Comentario a la homilía del Arzobispo,-¡que no cardenal!-, de Toledo, el día del corpus, 2019

Comentaré los aspectos que D. Braulio más destaca, (y procuraré citar literalmente los títulos de cada apartado):

1º) “La Eucaristía, por tanto, no puede reducirse a un mero signo de comunión fraterna”.

A) Desde la aparición del movimiento italiano “Comunión y liberación” se ha puesto de moda en la Iglesia hablar de “comunión fraterna”. He preguntado muchas veces qué es lo que debemos entender por “comunión”, y no me ha quedado sino un concepto levemente voluntarista del interés de los miembros de la comunidad eclesial por conocer, valorar, estimar, y respetar a los otros miembros de esa comunidad, tratarlos bien, y evitar agrias discusiones y desvalorizaciones. Es decir, la “comunión fraterna” convertiría la comunidad cristiana en una balsa de aceite. No creo que estuvieran muy de acuerdo con esa caracterización ni Pablo, con su reciedumbre al afirmar “nosotros somos el cuerpo de Cristo”, o “Cristo es la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia”, como proclama lleno de convicción en su carta a los Colosenses. Y este convencimiento es perfectamente compatible con su bronca a Pedro, su disgusto con el retraso de Marcos, al presentarse para una misión, o con la terrible diatriba de Jesús, “manso y humilde de corazón” , a Pedro, que no entendía el sentido de la Pasión,  al que llegó a decir “apártate de mí, Satanás, porque eres para mí un escándalo”,  refiriéndose a que pretendía apartarlo de la misión trazada por el Padre. Comunión no es, si analizamos bien los comportamientos de Jesús y de los primeros discípulos una corriente romántica dulzona en el trato con los miembros de la Iglesia, y así no podemos denominar “comunión episcopal” al falso acuerdo de unanimidad para publicar algún documento de la Conferencia Episcopal, cuando todos sabemos que esa unanimidad es ficticia. Y no imitando la verdadera comunión fraterna de los apóstoles al reconocer las tremendas diferencias en el llamado Concilio de Jerusalén, en temas de enorme calado, que hubieran cambiado el futuro de la Comunidad de los discípulos de Jesús, si en vez de reconocer y aliarse con la verdad, hubieran practicado esa “Comunión fraterna” que consiste, en el fondo, en respetar el lema moderno “dejar hacer, dejar pasar“, es decir, no incomodar.

B) Es una triste reducción afirmar, como hace el señor arzobispo, que “la eucaristía … no puede reducirse a un mero signo de comunión fraterna”, y mucho menos si esa comunión es del estilo que se lleva en muchos ámbitos eclesiales pre conciliares. La eucaristía solo puede entenderse y explicarse acudiendo al sentido, a las palabras, y al mundo bíblico en el que vivían Jesús y los apóstoles, y que queda palmariamente claro en el contexto de la “Última Cena”, fuese o no fuese, como todavía se discute, la celebración de la Pascua judía. Pero desde luego, no solo la Eucaristía, sino todos los sacramentos, no se pueden entender, y explicar, por la tradición litúrgica de la Iglesia, si este respeto hace que generaciones enteras de cristianos hayan perdido aspectos esenciales del sacramento. (& el apartado A) del párrafo 2º)) Un ejemplo: no podemos conceder protagonismo en al Sacramento de la Penitencia a la confesión auricular de los pecados, cuando ésta no se comenzó a practicar hasta el siglo VI, y de modo extra sacramental, por miembros no ordenados con el Sacramento del orden, pues lo realizaban, para paliar la Ignorancia del pueblo, los legos de algunas comunidad  monacales. Para una verdadera y leal Teología de ese sacramento hay que investigar cómo fue recibido, y practicado, por la Iglesia primitiva, que destroza la importancia de la confesión verbal de los pecados a un ministro de la Iglesia, cuando para formar parte de la “orden de los penitentes” era preciso que los tres pecados considerados necesarios para la pertenencia a esa orden, (en la que también entró el emperador Teodosio, después de la matanza que ordenó en Tesalónica), tenía que ser públicos: el asesinato, el adulterio público, y la Apostasía, ésta también conocida por la comunidad, no realizada en lo profundo de la conciencia. el criterio fundamental era el escándalo que se podía transmitir a los paganos. (Alguien tal vez se pregunte por qué pongo este ejemplo del sacramento de la penitencia cuando estamos hablando de la Eucaristía, En el siguiente apartado, veremos por qué).

