Deriva anti conciliar en la cúpula de la Iglesia del pós Concilio

Para llegar a los parámetros antievangélicos de hoya, como explicaré en la segunda parte de este artículo, tenemos que ir para atrás, hasta los días posteriores al Concilio, en los que el miedo a la gran aventura de la conversión que proponía el Vaticano II a toda la Iglesia asustó, sobre todo, a las más altas instancias jerárquicas, y al alto funcionariado de la Curia Vaticana. Y fue en esa época que esos protagonistas convirtieron en tumultuosa cuando se fufe fraguando el sin-sentido anti-evangélico que vemos aparecer sin pudor en los días actuales. Intentaré comentar mi idea de Iglesia, y opondré la Iglesia Institución a la Iglesia Misterio. Y, como digo, en la segunda parte de la entrega, concretaré mucho más.

La Iglesia como organización no para de darnos sustos, y de demostrar que es un desastre. Me explico: amo a la Iglesia, confío en la Iglesia, defiendo a la Iglesia como “Misterio de Salvación”, así que cuando hablo de la Iglesia  organización, institución, o casi grupo empresarial, no insulto, ni ataco, ni desprecio a la auténtica Iglesia. Ésta autenticidad que solicito la tenemos que buscar en parámetros que sean comunes para todos los creyentes, que sean indiscutibles, e irrefutables. Así que me atrevo a trazarlos desde ya: los encontraremos, en general, en la Palabra de Dios, recogida en las páginas de la Sagrada Escritura, y, en concreto, y más cercanamente, en el Nuevo Testamento, y, todavía con más precisión, en los Evangelios, en los Hechos y las Palabra de Jesús, y de los Apóstoles, en sus cartas, y en las del gran maestro y evangelizador Pablo. Es decir, resumiendo mucho, pero muy bien, en el “grupo de los discípulos de Jesús“, tengan o no el diploma de esa referencia.

Donde haya una comunidad que se ocupe en recordar continuamente la Palabra de Jesús, e intenta ponerla en práctica, he ahí donde está la Iglesia Misterio, es decir, el auténtico Pueblo de Dios, elegido, consagrado, y enviado al mundo, no para condenarlo, sino para salvarlo, como proclamó, y señaló indeleblemente el Concilio Vaticano II. (He aquí otra pista: donde se huela, y se sienta, el aroma del Vaticano II, por ahí anda la Iglesia. Y esto porque después de tantos concilios dogmáticos, el que convocó, inspiró y alentó, Juan XXIII, y después, Pablo VI, se fijó, mucho más que en dogmas, que acaban conformando una ideología, muchas veces moralista, como ha sucedido en la Iglesia Institución, se fijó, digo, más que en esa colección de afirmaciones muchas veces incomprensibles, y de falsas aplicaciones moralistas, en los valores clara y nítidamente enseñados y vividos en el Evangelio. No un concilio dogmático, pues, sino evangélico).

El problema que ha tenido la Iglesia desde el Concilio ha sido de un estilo que podemos llamar “bipolar”. Me explico: 1º), por un lado, la Jerarquía eclesiástica no podía menos, y así lo hacía, de alabar, proclamar y exaltar, públicamente, la importancia y la necesidad de acoger con total y honesta disponibilidad,  las conclusiones del Concilio. Y 2º), por otra parte, poner trabas, y todo tipo de obstáculos, a los que querían, con sinceridad, y espíritu conciliar, y por eso mismo, evangélico, llevar a la práctica las conclusiones, las enseñanzas, y, sobre todo, el espíritu del Vaticano II. Los que accedimos al sacramento del Orden durante, o poco después, de la Asamblea Conciliar, -yo, por ejemplo, me ordené en septiembre del año 1068-, vivimos en la carne esa extrema, y muchas veces enconada dificultad, para intentar poner en práctica comportamientos que nos parecían perfecta y alegremente conciliares.

No es una suposición, ni una infamia que nos inventamos los que comenzamos a ver en el vértice de la pirámide de la institución eclesiástica, más que eclesial, es decir, en la propia Curia Vaticana, en esto totalmente de acuerdo, y siguiendo las directrices del papa Juan Pablo II, y con la ayuda ejecutora absolutamente y totalmente entregada del cardenal Ratzinger, una tenaz actitud, pero sutil y disimulada al principio, poco a poco más abierta y declarada, de oposición a las conclusiones, y al propio Espíritu del Concilio. No hay más que ver la terrible, escandalosa, penosa, y triste, persecución a los mejores teólogos de la Iglesia, se calcula que unos 240 la sufrieron, perdiendo sus cátedras, viendo prohibidas y retiradas sus obras, y perdiendo, en muchas ocasiones, hasta el trabajo con el que conseguir su pan de cada día. Y que esta censura a las mejores mentes teológicas de la Iglesia tuvieron mucho que ver con el Concilio lo demuestra que tres teólogos no solo conciliares, sino asesores directos de los papas Juan XXIII y Pablo VI, como Ivês Congar, o.p., Schilebeek, op., y Karl Rhaner, sj., éste último profesor del joven Ratzinger, cuando el futuro cardenal y papa prometía, antes de sus algos cargos jerárquicos, ser un gran teólogo, fueron expulsados, hasta completar más de doscientos, ¡inmisericordemente!, de sus cátedras.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara  

(Seguiré mañana con la 2ª parte)

One Response to “Deriva anti conciliar en la cúpula de la Iglesia del pós Concilio”

  1. https://www.publico.es/sociedad/iglesia-catolica-jose-maria-castillo-obispos-comercian-catedrales.html

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