Los pecados de “la oración a los santos” (I)

(“Les profesamos pleitesía, (a los santos) sin darnos cuenta del mayor de los errores: el escabroso morro de la idolatría”)

(Ando últimamente muy atareado, en una faena, además, que no me gusta demasiado, y de la que algo os hablé: la de convertir la parroquia en la que he servido como párroco 15 -quince- años!. A eso se junta el que exactamente ayer hicieron 50 años de mi ordenación de presbítero, o cura, -ya sabéis y lo he explicado el por qué en muchos pasajes de este blog, no me gusta nada la denominación de sacerdotes, porque o lo es, en esencia, sólo Jesucristo , -“¡único y eterno sacerdote!”, según la carta a los Hebreos, o lo somos todos los bautizados, por participación en el sacerdocio de Cristo. Así que no he tenido ni muchas ganas ni excesivos estímulos para escribir. Por eso os trasmito un artículo de ese laico cristiano, lúcido y consciente, que es Jairo del Agua. Firmo sus líneas una por una). 

(Jairo del Agua).- (Ruego encarecidamente que NO LEAN esta meditación los católicos de fe frágil, insegura, rígida o fanática. Va dirigida a quienes están convencidos del viejo principio: “Ecclesia semper reformanda”, es decir, la Iglesia ha de estar siempre reformándose. Creo que éstos podrán meditar con aprovechamiento cuanto expongo).

Primer pecado: Sacralizar y Empoderar

Cuentan que a un pescador de bajura le sorprendió un terrible temporal. Con toda lógica arrumbó hacia la costa buscando refugio. Al poco tiempo vislumbró la intermitencia de un faro y navegó a toda máquina hacia aquel punto luminoso.

Tan obsesionado estaba por alcanzar la luz que terminó embarrancando en las rocas al pie del faro. No se percató de que el faro anunciaba la costa pero también avisaba del peligro de un abrupto morro de rocas que había que sortear.

Tengo la impresión de que muchos católicos caemos en la misma prisa que el pescador de este cuento. Nos dirigimos a los santos conseguidores con interesada urgencia, como si ellos fueran la salvación. Les profesamos utilitaria “adoración” y pleitesía, sin darnos cuenta del mayor de los errores: el escabroso morro de la idolatría.

No salgo de mi asombro al observar la complacencia de los guías de nuestra fe ante esta “religión egoísta y tergiversada”. Pareciera que lo importante es que la gente se acerque a la iglesia. No importa si es para colgarse del badajo, abrazar gárgolas o untar el santoral.

Me llamarán protestante por escribir estas cosas. Pero es que nuestros hermanos protestantes -hermanos mal que le pese a alguno- tienen gran parte de razón, aunque se hayan deslizado por el extremo opuesto tirando a los santos con las telarañas que intentaban limpiar.

La verdad es que más que “protestante” soy un católico “protestón” porque no me gusta comulgar con ruedas de molino, ni ser manipulado por los poderes religiosos de turno. En eso imito el ejemplo de Aquél al que amo y pretendo seguir. Intento entrar por la puerta estrecha y huyo de supersticiones, supercherías y religiosidades de barro con supuestas soluciones milagrosas a gusto del consumidor.

Además soy devoto de un hermano santo sin fama de milagrero (al que nadie regala flores, lamparillas o limosnas) que me sopla cosas como ésta: “No apaguéis el Espíritu. No despreciéis las profecías. Examinadlo todo, y quedaos con lo bueno. Evitad toda clase de mal” (1Tes 5,19).

(Transcrito para El Areópago, por Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara)

 

 

3 Responses to “Los pecados de “la oración a los santos” (I)”

  1. Entiendo que se autodefina como católico protestón.
    Hace muchos años encontré el texto que acompaño, que seguro Ud. conoce muy bien. Con alguna frecuencia recurro a él para cargar pilas. Se titula ESO.