2º)Solamente en un clima de adoración, la celebración eucarística puede tener también vitalidad; … solamente cuando la casa de Dios y también la comunidad en pleno está continuamente imbuida de la presencia de Dios …

No puedo estar de acuerdo ni con el enunciado en negrita, que es como la titulación del párrafo, ni con la frase siguiente. Y, en verdad, me sorprende, que todo un señor arzobispo use expresiones que la Teología moderna, y la Liturgia Conciliar, no es que las hayan barrido, sino que las han desposeído del sentido en que los usa D.Braulio.

A) Se ha puesto de moda, en los últimos años, desde el final del pontificado de Juan Pablo II, pasando por el de Benedicto XVI, y ha llegado hasta nuestros días en círculos preconciliares de la Iglesia española, que cada vez parecen ser más, afirmar la importancia de la Adoración, teórica, y práctica. Aunque a una simple mirada histórica, es evidente que aquí la praxis se adelantó a la teoría. No puede ser posible que la adoración al sacramento de la Eucaristía sea una nota esencial, y primaria, sin la cual no “pueda tener vitalidad” el sacramento, si hasta el siglo XII bien adelantado no había sagrarios en las Iglesias, es decir, nadie había pensado que la Eucaristía era, además de para comerla, para adorarla. Tampoco es nada probable que a Jesús, con su fina sensibilidad judía para oler cualquier atisbo de idolatría, se le ocurriera enseñar a sus discípulos a adorar un trozo de pan. El pan es para ser comido, y el vino, para ser bebido, y el Señor lo afirma innumerable veces, sobre todo en el Evangelio de San Juan. Nunca dijo “si no adoráis este pan y este vino”, sino “el que coma de este pan y beba este vino, tendrá vida eterna”, y “no perecerá en el último día“. Es evidente, que la Eucaristía la celebró Jesús con sus discípulos, hombre y mujeres, como una cena, pascual o no; es decir, se la entregó como un banquete, para que la comieran y bebieran, no para adorarla. Todo el tinglado que hemos levantado en la fiesta del Corpus, sobre todo, en España, no es sino un ejemplo más de poca fidelidad al verdadero sentido evangélico de muchos sacramentos, para lo que sí se han proclamado hábiles los jerarcas, así como se retraen en el caso de la ordenación de mujeres, y, en los últimos tiempos, de la obligatoriedad o no de celibato, cuando es evidente, en las fuentes del Nuevo Testamento, que varios de los apóstoles de Jesús eran casados.

B)… solamente cuando la casa de Dios y también la comunidad en pleno está continuamente imbuida de la presencia de Dios

Me choca profundamente que en los tiempos que corren todo un señor arzobispo hable de los templos cristianos como “casa de Dios”. Puede ser que la sede toledana sea más convincente para caer en esta tentación, por su grandiosidad y belleza, y que esto sirva de atenuante para D. Braulio, pero es que obispos de sedes mucho más humildes, y curas de aldea, con su templo sencillo y pobre, también suelen emplear las palabra solemnes, “La casa de Dios”. Aconsejo  tantos obispos y curas, que todavía no se han enterado que la casa de Dios es, para los pobres mortales, el Universo entero, y que el lugar de las celebraciones de la Comunidad eclesial es “la casa de la Comunidad” que lean el artículo, claro, recio, y duro, de José Mª Castillo: “Ni Jesús fundó templo alguno, ni quería templos”; “Menos aún las solemnidades, la pompa y el boato de la corte imperial, que la Iglesia copió”. Y, todavía mejor, que lean los evangelios, y los Hechos de los Apóstoles, y verán que los primeros cristianos no tuvieron otros templos que sus casa, y escondidos en alguna catacumba, hasta la segunda mitad del siglo IV. Después pasó lo que pasó, que a partir del siglo V la jerarquía de la Iglesia se dejó tentar por “la pompa y el boato de la corte imperial, que la Iglesia copió”.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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