Ahora el Concilio de Trento (II)

1º) Los obispos: reforma y objetivos

2º) Mediación salvadora de la Iglesia, (Institución), contra la opinión de los protestantes.

3º) Necesidad de Fe y obras (contra Lutero), reafirmación del valor de los siete sacramentos, y condenación de la Predestinación, (contra Calvino). 

4º)Los santos, la celebración de la Eucaristía, y el ¿Purgatorio?

5º) Medidas prácticas y disciplinares

6º) Grandes temas que NO abordó el Concilio

3º) Necesidad de Fe y obras (contra Lutero), reafirmación del valor de los siete sacramentos, y condenación de la Predestinación, (contra Calvino).

  • Tel vez sea éste el tema estrella que el Concilio de Trento dejó para la posteridad: la polémica que comenzó con el recibimiento, más lleno de desprecio que de frialdad, que ell cardenal Cayetano dispensó al obscuro fraile teutón. El cardenal tal vez llegó a ser el mejor intérprete de Tomás de Aquino, pero fuera de la Filosofía-Teología tomista era un lego, en ciencias ´bíblicas”, no dominaba ni el hebreo, ni el Griego, y desde su elegancia romana renacentista no podía entender lo que para él no era sino un atrevimiento descarado y desmesurado del fraile agustino. Y para éste el aparato y la finura protocolaria del cardenal no eran sino una tapadera inadmisible de su ignorancia en las verdaderas ciencias eclesiásticas. Se produjo un evidente y estridente desencuentro, en el que el cardenal informó que él no había ido al encuentro de Lutero para discutir, ni dilucidar con argumentos sus diferencias, sino, por mandato del Papa, para solicitar la total retractación de las ideas del fraile alemán, opuestas, según los especialistas vaticanos a la doctrina de la Iglesia, a lo que Lutero no podía acceder, por “obligación de conciencia”, cuyo respeto a sus indicaciones era, para Martín, la única manera real y bíblica de dar Gloria a Dios. Lutero había sido, en Witemberg, durante largos años, catedrático de las asignaturas de las cartas paulinas a Gálatas y Romanos, y conocía, por eso, muy bien, y mucho mejor que Cayetano, los entresijos exegéticos, y la pasión por la verdad estrictamente bíblica y neo testamentaria. Así que las ideas peregrinas de la época, defendidas por el Papa, y por Cayetano, contra la idea central de la salvación por la fe, eran, para Lutero, pura fantasía, significaban, además, una peligrosa e inaceptable desviación del auténtico y robusto pensamiento paulino.
  • El concilio confirmó las tesis oficiales sobre las indulgencias, sin entrar, ni indicar, en el abuso del comercio escandaloso de las bulas, eximentes  o suavizantes de las condiciones para ganar las indulgencias, algo, por otro lado, muy comprensible para la idea institucionalista y jurídica de la Teología pastoral vaticana, pero nocivo y totalmente equivocado para la mentalidad mucho más moderna, además de estrictamente bíblica, de Lutero.
  • El concilio, sin mucha discusión ni gran estudio, reitera el número de los sacramentos, (siete, número simbólico de toda la tradición bíblica), y aprovecha para condenar la idea de la predestinación del obispo y teólogo suizo Calvino.)

4º)  Los santos, la celebración de la Eucaristía, y el ¿Purgatorio?

  • En contra de la idea luterana, de la tradición bíblica, y de la experiencia de la Iglesia primitiva, en su actitud de trabajar, definir conciliarmente, y programar siempre a la contra, de ahí la denominación de Contrarreforma, los padre conciliares, -pocos, como he indicado en el inicio de la Magna Asamblea, ¡sólo 25 obispos!, y cinco superiores de órdenes religiosas, que no sabemos bajo qué paraguas teológico, pastoral o canónico se encontraban en el aula conciliar-, no solo no moderan la presencia de los santos, sino que amplían su importancia, presencia, méritos, y posibilidades intercesoras, condenando todo tipo de iconoclastia. Y lo revelador y remarcable es lo de “todo tipo“, porque el Concilio Vaticano II demostró, -no se sabe bien para qué, ¡con el caso que se le esta haciendo!-, demostró que hay algún tipo de iconoclastia, no solo permisible, sino útil, y hasta necesaria para limitar y rebajar los abusos que la devoción a lo santos estaban, y están, ¡a pesar del concilio!, causando en la Iglesia.
  • Respecto a la eucaristía hay que subrayar dos cosas, como específicas del Concilio de Trento:  a), la doctrina de la “Transubstanciación“, que no es, propiamente, la enseñanza, y la fe, en la presencia de Jesús real y verdaderamente, en la Eucaristía, sino una explicación filosófica del modo con el que esta presencia se hace realidad. En verdad, no se trata de una proclamación dogmática, porque los concilios no tienen autoridad para consagrar conceptos filosóficos, sino la fijación de una tesis filosófica, ya aceptada en la Iglesia desde mucho antes, -se cita la inclusión de este término filosófico en el siglo IV, por Cirilo de Jerusalén, en su Catecismo-, pero de hecho, no se había tratado con la seriedad y la imponencia de un concilio-, y no todas las iglesias cristianas aceptan esta explicación filosóficas. E, incluso, en teólogos modernos imperan hoy otros conceptos, como trans-significación, como en ciertos teólogos holandeses, o en el teólogo anglicano L. Lenarth. Y b), el Concilio tridentino no corrige el grave error del anterior Concilio Lateranense IV, de instituir un mandamiento de la Iglesia, consistente en obligar, bajo pecado mortal (¿?) a asistir unas sesenta veces al año (“todos los Domingos, y fiestas de guardar”), e instar a comer tan sólo en uno de esos banquetes.
  • Sobre la enseñanza de la obligatoriedad de aceptar el Purgatorio como uno de los destinos inmediatos después de la muerte, encontraríamos muchas más dudas que certezas. Es decir, no podemos asegurar que esa doctrina sea proclamación de fe del Concilio de Trento.

5º)  Medidas prácticas y disciplinares

  • La medida practica pastoral estrella de este Concilio es la creación obligatoria, para todas las diócesis, de un seminario como preparación de los futuros ministros ordenados por el Sagrado Sacramento del Orden. Esta ordenanza trajo consigo la consecuencia de elegir mucho mejor a los obispos, con criterios eclesiásticos, pero sin llegar a lo eclesial-pastoral, todavía , y ser mucho más exigentes en su preparación y en sus cualidades como pastores de la Iglesia. Se fajó la obligatoriedad de residir en la diócesis, aunque este extremo originó muchos y frecuentes abusos. Y con respecto a los seminarios, el fallo más normal consistió en encontrar formadores y profesores bien preparados, que hubiera evitado el verdadero desierto intelectual, teológico y bíblico, sobre todo, que se instaló en la Iglesia desde el siglo XVII hasta mediados del XX, es decir, hasta las mismas puertas del concilio Vaticano II.

6º)  Grandes temas que NO abordó el Concilio.

