El terrible peligro de los dueños de la verdad

• Aparecen hoy dos de estos hombres “peligrosos” en RD (Religión digital): el cardenal de Lima, Juan Luis Cipriani, y el obispo lefebvriano Bernard Fellay. Evidentemente, no conforman el mismo caso, pero tienen aspectos en común, que son sumamente alarmantes. El error, o mejor, manera equivocada de pensar, ya ha aparecido con frecuencia en las páginas de este blog: confundir, en la práctica de la expresión de las propias opiniones, la Fe con la Teología. “Un Solo Señor, una sola Fe, un sólo Bautismo”, escribía San Pablo, y cantamos con entusiasmo y convicción en las celebraciones litúrgicas. Pero esa unicidad la predicamos, la creemos, y la proclamamos, solo de esas tres realidades: el Señor, la Fe, el Bautismo, no de las explicaciones racionales de la fe, es decir, del pensamiento teológico.
Es hasta comprensible que para la propia cosecha, para la tranquilidad intelectual y el sosiego espiritual, unos se identifique tanto con una construcción teológica completa y coherente, la tomista, o la agustiniana, por ejemplo, que en realidad acabe confesando tanto, o más, que la Fe, las propias convicciones y seguridades que ese perfecto edificio le proporciona. Como digo, eso me parece hasta plausible, en el ámbito personal de la vivencia espiritual y de la confesión cotidiana de la Fe. Pero ese sosiego y seguridad acaban ahí, en el puro espacio de lo privado, y de la intimidad. Mas esa experiencia no puede exhibirse al exterior, y, sobre todo, no puede lanzarse como arma arrojadiza contra terceros.
Y esto es, justamente, lo que han hecho, y hacen, estos dos personajes que hoy traigo a colación. EL primero, Cipriani, de modo más restricto y acotado que el obispo Fellay. Como miembro del Opus, el cardenal de Lima se mueve por un pensamiento teológico muy restringido y ultrapasado, No puede ver, por ejemplo, la Teología de la Liberación, y por eso no duda de censurar al actual prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, monseñor Müller, por apreciar y defender a uno de los fundadores de la Teología de la Liberación, el también peruano Gustavo Gutiérrez. El prelado alemán ha sido defendido personlamente por el papa Francisco, pero eso no parece ser argumento de peso para Cipriani.
El caso de Fellay es mucho más grave, casi rayando en la excomunión “latae sententiae”, es decir, aquella que no necesita ni decreto, y que actúa directamente desde el principio en la conciencia del individuo. Este señor obispo ha lanzado frases como ésta: “Seguir a Bergoglio pondría en peligro nuestra fe”. ¡Nada menos! o este párrafo: Fellay afirma que se están viviendo “tiempos espantosos”, que la “situación de la Iglesia es un verdadero desastre” y que Francisco “está empeorando 10.000 veces la situación”. O este otro: “Al inicio del pontificado de Benedicto XVI, dije que la Iglesia continuaría descendiendo, pero con un paracaídas. Con el inicio del actual papado, Francisco cortó las cuerdas y puso un cohete para ir hacia abajo”. La ignorancia es atrevida, pero la ignorancia fanática, como la de este hombre, es peligrosa, una auténtica bomba de relojería. Lo que nos choca es que, por nada, a muchos teólogos, y no digamos a los de la Teología de la Liberación, como hace Cipriani, se les crucifica, se les censura y se les expulsa de la Cátedra.
Sacamos la conclusión, de estas líneas, de que en todos los órdenes de cosas, cultura, política, moral, economía, y también religión, los que se consideran dueños absolutos de la verdad, y no conceden a los demás ni siquiera el beneficio de la duda, constituyen un verdadero y trágico peligro. Porque esas actitudes no suelen ir acompañadas de muchas luces, más bien al contrario, son gentes de muy pequeña categoría intelectual, pero, eso sí, compensada con una especie de listeza para subir en la vida, y escalar, por desgracia, hasta puestos de alta responsabilidad.
Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara