El papa porteño no se fía

Prestad atención al consejo que el papa Francisco dio, ayer, a un grupo de obispos, bastantes nuevos en el cargo, que acababan de hacer en Roma unos ejercicios episcopales, (¿¡que no es lo mismo que espirituales!?):

“A mí me vienen en mente pastores que se preocupan tanto de sí mismos que parecen agua destilada, que no sabe a nada. Apóstoles de la escucha, que también saben prestar oído a lo que no es agradable oír. Por favor, no os rodeéis de lacayos y yes men… los sacerdotes “trepas” que buscan siempre algo.. no, por favor”. Es decir el Papa Francisco no se cortó nada, ¿cuándo se corta?, y lanzó una dura advertencia a los nuevos obispos, a quienes recibió tras el curso que han mantenido en estos días en la ciudad del Tíber..

A mí me extraña muchísimo la insistencia con la que el papa fustiga a curas, y clérigos en general, a los que acusa, ¡nada menos!, que de clericalismo. No llevaba más de unas semanas de obispo de Roma, o de Sumo Pontífice y Santo Padre, como les gusta llamarlo a los clérigos de ese estilo, que ya exclamó, como quien avisa, y el que avisa no es traidor, “cuidado con los curas trepas“, algo que no sabemos si pronunció en castizo español, o un italiano traducible a nuestro calificativo, que resulta casi insultante. Todos decimos y repetimos que el Papa ha criticado el clericalismo, casi hasta una exageración tal vez execrable. Pero, ¿qué es ese clericalismo que tanto, tan reiterada y duramente, fustiga el Papa?.

Seamos un poco valientes, e intentemos, en una aproximación seria y respetuosa, coger el toro por los cuernos. Yo voy a procurar hacerlo con tacto, pero con claridad y sin medias tintas.

1º) Nos pongamos antes del Concilio Vaticano II.

Leí en un teólogo de los finales de los años cincuenta, que si no fue literalmente, en su sentido profundo pudo ser el gran eclesiólogo francés Yvês Congar, op., que desde el Concilio de Trento, y con la descripción de la Comunidad eclesial como “sociedad perfecta” (¿?), no exenta de orgullosa y segura complacencia, la Iglesia romana se convirtió en un monstruo, peligroso y nada agradable de ver: “un cuerpo con cabeza de inmensa y desequilibrada magnitud, y un cuerpo minúsculo, casi enano.” Es decir, un clero, una jerarquía, omnipotente, omnipresente, poderosa, absorbente, ocupando todos los espacios, ordenando y mandando. Apoderada, y nunca supimos, ni sabremos por qué, o basada en qué mandato evangélico, de todo el espacio, que dejó de ser eclesial para ser eclesiástico, de todos los ministerios, de todos o carismas, de todos los secretos y misterios de la Revelación. Clericalismo a todo trapo, a toda marcha, a toda disposición, y a nula capacidad de autocrítica, y con la terrorífica Inquisición para una casi inimaginable heterocrítica. Pues bien, esta situación antievangélica, insostenible, vergonzosa, y que configuraba una auténtica y escandalosa traición al Evangelio, fue la que provocó la fuerza con la que el Espíritu Santo sopló para que el clarividente y profético Juan XXIII convocara el Concilio Vaticano II.

2º), y ahora, nos situemos en el Concilio.

Una idea fija, y motriz, del papa Juan XXIII, y de sus animadores, y asesores, era que la Iglesia se había quedado muy vieja, no solo muy conservadora de tradiciones que no tenían ningún parentesco con el mensaje original del Señor Jesús, y de sus primeras actualizaciones en la Iglesia primitiva, sino, verdaderamente, había dejado pasar varias estaciones  fundamentales en el tren de la puesta al día de la Historia, y precisaba una “puesta al día”, un “aggiornamento” urgente, si no queríamos que el organismo eclesial pereciera como un trasto anquilosado, arrumbado y oxidado. Para eso necesitaba renovar todos los elementos alcanzados por esa herrumbre de los tiempos, revisar los elementos que más necesitados estaban de restauración, y un examen del fondo, y la forma, de todas sus actividades. Para lograr estos objetivos parecía necesaria una apertura al mundo moderno, que, mientras la Iglesia dormía en sus laureles, oropeles y glorias, había realizado: A), la Revolución francesa, con una revisión revolucionaria del uso y de la gestión del poder, en todos sus niveles; B), se había embarcado en una aventura apasionante, como la Ilustración, o defensa de la racionalidad; C), había superado los primeros retos de la industrialización; D), se había sofocado en dos terribles guerras mundiales, de las que había aprendido que solo una sociedad libre y democrática, sin dogmatismos ni falsos misticismos, podría ser posible y duradera; y E), había descubierto el fascinante mundo de la comunicación y del respeto social y psicológico al otro, al diferente y a la diversidad, étnica, social, religiosa, política, y existencial.

Bien. En un mundo así, ¿Qué pintaban las antiguas sotanas, los clérigos dogmáticos, moralizantes, dueños de la verdad, y, lo que es peor, administradores del derecho divino, del que eran, según su propio pensamiento, los únicos depositarios, los únicos conocedores y habilitados para su interpretación, los únicos y seguros guías de una humanidad cada vez más desvariada, y sin ninguna otra posibilidad de salir del laberinto de una mundanidad perdida que la que ellos, los clérigos, sagrados ministros de la Iglesia, indicasen?

), El Concilio se pone el mono de trabajo, e intenta enfrentar, y superar, en la comunidad de los seguidores de Jesús, la terrible idea descrita en el párrafo anterior. Porque lo que he resumido en las líneas anteriores es el auténtico y peligroso “clericalismo” que el papa Francisco señala como el principal problema de la Iglesia. Así que intentaré, breve y metódicamente, exponer, según mi opinión, los puntos esenciales que nos ayudan a entender la auténtica esencia del clericalismo, e intentar remediar su peligrosidad.

  • El clero no es una realidad ni del Evangelio ni de la Iglesia primitiva. Lo que nosotros denominamos clero no es otra cosa que una “burocracia cultual de la religiosidad natural”, señalada críticamente con vehemencia por Jesús en su enseñanza evangélica. El profeta de Nazaret no “era cura”, ni siquiera simpatizaba con la deriva religiosa a la que había ido derivando la práctica judía, con su comentario rígido de la ley, “la torá”, y su distanciamiento de los profetas clásicos, (como Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Amós, Oseas, etc.), y su idea de la universalidad de la Revelación, y del Reino de Dios, y del mesianismo, y, por tanto, del Mesías. Jesús no es ni un representante oficial, ni un ministro del culto, ni un propagandista de la Religión hebrea oficial.Fruto de la nueva concepcion
  • El Concilio, para frenar esa tremenda, peligrosa, injusta, y, por eso mismo, escandalosa separaciónclero-simples fieles”, dirige su mirada a dos polos de atención, que les da luz definitivamente: al evangelio de las Bienaventuranzas, y al espíritu democrático, del Gobierno del Pueblo. Y, contra todas las perspectivas de la anquilosada  y jerarquizada Iglesia, define a Ésta como “el Pueblo de Dios“. Ya no es una “Sociedad perfecta”, jerarquizada y organizada en sus órganos de Poder. Es, en una sentencia que significa la pena de muerte del clericalismo, el Pueblo de Dios, el que Él escogió, y el que Jesús llama para que lo siga.
  • Y fruto de la nueva concepción, más pastoral que teológica, surgen nuevas constataciones:  Iª), que las alegrías, esperanzas y sufrimientos de todas las personas del mundo son la alegría, la esperanza y el sufrimiento de la Iglesia; IIª), la imperiosa y urgente necesidad de declarar primero, y después cumplir, la rigurosa separación de Iglesia y Estado, algo que constituyó, en la España de Franco,  el principal obstáculo para la aceptación del “totum conciliar“, dado el peculiar derecho del Nacional-Catolicismo, en el que el Derecho Canónico eclesiástico era, también ley civil. (Por eso y otras peculiaridades absurdas, y algunas sacrílegas, los obispos podían prohibir el baile en las plazas públicas de los pueblos de su Diócesis, y el dictador podía entrar bajo palio en los Templos, como un sacro ministro del culto eclesial).
  • Y un último apunte: los que por el año 1965, cuando acabó el Concilio Vaticano II, de feliz, ¡felicísima memoria!, estábamos acabando los estudios eclesiásticos, como era mi caso, (me ordené en el memorable año 1968), o habían sido ordenados hace poco, o eran presbíteros y religiosos de larga fecha, entendimos el revés dado por los padres conciliares al  clericalismo de la manera más directa, y pedagógica: ya que la separación clero-pueblo fiel pasaba a mejor vida, decidimos, en más de un 90%, que ese igualamiento se notase en la calle, y solo quedase para los actos estrictamente ministeriales. Así que los curas abandonaron sus sotanas, esa especie de bata anacrónica, que usaban los estudiantes de los siglos XVI-XVII, y los religiosos, nuestros hábitos. Después, con los dos pontificados de Restauración, de Juan Pablo II y de Benedicto XVI,  de los “valores preconciliares“, (¿serían valores esas notas y características anteriores al Concilio?), volvieron, no las sotanas, esa antigualla, sino el “glergyman”, -hombre del clero-, es decir, clericalismo puro. (Me hubiera gustado ver la reacción de Pablo si alguien se hubiera atrevido a insinuar un tipo de vestimenta especial para apóstoles y ministros del culto, y no precisamente por exponerse a ser reconocidos como cristianos, y el consiguiente peligro de ser condenados al martirio ). De aquí yo saco una conclusión que me parece evidente, y que la expongo sin acritud, ni ánimo de incordiar: los que usan el clergyman, muchos de los cuales lo llevan con muy poca gracia, son más clericales que los que no lo usamos. Y contaré una anécdota: en mis ocho años de trabajo pastoral en la diócesis de Sâo Paulo, ni una sola vez vimos al cardenal-arzobispo D. Paulo Evaristo Arns, ofm., fuera de las celebraciones litúrgicas, con ningún signo clerical en su vestimenta. Y lo mismo digo del obispo auxiliar de nuestra región, D. Decio Pereira, siempre con un sencillo traje azul, corbata, y un minúsculo crucifijo en el ojal de la chaqueta, (en esa época, en la diócesis paulista los actuales vicarios episcopales españoles, allá eran obispos. En Saô Paulo había nueve regiones episcopales, pues nueve obispos auxiliares). Y el clero paulista, exceptuando algún cura de más de ochenta años, vestía como sus pastores, de riguroso paisano. Esto sucedía en los benditos años 70-80, con Juan Pablo II ya en la Sede romana. Después, y por implicación directa, explícita de Roma, bien buscada y mejor realizada, las cosas, también en Brasil, fueron cambiando en los años noventa.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

(Continuaré mañana, he tenido que acudir a una celebración).

 

One Response to “El papa porteño no se fía”

  1. https://www.publico.es/politica/homofobia-grupo-catolico-declarado-utilidad-publica-defiende-homosexualidad-curar.html

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