  • Podíamos citar muchos, en el orden eclesiológico, muy en especial, en la revitalización y modernización de los estudios  teológicos y bíblicos, anclados, como si de una doctrina de Fe se tratara, en el mundo escolástico, y tomístico, cuando se estaba preparando en Europa una revolución filosófica, y sus intelectuales se afanaban en inaugurar una era nueva cultural, brillante, de una luz y un esplendor insospechados, conocida después como “la Ilustración“.  Pero el Concilio de Trento había dejado las cosas atadas y bien atadas, y así siguieron hasta el mismo Concilio Vaticano II.
  • Y hay tres temas deplorables y tristes en el concilio tridentino: 1º), los padres no supieron apreciar ni siquiera la oportunidad de abordar el estudio y la discusión de lo que el Concilio Vaticano II denominó “teoría y práctica de la Colegialidad”: 2º), no tuvieron reflejos para tratar seriamente, e intentar desmarcarse, del asunto delicado y sangrante de la inquisición, que aunque no se trataba de una institución propiamente eclesiástica, sí que los eclesiásticos mejor preparados eran convocados como expertos en los casos de herejía y rebelión intelectual: y, 3º), sobre todo, no tuvieron la lucidez y la valentía de los luteranos, para acercar la Biblia al pueblo fiel, permitiendo su traducción a las lenguas vernáculas, y acabando de un plumazo con el secular distanciamiento, y la consecuente tremenda ignorancia del pueblo católico hacia el Libro Sagrado, que en lugar de ser prohibido como peligroso, debería haber sido presentado como luminoso, y de más frecuente lectura para alimento de los fieles.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Ahora el Concilio de Trento

Es el que nos falta en el breve repaso a que me obligué al leer el artículo de Antonio Aradillas. Y lo haré  muy resumidamente, pues quiero ser claro y conciso. Pablo III tuvo como primer escenario para el Concilio la ciudad de Mantua, en 1537, y luego pensó en Vicenza, en 1538. Mientras tanto negociaban en Niza una paz entre Carlos V, y el rey Francisco I de Francia.  Y tras diversos retrasos, consecuencia de las diversas desavenencias graves, de tipo sobre todo político, pero también teológico, ¡por fin! convocó, el 13 de Diciembre de 1545, para la ciudad de Trento, norte de Italia, pero entonces ciudad autónoma regida por un obispo-señor feudal, un Concilio General de la Iglesia, que trazó las líneas de la reforma católicas (luego conocida  como  Contrarreforma). La asamblea conciliar contó con la presencia de veinticinco obispos y cinco superiores generales de Órdenes Religiosas. Las sesiones, que sumaron en total 25, con suspensiones esporádicas, se prolongaron hasta el 4 de Diciembre de 1563. Hoy afirmaríamos, sin rubor ni temblor, que el Concilio no tuvo el “quorum” mínimo para un evento de esas características, pues sólo entre Italia y España ya había más del doble de los 25 obispos que asistieron. Y no sabemos con qué título y cometido acudieron los superiores de esas cinco órdenes; suponemos que como observadores y/o peritos. Así que la convocatoria fue, oficialmente, del papa Pablo III, pero en realidad, y en la práctica, y el que pagó los gastos que originó el Concilio, fue el emperador Carlos V, el gran artífice del Concilio, motivado e incentivado por sus nobles alemanes, que hacía ya bastante tiempo anhelaban una reunión conciliar para intentar dejar las cosas claras.

Los grandes temas del Concilio:

1º) Los obispos: reforma y objetivos

2º) Mediación salvadora de la Iglesia, (Institución), contra la opinión de los protestantes.

3º) Necesidad de Fe y obras (contra Lutero), reafirmación del valor de los siete sacramentos, y condenación de la Predestinación, (contra Calvino). 

4º)Los santos, la celebración de la Eucaristía, y el ¿Purgatorio?

