Personas influyentes de la Curia Vaticana azuzan las dudas del Papa Francisco

1º) El rechazo de la Curia Romana

Es evidente que el Papa está siendo objeto de fuertes  presiones por parte de muchos dignatarios eclesiásticos que existen, tienen su razón de ser, en ser los más próximos servidores del Pontífice. Se trata de una anomalía de las más descarnadas e incomprensibles para la mayoría de los sencillos miembros de la Iglesia, pero que en este inicio del siglo XXI se está caracterizando como una de las señas de identidad de la realidad no eclesial, ¡gracias a Dios!, sino de la eclesiástica, que no es lo mismo. Se trata de ese malhadado “clericalismo” que el obispo de Roma ha catalogado, en un número incontable de ocasiones, como el “peor problema de la Iglesia“. Si acertamos a ponernos de acuerdo en que uno de los principales objetivos del Vaticano II fue “desclericalizar la Iglesia”, que era un organismo monstruoso, pues en símil corpóreo muy usado por Pablo de Tarso podríamos decir que se trataba de “un cuerpo con una cabeza enorme, y un resto diminuto”, aludiendo a la relación clero-laicado que se enseñoreaba de la comunidad eclesial por lo menos desde el Concilio de Trento, (1546-1563), es decir, hacía la friolera de 400 años, entonces tendremos que admitir que el principal, enorme, tremendo, gravísimo, y especialmente eclesial problema de la Iglesia actual es la diversa, o contraria, aceptación o rechazo, del Concilio Vaticano II.

Es de sobra conocida la inquina y la insospechada animadversión con la que ciertos cardenales de la Iglesia romana se oponen encarecidamente a las ideas de Francisco. Ya escribí un artículo en este blog sobre los ocho canónigos de la diócesis de Roma, es decir, del Papa, más que eminentes, traidores y desleales purpurados al que los ha elegido para el culto de la gran catedral, y al servicio del ministerio petrino. Porque eso es el colegio cardenalicio, en auténtico y diligente cabildo de la diócesis papal. Éstos con los nombre de estos indignos servidores pontificios que han obsequiado a su señor obispo-Papa una colección infame de epítetos negativos: desde ignorante y pobre teólogo, hasta la ignominiosa e irremediable acusación de herejía y apostasía: cardenales, en mala hora, Müller, Sara, Walter Brandmuller, Raymond Leo Burke, Carlo Caffarra, Velasio De Paolis, y ahora el pobre cardenal Pel, que ha sido condenado por la justicia civil por pederastia, y desde Australia envía sus improperios. Éstos son, tal vez, los más injustamente importantes de los que se oponen al papa Francisco, quiere decir, al Concilio Vaticano II. Injustamente importantes porque su importancia no puede ser más nimia y tenebrosa. Ya es de dominio público cultural que “Roma no paga traidores”.  Pero hay muchos más, también en nuestra tierra, que, en silencio, rumian lo que consideran una traición a la Iglesia, y una debacle existencial para la misma. De lo que se trata, sin embargo, es de una inmensa traición al Concilio Vaticano II, tramada y realizada desde las más altas esferas del Vaticano, después de la proclamación de Juan Pablo II como papa, con la inestimable ayuda del Cardenal Ratzinger, que continuó la labor iniciada por su predecesor, ya como papa Benedicto XVI.

2º) El por qué de este rechazo.

La respuesta clara, definitiva, certera y contrastada es sencilla: por los siglos de traición de la Iglesia institucional al Evangelio, y por darle la espalda, negándose impertérrita a la conversión, a la Metanoya. La Iglesia institución-empresa, como he recordado en este blog, y repiten todos los historiadores digamos neutros, hizo varias cosas no solo inapropiadas, sino inaceptables, por este orden: se convirtió en Religión convencional, tuvo un largo aprendizaje de alianza con el poder político, fue cayendo en la tentación del poder económico, se acabó confundiendo con el poder,-obispos señores feudales-, se olvidó de la Sagrada Escritura, convirtió la Revelación salvadora y liberadora de Dios en Dogma, el Dogma lo vistió de Teología, la Teología se enamoró de su esclava, (filosofia ancilla teologiae), y se transmutó en el pensamiento filosófico, la libertad evangélica devino en moral, y ésta en moralismo, y, cuando las ideas y el estilo delo mundo mejor le hubiera ido a la Madre Iglesia, ésta se separó de él, se cerró en sus sacristías, y tuvo que venir el Concilio Vaticano II para abrir las ventanas, y “agiornar”, poner al día, su pesada estructura.

Jesús Bastante, en Religión Digital, ha sintetizado los intensos y poco claros días del pós Sínodo, así como el Decreto-Comunicado papal “Querida Amazonía”, en las siguientes afirmaciones, que en estos días yo prolongaré interpretándolas.

Francisco evita cualquier decisión sobre el sacerdocio, las mujeres diaconisas, el rito amazónico o el ‘pecado ecológico’ en ‘Querida Amazonía’

El Papa avala el documento aprobado por el Sínodo, e invita a leerlo íntegramente, pero no lo cita en la exhortación

“Ese carácter exclusivo recibido en el Orden, lo capacita sólo a él para presidir la Eucaristía. Esa es su función específica, principal e indelegable”

Reconocer ministerios a la mujer sólo conseguiría, afirma, “clericalizar a las mujeres, disminuiría el gran valor de lo que ellas ya han dado y provocaría sutilmente un empobrecimiento de su aporte indispensable”

Un texto glosado con palabras de Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa, y del profeta de la Amazonía, Pedro Casaldáliga, y que también cuenta con aportaciones de Gustav Mahler,  Yana Lucila Lema o  Ana Varela Tafur

Francisco evoca “cuatro grandes sueños”: la lucha por los derechos de los más pobres; preservar la riqueza cultural de la Amazonía; custodiar el entorno, y que los cristianos “sean capaces de entregarse y encarnarse en la Amazonía”                                             (12.02.2020, RD,  Jesús Bastante)

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

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