El gran escándalo de la distancia y supremacía de la Jerarquía de la Iglesia hacia los fieles

Ayer tuve palabras muy fuertes en relación con la dedicación pastoral de la jerarquía de la Iglesia hacia el Pueblo de Dios. Llegué a describir esa dejación de  “tremenda y sacrílega”, y me recordó las tremendas diatribas que aparecen en el Antiguo Testamento cuando Dios se enfurece contra los pastores oficiales y profesionales de su pueblo, y amenaza con ser Él el verdadero y convincente Pastor. Y me refiero con esa dejación no solo a las más cercana y visible de los obispos, sino también a la de los papas. Con respeto a éstos hay que desmontar, -yo lo he intentado varias veces, pero no sé cual ha sido el éxito de mi propósito-, un idea que se asentó pacífica y enérgicamente en la tradición eclesial, sin demasiada crítica ni oposición dialéctica. Me refiero al famoso texto del “Tu est Petrus”, y su estrambote, que tanto nos gusta a los muchísimos sanpedreros repartidos a lo largo de la Iglesia. Examinemos, pus, con detención y finura, el texto.

“Díceles él: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.»Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.» (Mt, 16, 15-19) Se ha   usado y abusado de este texto, sacando de él consecuencias nada concordes con el contexto entero del Evangelio, y con el estilo de Jesús. Pero es que no hay que ir muy lejos. Si las palabras de Jesús tienen tanta fuerza que pronunciadas solemnemente las recibimos como un tesoro que nos transmite la verdadera idea de Jesús, tendremos que tener ese mismo cuidado y respeto por los textos en los que el Señor se haya pronunciado con esa autoridad indudable. Y es lo que vamos a intentar hacer con el parágrafo inmediatamente posterior del Maestro. Sigamos pues con la cita.

Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo. Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!» Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. (Mt 16, 20-23)

Aquí tenemos dos textos enérgicos, fuertes y apodícticos, de Jesús. No podemos aceptar uno de ellos al 100%, porque nos gusta, o porque hace muchos siglos alguien tuvo la idea de enaltecer la figura de Pedro y de sus sucesores, ocultando, sin embargo, el siguiente, que deja muy mal parado al mismo discípulo exaltado en primer lugar. De la lógica concatenación de estos dos textos, y de su contexto concreto, tanto en la corta distancia, como enmarcado en la lógica jesuana, podemos, yo digo más, ¡debemos!, sin lugar a ninguna duda, sacar las siguientes consecuencias: 1ª), la valentía y la generosidad de Pedro, que se expone a expresar meter la pata en una tema y en una oportunidad tan solemne; 2ª), que los discípulos de Jesús, cuando se exponen, y no callan, por una falsa prudencia, pu9eden ser inspirados, “por el Padre, que está en los cielos”, no solo Pedro, sino todos los que escuchan a Jesús, que es el enviado del Padre; 3ª), que puede suceder, perfectamente, como en este caso a Pedro, que la misma persona, el mismo fiel, el mismo creyente, que una vez es inspirado por el Espíritu, otra vez lo sea por la carne. y esto, ¿Qué quiere decir? Pues exactamente lo que dice: que ni el Papa tiene la certeza de que siempre actúe bajo la inspiración del Espíritu. Yo he escrito con frecuencia cómo en las palabras y decisiones de Juan Pablo II se ve, nítidamente, cuando es el hombre de Iglesia y de fe el que habla o actúa, y cuando el polaco obsesionado con el peligro comunista, y hasta con el socialismo, en general.

Cuando el papa Pablo VI publicó su famosa encíclica Humanae Vitae (25 de Julio de 1968) más que iluminar la conciencia y la mente de los matrimonios cristianos, cargó sobre ellos las dudas, lo miedos y el estilo pusilánime del papa Montini. Ahí tenemos un caso típico en el que se aprecia como el Magisterio eclesiástico no siempre esta inspirado por el Espíritu, y revelado por el Padre, sino, como Pedro, con su rechazo a los planes de Dios sobre la Pasión de su Hijo, se dejó llevar por la carne, y se constituyó en piedra de escándalo para Jesús. Debemos reconocer, al mismo tiempo, que ese riesgo que acompaña al Papa, y a los jerarcas de la Iglesia, en su labor de dirección y pastoreo, es un peso enorme, que haríamos bien los fieles, de alguna manera, y según nuestras posibilidades, de intentar ayudar a cargar solidariamente. Pero también es verdad que esta postura demanda un espíritu de humildad y de servicio de los jerarcas de la Iglesia. Pidamos que, por lo menos, no se constituyan con excesiva frecuencia en un escándalo para los fieles, como lo fue Pedro para Jesús.. 

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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