“Hubo una ‘guerra civil’ en la Compañía. Se traicionó a Arrupe desde dentro”. (Gianni La Bella)

(No puedo dejar de proporcionar a mis lectores la magnífica entrevista que Jesús Bastante ha hecho a Gianni la Bella, historiador italiano, especialista en la historia de la Compañía de Jesús, sobre los nubarrones que se cernieron sobre el padre Arrupe, en au turbulenta relación con Juan Pablo II. Muestro, también, los sobre títulos que, de alguna manera, sintetizan las ideas de la entrevista. Ésta es muy larga, pero la podemos leer en dos sesiones, o tres. Pero recomiendo no dejarnos llevar por la pereza, ante el innegable interés de la misma. J. Mª Urío)

“El padre Arrupe, para mí, fue un profeta. Y por ello, en su tiempo no todos entendieron la visión que tenía”

“Los jesuitas son la familia religiosa que llega al Vaticano II más en contra del Vaticano II”

“Este conflicto, que se produce entre la Compañía y Juan Pablo II, es un conflicto más grande, que se produce entre Juan Pablo II y la Vida Religiosa”

“Arrupe fue un generalato volcánico, profético, de vanguardia. El de Kolvenbach lo fue de sabiduría, de paciencia”

“Tras su elección, Francisco pide, explícitamente, ayuda a Nicolás. No puede ser papa sin la Compañía a su lado. Y Nicolás asume esta pregunta del papa como la vocación de la Compañía en este siglo”

“El papa Francisco ha puesto la Iglesia en el mundo de hoy, aceptando vivir como Iglesia en un tiempo de caos”

“Francisco no habla del Vaticano II, lo pone en marcha en la vida de la Iglesia. Pienso que los ataques al Papa están en la línea de no aceptación de esto, del no desarrollo del Vaticano II”

26.01.2020 Jesús Bastante

“Hubo una ‘guerra civil’ en la Compañía. Se traicionó a Arrupe desde dentro“. El historiador Gianni la Bella es el autor de ‘Los jesuitas. Del Vaticano II al papa Francisco’, una edición del Grupo Loyola de Comunicación, que ha presentado esta semana en Madrid. Con un ‘bombazo’ del intento, por parte de Bertone y Benedicto XVI, de volver a ‘comisariar’ a los jesuitas de la mano del entonces cardenal Bergoglio, quien se negó rotundamente.

Con La Bella diseccionamos la historia de la Compañía desde antes del Concilio Vaticano II a la actualidad, en un momento en el que “Francisco pide explícitamente ayuda” a los jesuitas. Y la orden “asume esta petición del Papa como la vocación de la Compañía”. Hablamos con él.

Bienvenido a España. Gianni.

Gracias.

Una gran historia de los jesuitas, que se centra en su etapa más contemporánea.

Así es. Es un recorrido por el período más intenso de la historia de la Compañía contemporánea, después del Concilio hasta hoy.

Primero, es muy importante entender la peculiar relación que hay entre el Concilio y los jesuitas. Se puede decir, científicamente hablando, que no hay ninguna constitución conciliar donde la mano de los jesuitas no esté muy presente. Desde la ‘Dei Verbum’ a todas las constituciones del Concilio Vaticano II. Es muy importante entender que los jesuitas son parte de los actores que piensan y que organizan el Vaticano II. Y al mismo tiempo, es una de las congregaciones religiosas que más trabaja por implementar en la vida de la Iglesia la idea de fondo del Vaticano II.

Con una figura muy clara, y no siempre bien comprendida, que es la del padre Arrupe.

El padre Arrupe, para mí, fue un profeta. Y por ello, en su tiempo no todos entendieron la visión que tenía.

El padre Arrupe llega de una historia muy tradicional. Es un jesuita del siglo pasado, ha tenido una educación formal típica. En el libro, hablo de un jesuita perfecto. De un jesuita ideal enraizada en su experiencia misionera.

Tuvo una experiencia con la bomba atómica.

