“Los pecados en la oración a los santos”.

(08.10.18 | 08:00. “Religión digital”, archivado en Religión)

Jairo del Agua es un seglar católico que escribe un blog muy agudo, picante, provocador, pero, en mi opinión, perfectamente dentro de la ortodoxia, a pesar de ser acusado de hereje por InfoVaticana, ésta sí rayando si no lo heterodoxo, sí, claramente, lo anti evangélico. En uno de sus últimos artículos de su blog ha escrito sobre un tema que también me preocupa mucho, y que podemos resumir en esta pregunta: ¿para qué sirven los santos? Nos puede ayudar bastante la respuesta que un niño dio cuando le preguntaron quienes eran los sanos. Y dio esta respuesta magistral:Un santo es quien deja pasar la luz”, muy posiblemente recordando las vidrieras de la Iglesia de su pueblo.

(El encabezado de los párrafos en negrita es del autor Jairo del Agua)

Es evidente, los santos dejan pasar la luz de Dios hacia nosotros. Esa transparencia es su santidad. Pero en la piedad, incluso oficial de la Iglesia, hemos convertido a los santos en cortesanos de Dios, encargados de recordarle a Dios su deber de escuchar las oraciones de sus hijos, sobre todo, si las hacen a través de ellos, los santos oficiales.

Los santos son personas humanas que nos muestran lo que se puede conseguir cuando nos abrimos a la luz de Dios, a la maravillosa dinámica de la “influencia divina”, a toda la potencialidad y energía de su Reino. sin embargo, hoy, para “un buen católico”, generalmente, son todo lo contrario: más que mostrar lo que nos puede suceder si nos abrimos, como ellos, a la influencia divina, prefiere, el “buen católico”, aprovecharse de la “influencia humana”, que los sangos tienen sobre Dios, para hacerle llegar nuestras necesidades, y conseguir alguna dádiva, previa instancia nuestra.

¡Pobres santos! Les hemos convertido en “personajes utilitarios”, intercesores ante Dios, intermediarios influyentes. Son los ladronzuelos que asaltan el huerto divino y consiguen sacar algo de un “dios tacañón” que guarda bajo siete llaves, y con caras de pocos amigos, sus favores. Convertimos a los santos en los enchufados, los recomendados, los influyentes, los cortesanos que pueden conseguirnos alguna migaja del inmenso arsenal de Favores de un Dios al que, por lo visto, le gusta ser invocado y mendigado, siempre por intercesores habilitados. Ésta es una gran corru0pción con la que degradamos a nuestros santos. EL mejor y más santo, el que consigue más popularidad, y el que por su medio más limosnas se recoge es siempre, ¡casualmente!, el más milagrero, el que resulta más útil para sus devotos. Convertimos así a los santos en “conseguidores”.

¿Cómo hemos llegado a imaginar que a un Dios Amor se le pueden “arrancar” favores personalizados a través de influencias humanas? ¿Es posible que después de leer el Evangelio, -o tal vez por no leerlo-, no hayamos intuido que el verdadero Abba-Papá se derrama gratuitamente sobre todas sus criaturas? ¿Pero en qué “ídolo” creemos, fabricando fetiches, reliquias milagreras, enchufes e influencias humanas, que no pretenden otra cosa que conmover a un ídolo sordo, e inmisericorde? ?

Este no es el Padre que nos reveló Jesús. El Dios revelado, y que es racionalmente comprensible, es entrega , infinita gratuidad, que no necesita, para derramar su gracia, el empujón de recomendaciones  ni mediaciones de personajes influyentes. Es absurdo imaginar que se pu9eda arrancar una ola gota a la absoluta Misericordia

¿Es ese el Padre que nos reveló Cristo? ¡Desde luego que no! El Dios revelado y racionalmente comprensible es puro vuelco, entrega total, infinita gratuidad, incompatible con las intercesiones y recomendaciones de influyentes personajes. Igual que resulta imposible añadir un solo grado a los 360º de un círculo, o un lado a los tres de un triángulo, nadie puede interferir ni mediar para que se ponga en movimiento la actitud infinitamente dispuesta de Dios. Así que, en pura lógica, debemos concluir que los “intercesores” que nos inventamos, los santos, no son sino entelequias, proyección de nuestra necesidad y debilidad, creaciones religiosas, negación del Yo soy el que soy“, del absoluto. Sin darnos cuenta, con determinada actitud en la devoción a los santos, pretenderíamos, si fuéramos conscientes,  convertir a Dios en algo relativo, influenciable, condicionado.

Es asombroso, escandaloso, inquietante, y hasta indignante, que después de más de 2000 años de Cristianismo, tanto católico sea “ateo” del Dios Verdadero, (y, todavía más, si pensamos que este ateísmo práctico y real está orientado y causado por la praxis oficial de la Iglesia en sus oraciones y devocionarios. Nota: esta última frase entre paréntesis no es de Jairo, sino de este comentarista). Denigramos el rostro revelado de Dios, y acabamos convirtiendo a nuestros santos en cortesanos que pululan “por los aledaños del trono de Dios para arrancarle algún gramo de compasión“. Es necesario repetir, e insistir alto y claro: Los santos desde sus peanas y hornacinas, desde fuera, no pueden hacer absolutamente nada por nosotros. A los santos hay que masticarlos, digerirlos y dejar que nos alimenten desde dentro de nosotros mismos. Las peticiones de intercesión por las que solicitamos “favores” son como cartas a los Reyes Magos, o a papa Noel. Los “favores reales” (solicitados o no) solo se consiguen, y nos llegan, cuando obramos, oramos y actuamos como ellos. Esta es una verdad que se oculta a los creyentes por ignorancia o superstición. Y es doloroso el silencio de los curas ante las “cadenas de oración” y otras devociones de las que lo mejor que podemos afirmar es que son pintorescas.

Conclusión: Los santos, en su vida en la tierra, ya hicieron lo que podían hacer: seguir a Jesús, intentar cumplir su Palabra, cumplir el mandamiento del amor, y ser testigos del Evangelio entre los hombres. Es totalmente inútil, triste, y aberrante, que continuemos inmersos en una “religión de tráfico de influencias”, sin querer darnos cuenta de que son nuestras decisiones, y la coherencia de nuestra vida con la senda del Evangelio, y que es una bobada pretender recordar a Dios sus obligaciones de atención y cuidado de sus hijos. No fabriquemos ídolos, a los que despreciamos y olvidamos si no responden a nuestras plegarias, y, entonces,  pasamos a otro, que imaginamos más eficaz. No traicionemos a nuestros santos, que no son otra cosa que testigos de la buena noticia, y prueba evidente de que vivirla con intensidad provoca una alegría y un gozo intensos. Los santos no  pueden nada, su turno ya pasó, no son los que nos enchufan a la misericordia de Dios, ni el santo más santo es una micra de la maravillosa, eterna e indestructible misericordia de Dios. La oración a los santos no es otra cosa que dejarnos iluminar, e imitarlos en la trasparencia con la que dejaron atravesar la luz de Dios. Lo que trasciende de ahí es superstición, un imaginario e imposible tráfico de influencias ante lo que sería “un Dios voluble y caprichoso”. Que, desde luego, no es nuestro Dios, el Dios de los cristianos, el Abba-papá revelado por nuestro hermano mayor, y Señor, Jesús.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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