Los santos oficiales

(Fiel a mi idea de proponer artículos de contenido muy similar a los que escribo en mi blog “El Guardián del Areópago”, traigo hoy este de Antonio Aradillas, claro, valiente, con el que estoy totalmente de acuerdo. Aunque yo llamo, cuando he escrito sobre este tema, y lo he hecho varias veces,  “santos administrativos” a los que Aradillas denomina “oficiales”. Y los llamo administrativos porque los encumbra la Administración  de la Iglesia)

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“En los alrededores de las canonizaciones el dinero produce inefables ruidos” Antonio Aradillas: “Los santos oficiales están por las nubes. Son carísimos”

“El dinero logrado en calidad de limosnas, y además, indulgenciado, avalado con promesas o certezas de milagros o milagrerías, después de novenas, rezos, rosarios, penitencias y misas, no será lo que convierta a los cristianos/as en santos o santas”
“La simonía es uno de los pecados más burdos e indecentes de la “moral- inmoral” católica”
“En la Iglesia primitiva elevar a los altares fue competencia del pueblo santo”

25.07.2019 Antonio Aradillas
Relaté recientemente en estas páginas de RD que los santos-santos, es decir, los “”oficiales”, están por las nubes. Son caros. Carísimos. Entidades, pueblos, ciudades, colectivos, Congregaciones y Órdenes Religiosas…habrían de empeñarse largos años para resarcirse de las deudas contraídas en los procesos y celebraciones de las fiestas que lleva consigo la elevación a los altares de los “suyos”, por fundación, por devoción, o por el simple y “humilde” hecho de presentarlos ante el mundo entero como mediadores y ejemplos celestiales.
En esta nueva reflexión me limito a insistir sobre el tema. Los santos y las santas no pueden costar tanto dinero. Y menos, el dinero que se dice “sagrado”. El dinero logrado en calidad de limosnas, y además, indulgenciado, avalado con promesas o certezas de milagros o milagrerías, después de novenas, rezos, rosarios, penitencias y misas, no será lo que convierta a los cristianos/as en santos o santas.
En los alrededores de las beatificaciones y canonizaciones el dinero produce inefables ruidos, con certeras resonancias y seguridades de ser administrado por un tal Simón “el Mago”, quien ofreció bíblicamente dinero a los Apóstoles para que les diesen el don de conferirle el Espíritu Santo, hecho de donde procede el odioso término de la “simonía” o “compraventa deliberada de cosas espirituales o religiosas, especialmente de los sacramentos o cargos religiosos”. Conste que el de la simonía es uno de los pecados más burdos e indecentes de la “moral- inmoral” católica.
A los tiempos en los que vivimos y en sus esferas sociológico-religiosas, no acaban de imponérseles “en el nombre de Dios” las debidas restricciones en cuanto se refiere a patrocinadores, promotores e inversores en tareas beatificadoras o canonizadoras. Pese a sus buenas intenciones repetidamente manifestadas, el papa Francisco no decidió todavía acelerar los pasos que en tal dirección le exige el pueblo de Dios, y que dificulta el dicasterio romano correspondiente, en vías de revisión curial ya próxima.
Pese a sus buenas intenciones repetidamente manifestadas, el papa Francisco no decidió todavía acelerar los pasos que en tal dirección le exige el pueblo de Dios.
Así las cosas, y sin la puesta a punto de las severas señales de reforma prometidas a tenor del evangelio, las solemnes–solemnísimas ceremonias y celebraciones del Año Cristiano no sólo no edifican, sino que desedifican a la misma Iglesia.
En la Iglesia primitiva no fue así. El pueblo-pueblo era el canonizador, sin necesidad de procesos curiales, caros, farragosos y hasta discutiblemente cristianos, en no pocas y sonrojantes situaciones y casos, ascender-elevar a los altares fue competencia del pueblo santo, que ejercía la función y el ministerio de la “infalibilidad” requerida, al igual, o en grado superior, al del organismo competente de la curia romana.
Y este pueblo-pueblo, informado correctamente hoy acerca de la vida y milagros de algunos que ocupan sus nichos en los retablos de los templos, ha de efectuar largos e inhóspitos esfuerzos al rezarles y al pretender imitar sus ejemplos, de los que no todos de estos son imitables, sino todo lo contrario. Aducir aquí y ahora casos y cosas, no resulta mínimamente elegante ni caritativo.
En tal encrucijada ascética, a la vez que litúrgica y semi-canónica, es de alabar la decisión patrocinada por el Padre Ángel y sus “Mensajeros de la Paz”, quien en su flamante “parroquia” madrileña de san Antón, ha comenzado a “procesionar” y a venerar cuadros e imágenes de “santos sin retablos”, es decir, no canonizados “oficialmente”, a quienes sus “feligreses” de paso, o “itinerantes”, consideran como otros tantos ejemplos de vida, pastoreados con todas las garantías exigidas por el evangelio, aun cuando en el Código de Derecho Canónico y en sus periferias, se piense y se haga todo lo contrario, con intentos de “descanonizar” devoción tan popular.
¿Pero todavía es posible que solo, o fundamentalmente, puedan ser santos canonizados, los cristianos, y más si estos son “religiosos” y ricos, y no quienes no fueron ni siquiera bautizados?; ¿Acaso tendrán mucho más expeditos el camino aquellos/as a quienes se les atribuyen milagros y milagrerías, resultando ser esta tarea ciertamente abocada a interpretaciones de veracidad muy dudosa? ¿Quién canonizó a nuestro padre Abraham, y a profetas tales como Savonarola, Giardono Bruno, Lutero?
Quién a tantos otros profetas, a mujeres maltratadas, amas de casa, abuelos y abuelas, funcionarios al servicio del pueblo, médicos, enfermeras, bomberos, maestros, miembros de otras profesiones…en igual o mayor proporción a como lo fueran san Luis Gonzaga, Fernando III “el Santo”, san Estanislao de Koska, fundadores/as de Congregaciones, “mártires de la pureza”, y la mayoría de los últimos papas, obispos de Roma, por el hecho de haber sido elegidos por los respectivos cónclaves, superadas las desavenencias entre los cardenales de diversas tendencias o “cuerdas”?

(Trascrito de Religión digital para “El guardián del Areópago” por Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara)

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