R.- Pasa gran parte de su vida en un contexto cultural, teológico, histórico, que no tiene nada que ver con Europa, ni con la tradición cultural del catolicismo. A través de su experiencia vital, comprende la necesidad de pasar de una idea eurocéntrica del cristianismo a una idea de cómo vivir un cristianismo inculturado.

No se puede entender su carta -muy importante- de la vida de la Iglesia contemporánea, sobre la inculturación, sin conocer algo de su vida en Japón, donde da una un ejemplo muy claro. El primer sermón del padre Arrupe en Japón fue la parábola del ‘buen pastor’. El padre, en su japonés imperfecto, habló mucho sobre las ovejas, y un jesuita más anciano que él le explica que en Japón no hay ovejas. Entonces, el padre Arrupe entiende que lleva media hora hablando del buen pastor y de las ovejas en un lugar donde no hay, y reflexiona «¿qué han entendido?» Es una anécdota que te da una idea más concreta, experiencial y pastoral del padre Arrupe, por decirlo en un lenguaje de hoy.

Esa reflexión sobre la necesidad de adaptarse a otra cultura, para entender y ser entendido, la traslada cuando es nombrado general. Y no solo la necesidad de inculturación, sino que a partir de la inculturación, entender las necesidades del mundo que sufre. Y de ahí surgen otras ideas.

Sí. La de la justicia, también. La tradición cultural de los jesuitas, la tradición cultural del catolicismo antes del Concilio, ponía el acento más en una dimensión vertical. En la relación Dios-yo. El padre Arrupe entiende que, tras el Concilio, la palabra más fundamental es “comunión”. La idea de la comunidad. Por eso, necesita que esta declinación ‘yo y Dios’ se traslade también, se encarne, en la idea de los pobres, de los más necesitados. Esta visión supone una revolución cultural, antropológica, teológica, que pide mucho a una familia religiosa que está presente en todos los lugares del mundo. Una armada, que llegaba de los ‘marines’ del papado, de hacer un cambio muy profundo, muy radical. Y esto no se improvisa.

Esta historia es la narración de un trabajo muy profundo, alguna vez dolorosa y complicada, que es necesario entender por tener una una mirada más clara de los jesuitas de hoy. Para ello, es muy importante salir de una lectura ideológica o apologética. El esfuerzo de hacer un trabajo histórico sería entender qué pasó en estos cincuenta años de historia. Y no, decir: los jesuitas son buenos porque son jesuitas. O decir: los jesuitas se han laicizado.

Lo cierto es que la figura de Arrupe fue profética en su momento. Que el Vaticano está trufado de presencia jesuita, y desborda Y que es, probablemente, la institución que primero capta el Concilio y que primero lo pone en funcionamiento. Sin embargo, la figura de Arrupe y la propia Compañía, no sé si decir que sufre o es condenada al olvido. A una cierta marginación.

Al final , Arrupe muere como muere y las circunstancias en las que las que muere, y hay una intervención de la compañía, o algo similar, en los primeros años de Juan Pablo II.

Sí, esto está claro. Es muy importante entender que este proceso, cuando digo que es doloroso lo entiendo en el sentido profundo de la palabra. También, es necesario, para mí, decir que los jesuitas son la familia religiosa que llega al Vaticano II más en contra del Vaticano II.

En la Compañía conviven dos almas. Una, la generación de Henri de Lubac, que ha sido la mano derecha e izquierda del Concilio Vaticano II. Y, al mismo tiempo, la segunda alma; el reverso, que son los profesores de la escuela romana, los arquitectos de Pio XII. Podríamos decir que en el cuerpo de la Compañía hasta el Vaticano II conviven estos dos tipos de tendencia. En el Concilio hay 52 peritos de la Compañía: 52 jesuitas que trabajan al servicio de los obispos que están en el Concilio.

Pero, si usted mira la biografía de este hombre, encuentra de todo. Desde personajes de la “derecha” teológica del tempo, como el padre Salaverry, un teórico de tradición, hasta de Lubac, un hombre que en 1935 estudia el budismo. Esta vida de la Compañía, hasta el Vaticano II, es una convivencia. Después del Vaticano II, esta convivencia explota. Es un camino muy doloroso. Cuando llega Juan Pablo II este conflicto…, en el libro hablo de una ‘guerra civil’.

