¿Dónde está realmente Jesús?

He aquí una pregunta verdaderamente fundamental. Voy a huir de respuestas o soluciones alambicadas, cargadas de teología o filosofía, y atender a lo más  sencillo y evidente que regecogemos en el Evangelio y en el Nuevo Testamento en general. Pero no olvidaré recordar que nuestra fe nos afirma que el Señor Resucitado, el Kyrios del Universo, es un ser humano, con toda la plenitud de nuestra naturaleza, que “está sentado a la derecha del Padre en la gloria”, (algún día entenderemos qué significa esto, y lo comprobaremos), y que, por un prodigio de la omnipotencia misericordiosa de Dios, está también presente, real, pero no físicamente, en sus sacramentos, en su Palabra, y, sobre todo, en la Eucaristía. Comenzaré, y me fijaré más, en lo más evidente y fácil de entender de los textos evangélicos, más que en lo que la Teología ha ido interpretando, y creando como materia de fe. Vamos a ello, pues.

1º) Texto fundamental y decisivo: Mateo, 25, 31-39: (Lucas, Lucas, 10.16). Se trata del juicio final, y el Señor Jesús nos proporciona, sin género de dudas, los criterios que usará el Juez para la sentencia. Y no pueden ser más claros: “”Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; 36. estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme.” … “Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber?  ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?”  Y el Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.”  Y lo mismo responderá a los que no se dieron cuenta de que los más pequeños y necesitados de la comunidad, a los que no atendieron, eran el mismo Jesús. “”Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”  Y él entonces les responderá: “En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo.”

2º) No cabe duda de que el Señor se identifica con sus seguidores, especialmente con los más necesitados y pequeños, que él se hace, realmente, presente en los hombres y mujeres  de carne y hueso, y que afirma rotundamente que sus parientes, su madre, padre  y sus hermanos, son sus discípulos, aquellos que escuchan su Palabra, como leemos en Mt, 12, 46-50. Y que donde están dos o tres hermanos, reunidos en su nombre, allí está Él en medio de ellos. Es muy importante dejar bien claro las presencias de Jesús, afirmadas por él mismo, y dejar constancia de los medios para ir a su encuentro. Traigo esto a cuento a raíz del fenómeno que se repite en Madrid todos los años el primer viernes de Cuaresma, en el que verdaderas multitudes hacen cola, durante horas, para su encuentro con el “Cristo de Medinaceli“. Y, ¿qué es el Cristo de Medinaceli? Pues una talla hermosa, de madera, que representa a Cristo sufriente, un objeto religioso y respetable, en el que, sin embargo, el Señor no ha asegurado, ni en ningún otro objeto de ese estilo, que podamos encontrarlo a Él. Es más, conviene recordar cómo eran reacios los judíos a la creación de objetos religiosos que el pueblo pudiera confundir, con no rara posibilidad, en idolillos  de las religiones de los vecinos. Lo que resulta indudable es que el Señor se hace tan poco presente en la talla del famoso Cristo madrileño, como en cualquier crucifijo de madera, de hierro, de cerámica, o del cualquier otro material,, noble o vulgar, de oro, o de barro. Y esta consideración no significa, ni quiere ser, una descalificación de la devoción sencilla y sentida a un Cristo concreto, sino un recuerdo de que el Cristo real y verdadero se encuentra donde el mismo Señor nos enseñó, y nos dijo, que lo encontrásemos.

3º) Algo sobre la devoción popular. Hablar de “devoción popular” en el Pueblo de Dios, que es la Iglesia, según la definición del Vaticano II, es, casi, un pleonasmo. Pero si devoción popular se entiende como la devoción que ha inventado y promovido el pueblo más sencillo y simple, tendría mucha dificultad para ser considerada de manera objetiva. Porque hay que reconocer que la mayoría de las devociones que hoy llamamos populares, en su tiempo, sobre todo, en la Edad Media, fueron promovidas por el clero. Lo que sucede es que éste, con la evolución del sentimiento religioso, y la elitización progresiva de la Liturgia, ha abandonado al pueblo en sus celebraciones más cercanas y sentidas , hasta casi llegar, en muchos casos, al folklore.

La jerarquía de la Iglesia  haría un servicio impagable a los fieles más apegados a ese tipo de celebraciones, si se les informara, y catequizara litúrgicamente con un sentido pedagógico, con respeto, siempre dentro de la verdad, para que el pueblo de Dios pueda vivir profundamente, y lucrarse, de la totalidad maravillosa de los misterios de la fe, celebrados intensamente en los sacramentos, y en otras celebraciones no tan oficiales, pero ricas en intensidad y en sentimientos. Algo como lao que hizo, prudente y eficazmente, el cardenal de Sevilla, Bueno Monreal, con las cofradías sevillanas, y con sus estaciones de penitencia, que los común y desinformados de los mortales, llamamos procesiones de Semana Santa. Y lo que comenzó con serios reproches y malas caras de los cofrades, terminó de manera sorprendente y casi milagrosa, en una íntima convicción de que la manera que pretendía el cardenal de celebrar esos misterios, era, sin perder nada de su belleza y riqueza tradicionales, más provechosa, litúrgica y  seria, pero también más profunda para los cofrades de las hermandades sevillanas.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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