciones rituales, en el campo de la Religión, revisten, para el practicante, un aura sagrada e intocable, inmune a alteraciones, que serían consideradas, por en inconsciente colectivo religioso, como una profanación.

En este entorno de religiosidad la adaptación a los cambios es problemática, pero hay que explicar y dejar bien claro que aunque hablemos de “adaptación a los cambios que traen los tiempos nuevos“, al estilo de la expresión “ponerse al día”, o “aggiornamento” conciliar, no es el tiempo el que cambia, sino que, con su paso, muda, a veces sustancialmente, la cultura, la moral, el arte, y la vivencia socio-económico-política de las diversas comunidades. Antes, éstas, podían estar aisladas y defendidas de las influencias exteriores; hoy los cambios, con la globalización, afectan, ya a toda la humanidad. y, no es muy extraño que, muchas veces, después de provocar reformas y cambios, los más apegados a los modos tradicionales, den marcha atrás. (Un ejemplo claro de esta contra-reforma la hemos vivido, y la estamos viviendo todavía en la Iglesia, con la “vuelta atrás”  perpetrada en el período pos-conciliar, auspiciada por las fuerzas más tradicionales y conservadoras, abanderadas por el papa Juan Pablo II, hijo de la comunidad eclesial más fiel y leal a su historia cristiana , como es la Iglesia polaca).

B) Respuesta a la necesidad de cambio propuesto por la propia Revelación.

En la Revelación las cosas discurren de otra manera. El tiempo, y las mudanzas que éste provoca, en el  ámbito religioso, es dirigido por la inexorabilidad de los acontecimientos, a los que los seres humanos se adaptan, y par cuya interpretación la propia Religión les proporciona un código que tranquiliza su ansia de sosiego y de certezas. Pero no tienen el secreto, ni el poder, de dirigir esos cambios que el tiempo empuja. Solo con el lento despertar, primero, y, después, desarrollo de métodos científicos, el ser humano se va acoplando, explicando, y viviendo con cierta seguridad, los cambios traídos por el tiempo. Incluso, los hombres religiosos, que disminuyen en proporción geométrica inversa a la velocidad con que avanzan los conocimientos científicos, encuentran en su vertiente Transcendente, un ancla, y un soporte que afianza su seguridad.

Yo mantengo, con insistencia, reiteración, y, lo reconozco, con cierta pesadez, la diferencia entre religión y Revelación, idea que fue muy recurrente en la época del Concilio, y que, después, los pudores de ciertos teólogos y pensadores cristianos por no aparecer, ni señalarse como diferentes, o de más alta calidad religiosa y humana que los miembros de religiones naturales, u otras religiones, dejaron de lado esta diferencia. Pero mi opinión es que muchas de las cosas que Antonio Aradillas encuentra, ¡y tan bien explica!, en su larga obra de estudio, reflexión y divulgación, suceden en la Iglesia porque hace mucho tiempo el cristianismo vivió, y en muchos círculos populares, y hasta clericales y jerárquicos, sigue viviendo la Revelación como una Religión. Este grave desvío, constituye, a mi modo de ver, en el más grave error que ha cometido la Iglesia, en toda su Historia. Y, desgraciadamente, ha sido la jerarquía la que ha conducido, sobre todo en la falta de acomodación a los “nuevos tiempos” de la libertad, para la vida de la fe, que provocaron, en el siglo IV, los edictos de Milán, de Constantino, en 313, y de Tesalónica, de Teodosio, en 380. A partir de ese final del tercer siglo, después de casi trescientos años de intensa experiencia de fe, eclesial y comunitaria, y de fidelidad a la Escritura, y, sobre todo, al Evangelio, y a la predicación de los apóstoles, comenzó la deriva hacia el “modus vivendi religiosus” (modo religioso de vivir), que en gran parte del  pueblo cristiano ha perdurado hasta nuestro días, y en el orden institucional de la enseñanza y del Gobierno, hasta el Vaticano II)

(Otro día escribiré la 3ª parte de este artículo, destacando momentos cruciales en los que se ha ido dando, o, incrementando, ese viraje a la religiosidad natural).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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