¿Se traiciona a Arrupe, dentro de la Compañía?

Así es. Pero es muy importante para mí entender que este conflicto, que se produce entre la Compañía y Juan Pablo II, es un conflicto más grande, que se produce entre Juan Pablo II y la Vida Religiosa. Porque el papa, que llega de una tradición cultural que no tenía una sensibilidad por la Vida Religiosa, tenía una idea episcopal o céntrica.

Una visón de la Vida Religiosa, probablemente, más orientada a lo ideológico, hacia la izquierda, hacia la Teología de la liberación.

Bueno, en el mismo momento hay una protesta muy fuerte, sobre todo de obispos jesuitas, en contra de Arrupe, que escriben al Vaticano un montón de cartas diciendo que que no se puede aceptar el camino que está tomando la Compañía.

Que la Compañía es modelo de la Vida Religiosa lo tenía muy claro el papa Pablo VI. Y Juan Pablo II lo entiende, pero no con la con la claridad de Pablo VI. Por darte un ejemplo, el padre Arrupe fue elegido por tres veces superior general. Y, como superior general, presidente de la unión de los superiores generales, sin elecciones, como se hacía en el Medievo: por aclamación. Tres veces. Unos 20 años. Arrupe fue un líder natural de la Vida Religiosa.

Fue, verdaderamente, el papa negro, pero de la Vida Religiosa.

El papa negro, pero cuando hablaba… Él fue dos veces portada de ‘Newsweek’. De ‘The Times’, también.

Fue visto como una amenaza por Juan Pablo II?

Más bien como que la Compañía podría tener problemas, sobre todo, por un contexto muy particular, que era el contexto sudamericano. En este conflicto de la temprana historia de la Teología de la liberación, los jesuitas, y esto no es verdad, son acusados de ser los maestrillos de todos los teólogos de la liberación. Usted sabe muy bien que la Teología de la liberación es un mundo, que hay de todo. Hay posiciones más moderadas y más extremistas… Bueno. Y también hay teólogos muy valientes, además del filón de la Teología de la liberación. Jesuitas.

Cómo concluye ese castigo. Esa prohibición? Esa situación que viven los jesuitas, y que Arrupe vive en primera persona, con Juan Pablo II.

Juan Pablo II nombra como delegado al padre Dezza. Dezza es un hombre de la de la vieja-vieja Compañía que nunca tuvo problema para decir que no estaba “de acuerdo” con el gobierno de Arrupe. No de la santidad de Arrupe, ojo.

Cuando Dezza es nombrado como delegado del papa, tiene una postura muy oficial, pero muy clara, en favor de la Compañía. Explica al papa Juan Pablo II que la Compañía no es sólo la narración que se hace en las cartas en contra que llegan de distintos lugares del mundo. Que en la Compañía hay un montón de jesuitas que trabajan con los pobres, y se refiere muchas veces a los mártires jesuitas. Más de 52, después del Vaticano II, han muerto trabajando por la paz, por la justicia, por la evangelización, por la inculturación, por el trabajo por el medio ambiente… En este sentido, Dezza actúa como abogado de la Compañía ante Juan Pablo II. Y Juan Pablo II -hay muchos testigos de esto- se muestra muy impresionado del silencio de los jesuitas. Los jesuitas aceptaron esta condición. Protestaron 15 jesuitas en todo el mundo. El padre Rahner escribe sobre esto.

Cuando el papa, al final de todo, permite la 33ª Congregación General de la Compañía, que elige a Kolvenbach, en el discurso que hace, pregunta francamente: ¿por qué teníais un problema?

Yo tengo, en el libro, una carta, que es la síntesis de un coloquio entre el papa Juan Pablo II y Arrupe, donde Juan Pablo II le dice a Arrupe: “a usted, cuando le piden esperar, -el papa piensa que Arrupe no le entiende- usted se marcha como general. Y los jesuitas ¿qué hacen?

Arrupe no obedece al Papa siempre.

Eso necesita ser pulido en el contexto del tiempo, un poco.

