El contrasentido de los convenios Iglesia española-Estado del Vaticano

Es ya muy pesado, y frustrante, insistir, por la reiteración de la falta de colaboración de la jerarquía de la Iglesia española, en el cansino tema de la “indignación (que existe) entre las víctimas de pederastia tras la negativa de la Iglesia a entregar sus archivos al Gobierno”. Hace ya más de seis meses que la Justicia pidió a la jerarquía católica los casos de pederastia entre religiosos, pero éstos no van a ser entregados, a pesar de que la petición se basa en un informe de la Fiscalía. Las víctimas, están en alto grado de indignación, que va aumentando al percibir lo que consideran un desprecio, algo que en la Iglesia nunca, sobre todo entre sus jerarcas, debería suceder: el desprecio al derecho, y el escrupuloso cuidado de los derechos humanos más esenciales, así como la responsabilidad de la salvaguarda de la integridad física y moral de los alumnos de sus colegios y catequesis. De este modo, conocemos algunas de las muchas protestas que, a través del portavoz de la asociación Infancia Robada, Juan Cuatrecasas, padre de Asier (nombre ficticio), víctima del famoso caso del colegio del Opus Dei, Gaztelueta, del profesor José María Martínez Sanz, condenado por la justicia a 11 años de prisión, han llegado a los medios de comunicación, y hasta los jerarcas de la propia Iglesia.

Una de las expresiones de esta protesta ante la injustificada falta de diligencia, rayana hasta el desprecio y al incumplimiento de las más estrictas obligaciones de los que son considerados, y así los llamamos, Pastores de la comunidad eclesial, es el siguiente desahogo-denuncia del señor Cuatrecasas: “Parece como si la Iglesia, en lugar de pretender justicia y verdad, buscara que nos cansemos de pedir ambas cosas, como si pretendieran solventar estos graves delitos, estas violaciones de los derechos humanos y esta cuestión de salud pública, utilizando la más inconsistente de las respuestas, el silencio público y la mala fe privada”.

Ante el insoportable comportamiento de la Iglesia, es decir, de su jerarquía en la Iglesia española, quiero expresar una consideración que me parece no solo pertinente, sino absolutamente justificada y fundamental para entender lo que quiero decir: El Vaticano, Estado independiente, que parece querer extender su autonomía a las Iglesias particulares.

La Iglesia no es un Estado dentro de otro(s) Estado(s).

No hizo precisamente un regalo beneficioso Mussolini a la Iglesia cediendo los terrenos que  hoy constituyen el Vaticano, para propiedad indefinida de la Iglesia católica. En esa fecha, 11 de febrero de 1929, el Gobierno italiano, y la mal llamada Santa Sede, (porque de santa, ¡santa!, nada), resolvieron un contencioso tremendo que duraba desde el año 1870, -cuando Italia, ¡por fin!, se adueñó de los terrenos pontificios, que representaban casi dos tercios de Italia-, en los conocidos como Pactos de Letrán, -no olvidemos que el palacio de Letrán, y su Basílica, eran el hogar de los papas, desde que el Estado italiano se apropió de los territorios pontificios-, en los que el cardenal Pietro Gasparri, en nombre del papa Pío XI, y Benito Mussolini, en nombre del rey Víctor Manuel III, sellaron los pactos. Éstos supusieron la creación del Estado Vaticano, y la definitiva independencia política de la (mal llamada) Santa Sede, y el restablecimiento pleno de las relaciones del Estado italiano y la Iglesia, rotas desde del lejano 1870.

Éstas informaciones que he proporcionado a mis lectores son útiles y apropiadas, para que se entienda lo que quiero decir con lo de  “regalo poco beneficioso”, por no decir envenenado. Nadie se puede sentir aludido, ni indignado, ni siquiera los papa protagonistas del descosido que se perpetró en la Iglesia durante siglos, si recordamos que para el siglo XIX hacía ya mucho tiempo en que para muchas decisiones, y tomas de posición, los papas no tenían en cuenta el Evangelio. Porque leyéndolo, ni en sueños, ni dopados, alguien hubiera podido inferir que vivir en palacios, y siendo como los más poderosos de la tierra, es decir, jefes de Estado, los que así condescendían con los cantos de sirena del mundo, pensasen que esa presencia en el mundo era según el Evnagelio de Jesús, olvidando aquella frase definitiva del Señor, “entre vosostros que no sea así“. Por este motivo, muchos en la Iglesia actual, y el concilio Vaticano II lo intuyó, y entre pasillos lo insinuó, que el ser el pobispo de Roma jefe de Estado no ayudaba nada a la genuina misión evangelizadora de la Iglesia. Habría sido mejor que el Estado italiano hubiera cedido en usufructo perpetuo la finca vaticana, con autonomía suficiente para que le Papa cumpliera su misión, sin ceder la propiedad para poder establecerse como Estado soberano.

No fue ningún capricho exótico de algunos padres conciliares, ni del cardenal Suenens, el pedir, y casi exigir, que desaparecieran los nuncios apostólicos, -que de referenica apostólica, ¡nada!, sino embajadores de tomo y lomo-, con la contraindicación  y baldón antievangélicos añadidos de que el representante del que dicen que representa a Jesús, ¡un maldito crucificado”,(“maldito el que pende del madero”), que ese representante de un sentenciado a muerte sea el “decano del Cuerpo Diplomático” en todos los países, que son casi todos los del mundo, donde Roma haya mandado a su embajador. Es por este cúmulo de sin sentidos escandalosamente contrarios al Evangelio que los padres conciliares, con la terrible oposición férrea de la Curia Vaticana, prefería que los asuntos entre una Iglesia local nacional, y el Estado correspondiente, lo gestionara la Confernencia Episcopal de esa Iglesia. Así se evitaba esa impresión de que la Iglesia es, en cada país, un mini estado, que se rige por las normas e indicaciones de un estado estrangero, como es el Vaticano, aunque muchos no lo quieran ver.

(Para no alargarme, dejo para mañana el asunto de las consecuencias de lo que representa el título,  “El contrasentido de los convenios Iglesia española-Estado del Vaticano en el tema de la pederastia en la Iglesia española”).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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