Muchos de nuestros obispos no parecen muy democráticos (y II)

Me van a perdonar si adopto un estilo de exposición metódico, casi escolástico. Pierdo el brillo literario, pero gana la claridad de exposición, y la más fácil comprensión.

1º) Los obispos españoles, liderados por monseñor Antonio Mª Rouco Varela, no son muy fieles a las directrices, y sobre todo, al estilo del papa Francisco. Este es un hecho que todos los analistas dan como probado, pero es algo que no debería suceder, porque el retiro-jubilación de los obispos debería impedir que mantuvieran, si no puestos de mando, sí el ejercicio del mismo, y menos a la luz del día. Y que esta influencia episcopal, inaceptable, y abusiva a todas luces, es real, se comprobó cuando en la última elección de la Conferencia Episcopal Española (CEE) para la composición de la directiva, no solo no eligieron al cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro Sierra, como vicepresidente, sino que, movidos y dirigidos por el arzobispo emérito de Madrid, no lo hicieron ni siquiera como miembro de esa directiva. (Lo que provocó el crudo, pero ingenioso y diáfano título del artículo en Religión Digital (RD), de Jesús Bastante que decía, literalmente: “La Conferencia Episcopal Española da una patada en el culo de Osoro, dirigida a Francisco”. 

2º) Por qué sucede lo que cuento en el párrafo anterior. Fundamentalmente por dos motivos: a), falta de valentía de los señores obispos, y b), desconfianza  de los prelados en la capacidad de comprensión y de valoración de los fieles. En las reuniones de la CEE, a la que están invitados, no sabemos por qué, los obispos eméritos, y los auxiliares, unos, o varios obispos, pueden, deben, están obligados a denunciar esa situación anómala que estamos comentando, sobre todo, en la práctica actual, en la que están presentes todos aquellos que  irán, o irían, a ser denunciados. Así, cara a cara. Y aquí viene lo de la falta de valentía, es decir, la cobardía. Y ésta se desarrolla en dos sentidos: Uno, en el temor reverencial que se puede sentir ante un prelado que ha sido, y tal vez, o sin tal vez, lo siga siendo, todo poderoso. y dos, el no comunicar esas actuaciones, delicadas y sensibles, por el miedo a escandalizar a los fieles. Precaución estéril, porque con los portales cristianos de información, como Religión Digital, Redes Cristianas, Eclesialia, etc., y la propaganda por los medios de comunicación , y hasta el cine, de la terrible lacra de la pederastia clerical, resulta esconder algo muchos menos escandalizable para la mayoría de la gente adulta.

3º), la verdadera causa de la falta de transparencia  episcopal. La causa de esta realidad de la falta de sinceridad, de verdad en la información, de transparencia, en resumidas cuentas, es que, una de dos: o nuestros obispos no han leído el Nuevo Testamento (NT), lo han leído, y lo leen, pero lo olvidan enseguida, o, decididamente, no le hacen caso. ¿A qué me refiero? Ni ninguno de los evangelistas, ni el autor de los Hechos de los Apóstoles, seguramente Lucas, ni Pablo, o cualquiera de los otros autores de cartas canónicas que figuran en el NT, escondieron nada que ellos pudieran suponer desabonador o comprometedor para otro apóstol o discípulo, si contar el caso fuera bueno para la tarea de anunciar el Evangelio, la Buena Noticia, y ocultarlo fuera perjudicial para ese empeño, objetivo esencial de la Evangelización. No ocultaron la negación de Pedro, ni el reproche de Pablo al príncipe de los apóstoles, cuando éste se lo mereció por hacer distingos en el trato con los  cristianos provenientes de los paganos y de  los judeo-cristianos, por temor reverencial a los líderes de la comunidad de Jerusalén, ni Lucas se contuvo para explicar que en el llamado Concilio de Jerusalén, “después de una violenta discusión …”, acabaron entendiéndose, y dando la razón al grupo de Pablo. Es decir, la Comunidad cristiana primitiva no ocultaba sus flaquezas y pecados, por dos motivos: uno, porque no estaban divididos en hombres del clero, respetables y todo eso, y fieles normales, más propicios a no entender las cosas, y a escandalizarse; y dos, porque no consideraban a los fieles como infantiles propensos al fácil escándalo.  Y mientras no superemos en nuestra Iglesia esa división, -no en vano el papa Francisco ha repetido hasta la saciedad que “el principal problema de la Iglesia es el clericalismo“-, los obispos continuarán siendo opacos en sus tomas de decisión, y, todavía más, en comunicar a todos los hermanos los abusos, o intentos de ello, de jerarcas que están más atentos a la adquisición y manutención del poder que a la construcción de la Comunidad cristiana. Mientras los mal llamados laicos o seglares no participen responsablemente de las tareas de la evangelización, y organización de la comunidad eclesial, estaremos sujetos a esos abusos que contemplábamos en el artículo de ayer de Jesús Bastante en Religión Digital.

(Continuará en varias entregas más).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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