Llega Kolvenbach, está 25 o 27 años, y la Compañía se modera. Vive un periodo de menos protagonismo. ¿Es buscado? ¿Cómo entendemos el generalato de Kolvenbach? Porque, seguramente es el más desconocido.

Para mí, el generalato de Kolvenbach es tan importante como el de Arrupe. No se puede entender a Kolvenbach sin Arrupe, ni a Arrupe sin Kolvenbach.Arrupe fue un generalato volcánico, profético, de vanguardia. El de Kolvenbach lo fue de sabiduría, de paciencia.

Kolvenbach ha tenido tres orientaciones muy claras. Una, hacer todo lo que puede por poner fin a la guerra con el Vaticano. Hacer todo ese trabajo de reconciliación con la Santa Sede. De reponer la Compañía ante el pontífice romano. Segundo, poner fin a la guerra civil entre los jesuitas, entre izquierda y derecha, por decirlo de una manera un poco superficial. Y la tercera, pedir a los jesuitas salir de la desconfianza y de la depresión que se produjo después de la intervención papal, diciendo: “bueno, esto es un período pasado de la historia. Ahora estamos en una nueva época y un nuevo período histórico, donde el problema es vivir de nuevo la vocación”. La palabra que define más claramente este generalato, tan largo, es que Kolvenbach gobernó alentando. Diciendo a todo: “bueno, trabajamos juntos”. “Estoy a tu lado”. “No te preocupes”… Y, sobre todo, haciendo cultura.

El magisterio ignaciano de Kolvenbach… No es un experto de espiritualidad ignaciana, es más un experto de lingüística. Pero empleó mucho tiempo en el estudio. Fue un generalato de gran enseñanza teológica, de sabiduría.

El Papa bendice a Adolfo Nicolás, sj. en Japón

Él renuncia la primera vez…

Preguntó al papa, pero el papa también tenía miedo. Juan Pablo II ha tenido una relación muy estrecha con Kolvenbach. De gran confianza en él, pero no siempre en la Compañía. No solo por los asuntos de Compañía, sino por otros asuntos de la Iglesia universal.

Kolvebach renuncia, y los jesuitas eligen al que probablemente pudiera ser, al menos desde fuera, el más parecido a Arrupe, que es Adolfo Nicolás. Un hombre que también viene de oriente y es español. Que ha vivido esta experiencia, que contabas antes, de la inculturación en otras latitudes, especialmente en las japonesas.

Vuelve el espíritu de Arrupe y ¿qué sucede con Nicolás?

Kolvenbach nunca habló en contra de Arrupe. Siempre ha dicho: “el barco es el mismo, solo ha habido un cambio de capitán”. La orientación de la compañía de Arrupe, Kolvenbach la mantiene.

A Nicolás muchas veces le preguntaron si era el clon de Arrupe. Yo creo que a pesar de las semejanzas hay una historia distinta. Pero es un misionero, esto está claro. Para mí Arrupe, Kolvenbach y Nicolás tienen esto en común, son generales con un sentido misionero. De ahí la idea de buscar una vida de la Compañía diferente a la de antes del Concilio, cuando el generalato era de Jean-Baptiste Janssens, un hombre de pensamiento, de escribanía.

El de Nicolás es un generalato muy breve, cinco años. Pero hay en él un punto muy importante: concentra todo su magisterio en poner en el eje de la vida de los jesuitas la idea de la disponibilidad. Esto significa afirmar que los jesuitas son hombres de frontera y que van a ir adonde sea necesario. Donde nadie quiere ir.

Está preparando el camino que después tomará Francisco, de alguna forma.

Entre Francisco y Nicolás no solo hay amistad, hay una gran sintonía. Pertenecen a la misma generación de jesuitas. Han trabajado juntos en la 33ª Congregación que elige a Kolvenbach. Pertenecen a la generación Arrupe. Tienen un entendimiento de viejos compañeros de armas… Está muy claro, tras la elección, Francisco pide, explícitamente, ayuda a Nicolás. No puede ser papa sin la Compañía a su lado. Y Nicolás asume esta pregunta del papa como la vocación de la Compañía en este siglo.