    A eso de caer y volver a levantarte,
    de fracasar y volver a comenzar,
    de seguir un camino y tener que torcerlo,
    de encontrar el dolor y tener que afrontarlo.
    A eso…, no le llames adversidad, llámale
    SABIDURÍA
    A eso de sentir la mano de Dios y saberte impotente,
    de fijarte una meta y tener que seguir otra,
    de huir de una prueba y tener que encararla,
    de planear un vuelo y tener que recortarlo,
    de tener el agua al alcance de tus labios
    y que tu vida dependa de no beberla
    de aspirar y no poder,
    de querer y no saber,
    de avanzar y no llegar.
    A eso…, no le llames castigo, llámale
    ENSEÑANZA
    A eso de pasar juntos días radiantes,
    días felices y días tristes,
    días de soledad y días de compañía.
    A eso…, no le llames rutina, llámale
    REGALO DE DIOS
    A eso de perdonar cuando no deseas,
    de dar cuando tú mismo necesitas,
    de reír cuando lo que quieres es llorar,
    de continuar cuando todo parece perdido,
    de reconocer un error sinceramente.
    A eso…, no le llames resignación, llámale
    VALOR
    A eso, de que tus ojos miren y tus oídos oigan,
    y tu cerebro funcione y tus manos trabajen,
    y tu alma irradie, y tu sensibilidad sienta, y tu corazón ame…
    A eso…, no le llames poder humano, llámale
    MILAGRO DIVINO

  2. Gracias , Miguel, por tu hermosa colaboración. ¡De verdad!, muchas gracias.

    Jesús Mari Urío Ruiz de Vergara

  3. Querido Jesús Mari, ¡muchísimas felicidades por cumplir estos 50 años de servicio!
    Te regalo un texto de Javier Melloni y te envío un gran abrazo.
    .
    -Dios es la plenitud del SER que nos deja ser en plenitud-
    .
    En la tradición cristiana creemos que Jesús es la encarnación de Dios. Dice la Patrística –y esto lo hemos olvidado hasta hace poco y ahora lo estamos recordando más, aunque no lo suficiente- que Dios se ha hecho hombre para que el hombre sea Dios. No dice que “para que el hombre sea hijo de Dios” sino, para que “el hombre sea Dios”.
    Esto, dicho a nuestros oídos, nos asusta, nos parece que aquí hay algo que disuena. Y esto porque tenemos asociado a Dios el pensamiento de que es alguien como un ser que está por encima de todo con un máximo de omnipotencia y de omnisciencia. Y damos también por supuesto que no vamos a entender que nosotros podemos gozar de esas prerrogativas. Porque entendemos a Dios como ese Ser por encima de la totalidad, conteniendo y controlándolo todo. Justamente se trata de la tentación del Génesis: “Seréis como dioses”.
    Pero si Dios es la posibilidad de que todo sea y Dios no es un ser más, sino que es AQUEL-AQUELLO que permite que seamos, cuanto más somos, más somos ÉL.
    El problema del cristianismo es que nos hemos quedado, en general, a mitad del camino. Es decir, hemos reconocido en Jesús esa unificación de lo humano y de lo divino, pero nos hemos quedado distantes de identificarnos con todo lo que Él es. Porque es necesario morir a muchas cosas para verdaderamente entrar a donde Él está. Es decir que, si Dios es la plenitud del SER que nos deja ser en plenitud y reconocemos en Jesús que es el máximo vaciamiento de lo divino en lo humano y de lo humano en lo divino, y nos dice: “Yo y el Padre somos uno. Sed uno como el Padre y yo somos uno”, nos está invitando a estar con él, a estar en el mismo lugar que él está.
    Las últimas palabras de Jesús en el Evangelio de Juan, son: ”Ya no os llama siervos, sino amigos” porque los siervos no saben lo que hace su amo y, en cambio, yo os digo qué es lo que va a suceder: que se va a atravesar el umbral, que es la muerte. La Pascua, la muerte es la manera de comprender a Jesús para resucitar y, cuando Jesús resucita dice a María Magdalena: “ve y dile a mis hermanos…”. Antes de morir había dicho: “Os llamo amigos y no siervos…” y después de la resurrección les dice: “Vete y dile a mis hermanos…” Ahora Jesús dice hermanos, ya no amigos. Por lo tanto invitados a estar en el mismo lugar que él está. Yo soy. Por tanto, sed como yo soy, sed el que yo soy. Y esto es lo que se nos invita a atravesar.
    Un lenguaje que hoy en día se abre en todas las direcciones porque se nos llama a ser plenamente aquello que somos. Esta es la plenitud del cristianismo: el ser plenamente aquello que ya somos.
    Y esto es lo que nos dicen todas las tradiciones religiosas: llegad hasta el final de lo que sois. No os quedéis a medio camino. Y así lo humano y lo divino se hacen una sola cosa, un solo ser.
    Lo que a nosotros nos hace cristianos es hacer todo esto a través de Jesús. Pero lo que les hace a otros pertenecientes a otras tradiciones religiosas es hacerlo a través de su camino. Y, entonces, no entramos en competitividad unos con otros, sino que entramos en complementariedad y enriquecimiento de unos con otros. Vamos hacia ese mismo lugar con formas y modos distintos aunque el camino es el mismo.
    Javier Melloni

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