El IV Concilio de Letrán, (1215), como paradigma de las tres funciones esenciales de la Iglesia.

El entorno socio-político-eclesial del cuarto Concilio lateranense, convocado por el gran papa Inocencio III,  es sumamente significativo e interesante. Recuerdo que éste, como los anteriores artículos, y el que seguirá, sobre el Concilio de Trento, responden a mi intención, e interés, por poner al alcance de mis lectores los postulados principales del artículo citado, de Antonio Aradillas, en Religión Digital, (RD), titulado “La Iglesia que se acaba“. Y en el mismo el autor señalaba los que para él eran, en la actualidad, los principales fallos, o problemas, o falsas soluciones a los mismos, que consistían en la “absoluta falta de comportamientos democráticos” en la Iglesia, es decir, en la tiranía casi absoluta de la Jerarquía, del clero, y en la “poca sensibilidad, y en la escasa, o corta percepción, para los signos de los tiempos”. Y, a modo de introducción general, señalo que, a partir del final del siglo IV, en los dos aspectos la Iglesia fue empeorando su nivel. No pretendo una presentación exhaustiva del concilio, ni desde el punto de vista histórico, ni del teológico, sino una descripción lo más concreta y somera que nos permita, sin embargo, conocer el gran protagonismo de este Concilio, que ha sido considerado por los autores, como ya indica el título, “Paradigma”, modelo, y una buena síntesis, y reclamo, de las tres funciones (en latín “tria munera”) esenciales de la Iglesia. Y como Concilio eminentemente pastoral, resumió su enseñanza con la magnífica fórmula con que termina la oración de la unción bautismal con el Santo Crisma, como veremos más abajo.

Las tres funciones esenciales, y salvíficas, de la Iglesia.

El concilio hace una muy interesante exposición de las tres tareas, y obligaciones pastorales principales de la Iglesia: la misión de enseñar, de santificar, y de regir, de todos los bautizados. Poco a poco estas tareas, se convirtieron en características, fundamentales, pero peligrosamente exclusivas, de los clérigos ordenados con el Sacramento de la Orden, en un paso más hacia la preponderancia y exhaustiva y casi exclusiva visibilidad del estamento clerical en la Iglesia. El reconocimiento de estas tres tareas proviene casi desde el Antiguo Testamento, y de la práctica de la unción: se ungía a los reyes, y a los sacerdotes, e incluso a los profetas. Estas características de los dedicados, “consagrados”,  a la tarea de comunicar a los fieles los dones de Dios, los resume la fe cristiana, y después la Teología, en Cristo, que es proclamado “sacerdote, profeta y Rey”. Y he aquí cómo, no por casualidad, termina la oración de la unción bautismal con el santo Crisma: “Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que te ha liberado del pecado y dado nueva vida por medio del agua y del Espíritu Santo, te consagre con el crisma de la salvación, para que entres a formar parte de su Pueblo,  y seas para siempre como miembro de Cristo,  Sacerdote, Profeta y Rey. Amén.

