Quim Torra en Montserrat

Me ha sorprendido la noticia de que el presidente de la Generalidad de Cataluña, “Quim Torra Plá, se encuentra en el monasterio de Montserrat realizando un ayuno de 48 (cuarenta) horas. Conozco el monasterio benedictino del Monte Serrado, y hay que reconocer el buen gusto del señor Torra al elegir un lugar tan apropiado para contrarrestar con cierta facilidad, y elegancia, los aprietos inherentes al inquietante despertar del apetito, cuando las ganas de comer aprietan. El entorno natural serrano, áspero y refulgente al mismo tiempo, aunado por alguna melodía gregoriana, o, tal vez, encandilado con las prístinas voces de los niños que forman la escolanía con la fama, o la sospecha, de ser la más antigua de Europa. Todo eso acompañado de una visita piadosa, sentida y profunda, a la capilla recoleta y limpia de todo sentimentalismo dulzón, que podría acabar resquebrajando el sereno equilibrio para el pensamiento y la oración. Pero, en nuestro caso, y gracias al buen hacer, y al exquisito gusto litúrgico de los monjes benedictinos, ese peligro está conjurado.

Recuerdo, y en el tema de este artículo me viene de perillas, las consideraciones sobre el papel y la importancia que los monasterios han tenido, durante siglos, sobre la región en que se asentaban, que nuestro profesor de Historia de la Iglesia en mis estudios de Teología, el padre Miguel Pérez del Valle, ss.cc., nos ayudó a entender, iluminando nuestra mente, y haciendo surgir la chispa de la empatía. Y aún con el riesgo de repetirme, no puedo dejar pasar la ocasión de reconocer, que habiendo estudiado licenciaturas, y masters y otros cursos de extensión y especialización en cuatro diferentes universidades, en España y Brasil, no he encontrado nunca un profesor tan brillante, profundo, y convincente, como nuestro profesor cántabro, (había nacido en Tanos), de Historia de la Iglesia, y del Arte, que era lo que más le gustaba.

Pues bien, él nos comunicó, y detalló, de modo sencillo y convincente, cómo, durante siglos los monasterios y los poblados y valles circundantes, formaban una auténtica simbiosis, en el que las necesidades, aventuras, y eventos,  de uno y otros eran, solventados con la ayuda mutua, fruto sazonado del conocimiento, cariño, respeto y consideración que ambos se profesaban. Sabemos que durante la Edad Media, sin la presencia atosigante, pero protectora de lo que hoy llamamos Estado, los señores feudales formaban una red que posibilitaba la vida, las relaciones de trabajo, y la convivencia, de los lugareños. En esa red, los grandes monasterios, ejercían la misión de verdaderos guías de los habitantes de la región, en lo religioso, como es lógico, en lo cultural, en lo social, y hasta en la organización y progreso de las técnicas laborales. Se dice, y nadie lo niega, que fueron los monjes, los benedictinos, y después los cistercienses, en especial, los que enseñaron a los europeos a trabajar los campos.

A veces los monasterios tenían verdadero poder de jurisdicción, lo que quiere decir que ejercitaban todas las funciones que hoy esperamos y reclamamos del Estado, entre las que tenemos que reseñar el poder ejecutivo, para la organización de la convivencia, el orden de los trabajos, el orden que hoy denominamos cívico, ostentando los otros dos poderes clásicos, es decir, el legislativo y el judicial. Animo a mis lectores que no conozcan el monasterio cisterciense femenino de San Miguel de Arroyo, en el norte de la provincia de Palencia, en el que la monja que hace de guía turística os dirá que la abadesa tenía “poder de vida y muerte”, de lo que es recuerdo la picota que queda, todavía, a la puerta del monasterio, en la que las crónicas conventuales, y también civiles, atestiguan que hubo ahorcamientos que se ejecutaron en ella.

CONCLUSIÓN: El monasterio de Montserrat es más antiguo, de finales del siglo IX, y por su localización estratégica sabemos que sirvió, también, de fortaleza, para dar cobijo a los campesinos, en tiempo de revueltas y andanadas militares, o para defenderse de los bandoleros, como conocemos de muchísimos relatos de la Edad Media. Al ser uno de los más antiguos de Cataluña, le ha tocado vivir todas las vicisitudes históricas de sus habitantes, por lo que es fácil entender que se haya convertido en una referencia de primer orden. Pero si es verdad, y relevante lo que significaron los monasterios, y, seguramente, significó el de Montserrat en la Edad Media, y hasta casi nuestros días, ya no podemos enfocar del mismo modo la relación de los monjes con los habitantes de su entorno, o de toda Cataluña. En un mundo de cultura, información, economía, política, y desarrollo, y hasta multi religioso, global, no deja de ser una anomalía la especial significación socio-política Monserrat-Autonomía catalana. No tengo tiempo para abordar seria, y profundamente, este asunto, otra vez lo intentaré. Pero quiero dejar dos conclusiones que me parecen válidas, y oportunas: 1ª), es muy normal que los monjes de Montserrat, e, incluso, el episcopado catalán, sean más comprensivos que los eclesiásticos del resto de España con lo que es, y significa, una evidente desviación de los ideales sociales y democráticos de nuestro tiempo, por parte de los políticos catalanes separatistas; 2ª) Pero lo anterior no puede ser una excusa o disculpa válida para que los que somos “profesionales” del cristianismo antepongamos nuestras preferencias políticas, sociales e históricas a los valeres del Evangelio. A mí me han llegado a escandalizar y a dejar mal cuerpo algunas consideraciones de algunos obispos catalanes, y de Cataluña, dejando de lado los criterios de mesura y la tentativa de objetividad, ante acritudes evidente e incuestionablemente inaceptables de líderes políticos catalanes. Y he apreciado esta postura más en los obispos que en los monjes de Monserrat. Está bien que la especial relación de cercanía, no solo geográfica, sino sobre todo existencial, y la simpatía y el cariño, fruto de la convivencia, y de el enfrentamiento de problemas socio-económicos-políticos similares incline la compresión de los pastores eclesiales catalanes hacia sus fieles. Pero nunca un Pastor y profeta cristiano podrá eliminar por completo la búsqueda de la verdad y de la imparcialidad. (Pienso que esta actitud también se la debemos exigir al conjunto obispos que ejerce su ministerio pastoral en el resto de España).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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