¿Quiso Jesús un clero como el que tenemos?

Recomiendo, para quien no lo haya leído, mi artículo del día 14/05/2018, “Más caciques que indios”, en el que con este título brasileño tan folklórico, -cuando hay más dirigentes y líderes, que gente del pueblo, o  hay más presencia de obispos y curas que humildes fieles, cuando el mar de mitras tapa toda otra perspectiva-, trato, sin mucha profundidad, pero con detalles inequívocamente significativos, el tema del Clericalismo, del que ha afirmado varias veces el Papa que se trata de uno de los peores peligros de la Iglesia, y, en varias ocasiones, no de los peores, sino “el peor”.  Así que a la pregunta respetuosa y comprensiva del teólogo José María Castillo, ¿Quiso Jesús un clero como el que tenemos?, mi respuesta inequívoca, y sospecho que también la de Castillo, y la de tantos creyentes, es: “Jesús no quiso ni un clero como el que tenemos, ni ningún tipo de clero”. Y eso, en mi opinión, que ya he desarrollado en este blog desde diversos puntos de vista, está clarísimo en los Evangelios, y en todo el Nuevo Testamento (NT). Así que os recomiendo vivamente que leáis atentamente el artículo de José María Castillo, valiente, claro y transparente.

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¿Quiso Jesús un clero como el que tenemos?”   “Es necesario preparar una Iglesia del futuro, que sea menos ‘clerical’, pero más “evangélica

(José María Castillo).- Es un hecho, suficientemente conocido, que el papa Francisco, está encontrando numerosas y, a veces, fuertes resistencias que provienen, no de los tradicionales enemigos de la Iglesia, sino precisamente y de manera sorprendente de sectores importantes del clero. Resistencias que inevitablemente se contagian a no pocos seglares, que se distancian de la Iglesia o desconfían del papa Francisco y sus enseñanzas.

Sea lo que sea de este asunto, no cabe duda que las relaciones del papa Francisco con el clero no son siempre fluidas y sencillas. Este papa ha criticado no pocos comportamientos de hombres del clero, sin reparar en cargos, dignidades y comportamientos de los “hombres de Iglesia” que, en no pocos casos, han puesto al descubierto asuntos turbios o incluso escandalosos. ¿No sería mejor ocultar – o intentar ocultar – determinadas conductas que, al hacerse públicas, escandalizan a la gente y hacen daño a creyentes y no creyentes?

No cabe duda que este papa quiere cambiar muchas cosas. Como el mismo papa ha dicho, hace pocos días, “esto va en serio”. Hasta llegar a donde sea preciso. Hasta las últimas consecuencias. Y ¿cuál sería la última de esas consecuencias? Pues, si es que vamos hasta el fondo y sin miedos, creo que ha llegado el momento de afrontar una pregunta que posiblemente nos asusta: ¿estamos seguros de que Dios quiere que en la Iglesia exista un clero como el que tenemos?

La palabra “clero” no aparece en el Nuevo Testamento. Ese término lo introdujeron algunos escritores cristianos seguramente, en el s. III. Como es sabido, la palabra clero viene del griego kleros, que significa “lote”, en el sentido de “herencia”. De ahí que “clero” se entendió como grupo o conjunto de personas “privilegiadas” o exentas de cargas fiscales y otras obligaciones, que se concedieron a la Iglesia, sobre todo a partir del año 313, con motivo de la llamada conversión del emperador Constantino (Peter Brown, Por el ojo de una aguja, Barcelona, Acantilado, 2016, 103-104). En concreto, los “privilegiados” fueron los dirigentes de la Iglesia. Dicho brevemente, el “clero” se volvió distinguido porque era privilegiado. Así ha sido desde el s. IV. Y así lo sigue siendo.

Sin embargo, si algo hay claro en los evangelios, es que Jesús no quiso ni privilegios, ni privilegiados, en su comunidad de “seguidores” y discípulos. A esto se opuso Jesús, de forma tajante, cuando dos de sus discípulos, Santiago y Juan, pretendieron los primeros puestos (Mc 10, 35-46; Mt 20, 20-28). Y, sobre todo, en la Cena de despedida, Jesús les impuso a sus apóstoles el ejemplo de vida que tenían que llevar: lavar los pies a los demás (Jn 13, 12-15). Lo que era decirles que tenían que ir por la vida, no precisamente como privilegiados, sino como esclavos al servicio de los otros.

Pero ocurrió que, con el paso del tiempo, las cosas cambiaron. Fue entre los siglos IV y VI, cuando obispos y clérigos alcanzaron posiciones de privilegio, enormes riquezas y condiciones que llevaron a aquellos hombres a ser los grandes señores de Occidente. Al decir esto, no pretendo ni insinuar que los clérigos de hoy sean “grandes señores”. No lo son. Pero sí ocurre, no pocas veces, que encuentra uno “hombres de Iglesia” que en realidad lo que buscan en la vida es más “instalarse” en este mundo que “seguir a Jesús”, con todas sus consecuencias. Se puede asegurar que Jesús quiso una Iglesia dividida y separada en dos categorías de cristianos, “clérigos” con poderes y dignidades los unos, “laicos” sumisos y profanos, los otros? Por supuesto, así se ha mantenido sólidamente la religión, sus templos y sus liturgias. Pero, a partir de semejante división, ¿hemos vivido y vivimos mejor el Evangelio? ¿Somos así mejores “seguidores de Jesús”?

El “clero”, tal como lo tenemos y tal como funciona, no fue un invento de Jesús el Señor. Lo inventó el egoísmo humano. Ni pertenece a la “Fe divina y católica” que la Iglesia tenga que estar dividida así. En la Iglesia puede haber ministros del Señor, testigos del Evangelio y personas responsables de las comunidades cristianas, que cumplan tales funciones sin necesidad de ser los “privilegiados” y “consagrados”, como lo vienen siendo desde la Antigüedad tardía.

¿No se podrían ir introduciendo cambios, que el pueblo creyente sea capaz de ir asimilando, para preparar una Iglesia del futuro, que sea menos “clerical”, pero más “evangélica? ¿O es que nos va mejor con la Religión que con el Evangelio?

Trascrito para “El guardián del Areópago” por Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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