!No es suficiente pedir perdón!

Es el resumen del duro mensaje que el arzobispo de Dublín, Diarmuid Martin, ha enviado al Papa Francisco antes de la visita que éste piensa realizar a Irlanda el día 25 de este mes. “No basta con pedir perdón. Las estructuras que permitieron o facilitaron los abusos deben ser aniquiladas, y aniquiladas para siempre”, exige el prelado irlandés, indignado por el último escándalo de pederastia en Pensilvania, que habla de más de 1000 niños y adolescentes, chicos y chicas, violados, humillados, manoseados lúbricamente, indefensos ante la autoridad sagrada del cura, confesor o director espiritual para más inri y mayor vergüenza. El Papa va a presidir en Dublín el Encuentro Mundial de las Familias, reuniéndose con autoridades eclesiásticas y laicas, políticas y expertos en procesos de educación y de acompañamiento psicológico, todos eso en un país de fuerte tradición católica, en la que la confianza en los eclesiásticos, en lo referente a la educación y acompañamiento, en comendados a los clérigos, ha sido siempre total, ¡tal vez demasiado ingenua, como se ha podido comprobar con los últimos escándalos que han salpicado la iglesia irlandesa, y que está provocando, como en otros lados de la Iglesia, un fuete descenso de la adhesión y fidelidad de los fieles a las convocatoria eclesial. Otra vez en que lo eclesiástico dificulta, pone trabas, o entorpece hasta extremos inimaginables la realidad eclesial. No es pues, nada de extrañar, la indisimulada indignación del arzobispo.

Pienso que el que esto escribe, autor de este blog muy crítico con la jerarquía de la Iglesia, ha demostrado hasta hoy una valoración magníficamente positiva del papa Bergolio, pero entiendo que la autoridad papal es tan enorme y decisiva en la Iglesia, que solo a ella podemos invocar y acudir para arreglar ciertos desperfectos que provocan unos desastrosos y terribles desórdenes en la Iglesia, causados por raíces profundas, entre leyes canónicas, regulaciones ministeriales, protocoles de actuación, tradiciones veneradas, y posiblemente venerandas en la exigencia pública, intereses creados generales, particulares y particularísimos, que a quienes ostentan esa tan alta y, para los cristianos, sacrosanta  autoridad, acaba sirviéndoles solo dos salidas: dimitir, por sentirse incapacitados para restablecer el orden debido en la Iglesia, o cortar por lo sano, como un cirujano consciente, lúcido, sereno, y de pulso valiente. Yo ni en las más pésima hipótesis solicitaría la dimisión del papa Francisco, porque de los papas recientes que mejor conocemos, es, lo ha demostrado con creces, el que más autoridad, la más indiscutida “autoritas” posee, para responder al grito, más de socorro que de indignación, del arzobispo Martín, de Dublín, cuando exige que “ las estructuras que permitieron o facilitaron los abusos (refiriéndose a los recién conocidos por el gran público en los terribles episodios de pederastia, de Pensilvania, durante 70 años, y por extensión, a todo ese miasma pútrido e insoportable de los abusos sexuales a menores en medios eclesiásticos), todas deben ser aniquiladas, ¡y aniquiladas para siempre!”.

El concreto asunto de la perversión sexual en la Pensilvania clerical era conocido por el Vaticano desde el año 1963, y aunque nadie se atreverá a colgar a los papas de 1963-2018 ningún tipo de causalidad directa en esa lacra lastimosa, delictiva, y extendida como un cáncer con metástasis, sí que se hará, se han hecho, y cada vez está cayendo con más fuerza sobre la cabeza y responsabilidad del papado, con mayor o menor implicación, la responsabilidad en las maniobras de ocultación y desvío de la información a la opinión pública, hasta convertir este terrible tema en un “quemadero de pontífices”. 

Se amontonan las denuncias, y también los reproches a una jerarquía de la Iglesia, de la que no excluyen, ¡ya!, ni a los papas, se extienden por doquier. En el diario El País de ayer domingo apareció una carta sobrecogedora de la periodista norteamericana católica  Nancy Huston al papa Francisco. Ella, en el texto que cito más abajo, afirma algo que en discusiones y jornadas de trabajo, sobre todo en la Iglesia de Sâo Paulo, en Brasil, siempre he defendido: Ss trata de cuál es la  verdadera causa de la moderna deriva, escandalosa, por el número y la profundidad de la perversión, que para mí no es otra que la pésima educación sexual oficial de la Iglesia, en general, y en particular, para los futuros ministros, sacerdotes como los llamamos malamente, o curas, encargados de las comunidades cristianas. en esa educación la mujer es presentada como un peligro, una verdadera amenaza, para los clérigos, por lo que los más pusilánimes, y, a la vez, más propensos al aprovechamiento  de la debilidad y fragilidad de niños y niñas hasta una edad de seguridad, descargan su sexualidad con total seguridad, hasta hace bien poco, sobre la tierna infancia a ellos encomendada. La verdadera causa de ese terrorífico desvío de la sexualidad es que al clero se le ha prohibido su ejercicio maduro, libre y sin complejos, por execrable norma del celibato obligatorio, que no tiene que ver, sino todo lo contrario, con la tradición bíblica. Por eso resulta más fácil, más infantil, sin tener en cuenta el mal infinitamente más dañino que provoca, la sexualidad con niños, como un juego en el que el adulto tiene todos los códigos y todas los resortes.

Escribe Nancy Huston: “¿Por qué son los niños sus víctimas preferidas? No porque los sacerdotes sean pedófilos —la proporción de pedófilos entre ellos seguramente no es mayor que entre la población en general—, sino porque esos hombres tienen miedo, y los jóvenes, que son más débiles, más vulnerables y más fáciles de intimidar, tienen muchas menos probabilidades de denunciarlos que los mayores. Si los curas sacaran sus penes entumecidos —esos pobres órganos frustrados, eternamente reprimidos— en presencia de sus feligreses adultos, o visitaran habitualmente a trabajadores del sexo, los “atraparían” de inmediato. Con los jóvenes, pueden hacer lo que quieren durante años e incluso decenios. Tienen a su alcance a todos esos niños recién llegados al coro, las niñas que acaban de recibir su confirmación, una joven virgen en la intimidad del confesionario, un guapo adolescente en un campamento de verano… El poder y la influencia de los sacerdotes sobre esas personas son sobrehumanos, casi divinos. Y pueden volver a hacer lo mismo al año siguiente, con los mismos grupos o con otros nuevos. Esto no tiene nada de sagrado, Francisco: es una profanación”. 

(Intentaré señalar algunas disposiciones que puede decretar la más alta jerarquía de la Iglesia tendentes a reducir, o incluso, eliminar, o, por lo menos, dificultar al máximo, los riesgos de una fijación sexual inmadura e infantil de los clérigos, teniendo como objetivo los menores).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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