  • Función “sacerdotal” de santificar. Los padres conciliares intentaron, por todos los medios, restaurar y dignificar la vida sacramental. Los autores, historiadores y liturgistas, tal vez nos despistan con su insistencia en esa falta de calidad de las celebraciones sacramentales, cuando lo que realmente sucedía era que el pueblo fiel las había abandonado, como consecuencia de su desconocimiento de la lengua en que los celebrantes se expresaban, el latín, que la gente de la gleba, el pueblo sencillo e inculto, había dejado de dominar hacía ya tres o cuatro siglos. Y como la pedagogía de aquella época no conocía la excelencia del refuerzo positivo (Skinner), sino más bien el del “palo y tente tieso” , no se les ocurrió otra cosa que cargar con la pena de pecado mortal estas tres situaciones: no ir a la celebración de la Eucaristía en los domingos, o fiestas de guardar:  no comulgar por lo menos una vez al año, preferentemente por Pascua Florida, y no confesar, por lo menos, una vez al año, o en peligro de muerte, o si pensaba comulga, (… y se encontraba en pecado mortal). No podemos menos, yo ya lo he hecho en otro artículo de este blog, que lamentar, e incluso, reprochar a los padres conciliares lateranenses, la tremenda contradicción equivocada, de obligar a ir a un banquete todos los domingos, y a comer en ellos solo en una ocasión. De ahí, de la noche de los tiempos, proviene la poca inclinación y la inseguridad de los fieles a la hora de acercarse a la Comunión, así como una manera equivocada de entenderla, cuando la invitación de Jesús no era una simple recomendación, sino una orden: “Tomad, comed, bebed, haced esto en memoria mía”. Desde ese momento las misas importantes, la misa mayor, y la de las grandes fiestas, no eran de comunión, en las que sólo comulgaba el celebrante. Y lo que pretendió ser una ayuda pastoral, es decir, llevar a las ovejas por caminos convenientes, con buenos y suculentos pastos, que esto es la verdadera pastoral, se convirtió en una histórica y monumental toma de camino equivocada. Y así hasta nuestros días, a pesar de los esfuerzos del Vaticano II.
  • Función “profética” de enseñar. El tiempo del Concilio, y del papa Inocencio III, que lo convocó, fue un tiempo profundamente agitado por las herejías. Y aunque he afirmado más arriba que los  padres conciliares desconocían lo del refuerzo positivo, sí que se dieron cuenta de que combatirlas, las herejías, solo con el miedo y el riesgo de la terrible intervención de la Inquisición, no era el mejor medio de frenarlas. Así que, además de las penas de la excomunión, y otras eventuales que podría aplicar la Inquisición, el Concilio tuvo la gran y feliz idea de insistir de manera programática en recordar a los creyentes la bondad, y utilidad, de encarnar, y volver a poner en práctica, en la vida de Fe, aquellas tres funciones pastorales y salvíficas de Cristo, que se nos habían encomendado y hecho posibles por la Unción Crismal en el Bautismo. No todas las herejías decían relación directa con el mundo de la razón y del pensamiento, y del exacto formulario de los dogmas, sino que, como veremos más abajo, muchas que eran consideradas herejías, no eran sino discrepancias prácticas cobre el orden, la disciplina, y, sobre todo, el uso del poder, es decir, en la función de “regir”. 
  • Función “real” de regir, (es decir, de usar y disponer del poder, … o así lo entendían los altos jerarcas de la Iglesia). En la época del papa Inocencio la Iglesia, es decir, la jerarquía vaticana, y la de los grandes prelados, asume, y escenifica con esplendor, el estilo feudal, y el poder político omnímodo sobre toda criatura, incluso sobre el emperador. Fue este papa el primero, por lo menos de manera documentada, que se auto impuso el título de “Vivario de Cristo”, lo que indicaba claramente una supremacía  ética sobre todo otro poder, pue si a los reyes, y al emperador competía proporcionar y defender la seguridad física de sus súbditos, a Cristo, y a su Vicario, competía la tarea eminentemente más noble y decisiva de la salvación de las almas. (Esta apreciación sugiere que, a pesar de haber estudiado Teología en París, y Derecho en Bolonia, demostraba el gran fallo de todos los grandes hombre, e incluso pensadores de su época: la ignorancia, y el poco conocimiento, de las Sagrada Escritura, incluyendo en ella el trato asiduo y el conocimiento ágil del Nuevo Testamento. Así, según nuestro bien documentado profesor de Historia de la Iglesia, P. Miguel Pérez del Valle, ss.cc., el gran papa tuvo un momento de vacilación en la presentación de Francisco de Asís, al denotar éste su gran devoción por la Santa Pobreza evangélica, lo que provocó la sorpresa, y incomodidad del Papa. Menos mal que los cardenales Colonna y Orsini vinieron en su ayuda comunicándole, “¡Santidad!, eso se encuentra en el Evangelio, sobre todo en el Sermón de la Montaña, y en su luminoso prólogo de las Bienaventuranzas“. (Después Inocencio se convirtió en gran defensor de Francisco y de Domingo de Guzmán, grandes renovadores de la Iglesia en su pontificado). En una prueba más de que hacía ya tiempo que la Iglesia se iba distanciando, cada vez más, del Evangelio. (Y éste es el motivo por el que Aradillas encuentra algo, o más que algo, de esperanza, en el pontificado de Francisco, que busca, contra viento y marea, volver a la senda el evangelio).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

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