Esa unidad de acción…

Podemos decir que es el momento en que concluye, definitivamente, este conflicto entre la Santa Sede y la Compañía. Ella retorna al corazón del pontificado romano y asume, de nuevo, un protagonismo de gran nivel.

El Papa pide públicamente a la Compañía una ayuda específica: que los jesuitas trabajen en la Iglesia para divulgar la idea del discernimiento. La herencia más importante de Francisco a la Iglesia de hoy es esta gramática. Este estilo de gobierno, de vida de Iglesia orientada a la sinodalidad. Y el motor que mueve la sinodalidad es el discernimiento espiritual. Los jesuitas son los mayores expertos del mundo en discernimiento y Francisco lo necesita porque será, estoy convencido, el “método” de gobierno del futuro de la Iglesia; no es una decisión que sale de la ideología, de la contraposición, sino que es producto de un proceso conjunto, de los sínodos como el de Amazonía, por ejemplo, donde no hay decisiones previas.

Que se va asumiendo sobre lo que se decide en él.

El discernimiento espiritual no es una técnica oriental. No es yoga católico. Es una gramática espiritual profunda que necesita de muchas cosas: confianza, atención al Espíritu Santo, dimensión fraternal, comunión, atención a la tradición bíblica… Todo esto es un poco el futuro de la vida de la iglesia.

Arturo Sosa, sj., durante su encuentro con la prensa extranjera Compañía de Jesús

Arturo Sosa es el primer general, igual que Bergoglio fue el primer papa de Latinoamérica, con una visión muy-muy-muy similar. Y es un hombre que ,desde el comienzo, percibe que el pontificado de Francisco no va a ser fácil. Que hay una creciente oposición. Él incluso, últimamente, llega a hablar, casi, de movimientos que pueden hacer pensar en un cisma. De ataques duros de personalidades importantes dentro de Iglesia. Lo estamos viendo en las últimas semanas, con el libro de Sarah y la vinculación o no del papa emérito Ratzinger.

Cómo vive esto la Compañía? ¿Cómo se siente sabiendo que está -porque el Papa se lo ha pedido y por convencimiento- a la vanguardia de la defensa del pontificado?

Creo que lo vive con mucha atención. Y con la idea clara de que este ataque sale de una idea romántica de resucitar un pasado que no existe. Punto.

El papá Francisco ha puesto la Iglesia en el mundo de hoy, aceptando vivir como Iglesia -en mi opinión- en un tiempo de caos. Estamos en el tiempo del caos, pero también en el tiempo de la globalización: el Papa habla de una globalización de la caridad, no solo de una globalización económica. Y del primer Papa que no fue un padre conciliar. En ese sentido, Francisco no habla del Vaticano II, lo pone en marcha en la vida de la Iglesia. Pienso que los ataques al Papa están en la línea de no aceptación de esto, del no desarrollo del Vaticano II: el día de la palabra de Dios, la relación con los pobres, la dimensión comunitaria, el discernimiento espiritual, la aceptación del diálogo cultural, la idea de la relación con el mundo de la cultura, el diálogo con la religión, el espíritu de Asís… Todos estos son pilares de actuación del Vaticano II. Y claro que hay una parte de de los católicos que espera regresar a los tiempos de la sociedad cristiana.

Pero, como bien has dicho, es una sociedad que ya no existe. Y una iglesia que ya no existe. Un pasado sin continuidad hoy: una Iglesia que no existe en un mundo que no existe.

Eso es, no existe. Y tampoco existe aquel mundo: el mundo cristiano, en el sentido antiguo de la palabra. En el último discurso a la curia romana, el Papa comentó: “estamos en tiempo de crisis, un tiempo distinto”.

No podemos regresar a los tiempos anteriores a la Revolución Francesa, por resumir.

Muchas gracias, Gianni. ‘Los jesuitas. Del Vaticano II al papa Francisco. Editado por Loyola Comunicación’. Un placer.

(Transcrito por Jesús Mª Urío ruiz de Vergara, de Religión Digital, de 26/01/2020, para el blog “El guardián del Areópago).

 

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