5º) Medidas prácticas y disciplinares

6º) Grandes temas que NO abordó el Concilio

1º) Los obispos: reforma y objetivos

  • Hubo, en los siglos XIV y XV, ideas conciliaristas, que mantenían la suprema autoridad de la Iglesia no en el Papa, u obispo de Roma, sino en el Concilio universal. Esta idea fue defendida más por los canonistas que por los teólogos, tal vez por su especial sensibilidad jurídica, lejos de las disquisiciones teóricas y abstractas de los sesudos maestros en Teología. Mi opinión es que la tesis de los canonistas está más cerca del Evangelio, del simple, pero profundo y esencial anuncio del Reino de Dios, que de la concentración en una persona de todo el poder jurisdiccional, y magisterial de la comunidad de los seguidores de Jesús en una persona, sucesora de otra de la que el Señor habría afirmado “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mmi Iglesia“, pero del mismo que también dijo El Señor, y los teólogos y portavoces del magisterio de la Iglesia parecen haberlo olvidado, “apártate de mí, Satanás …”. Pero éste es otro problema, que aquí solo he tocado para indicar que fue obviado en Trento. cuando era un momento muy favorable para tratarlo, e, incluso, para definir la Colegialidad, que proclamó mucho tiempo después el Vaticano II.
  • Como hemos visto más arriba, a partir de los siglo V y Vi comienza en la Iglesia un desvío imparable del Evangelio, que llegó a su plenitud en este Concilio de Trento. Los obispos siguieron siendo, si no señores feudales, sí potentados burgueses, que vivían generalmente su vida despreocupados de los problemas y sinsabores de sus fieles. como afirmó un autor que en este momento no recuerdo su identidad, la Iglesia se convirtió en un monstruo, de enorme cabeza, y cuerpo enano: con un inmenso, en presencia y poder, aparato clerical, es decir, con una cabeza desmesurada, y un cuerpo raquítico y ausente. Y si es verdad que, en teoría, se procuró que los obispos fueran personas con una preparación por lo menos notable, rápidamente ese primer impulso fue decayendo, hasta llegar a una situación deplorable, en los niveles de excelencia intelectual y moral de los prelados de la Iglesia.
  • De alguna manera vino en ayuda de la jerarquía el magno proyecto de la creación, en todas las diócesis, de seminarios para formar a los futiros clérigos. Pero sucedió en España, y en todos los países, que los verdaderos centros de formación intelectual, eclesial y pastoral de los curas fueron las universidades, junto alas que, como en Salamanca y Alcalá, pulularon casa de formación sobre todo de jóvenes religiosos, como dominicos, jesuitas agustinos, mercedarios, etc. Estos centros universitarios sirvieron, pero menos, para la preparación de los clérigos diocesanos, en loas grandes ciudades, pero el mundo diocesano rural, en toda Europa, fue cayendo en un marasmo paralizante, que duró, a pesar de la Revolución francesa, hasta el Concilio Vaticano II, con lo que esto significa de desastre evolutivo y de progreso eclesial.

2º) Mediación salvadora de la Iglesia, (Institución), contra la opinión de los protestantes

  • Este fue el autentico caballo de batalla teológico entre la Reforma protestante, y la Contrarreforma católica oficial. A la decepción y sentimiento de ruina y fracaso de muchos eclesiásticos del mundo anglosajón, que desembocaba en expresiones como “Roma veduta, fide perduta”, (al visitar Roma se pierde la fe) que respondía al verdadero escándalo que la vida disoluta de la corte vaticana producía en las personas con un cierto sentido ético, que no precisaba ser verdadera y esencialmente cristiano, se unía el tema mucho más serio de una Eclesiología, o Teología de la Iglesia, poco, o nada, apoyada en los parámetros bíblicos y evangélicos, con la conversión de la comunidad cristiana eclesial en una institución burocrática, jurídica, de poder, de influencia política, y de auto afirmación peligrosa, y desmesurada, de monopolio del saber teológico, y del Magisterio de el derivado, necesario e imprescindible para la “Salvación de las  almas”, en una expresión vacía e inocua, nunca usada ni por Jesús ni por el Nuevo Testamento, soslayando, y dejando de lado, la auténtica y verdadera naturaleza humana, a caballo entre la corporeidad y la espiritualidad. La Jerarquía eclesiástica no supo ver las enormes posibilidades que se abrían con los ideales del Renacimiento, no solo para el humanismo, sino también para una vivencia en libertad de los valores evangélicos, y quedó anclada en una obsoleta sensibilidad impropiamente considerada moral, o de Buenas costumbres, que muy poco tenían que ver con los luminosos y radiantes valores evangélicos.
  • Es en verdad sangrante, y corrobora todo lo que vengo afirmando, la tremenda, peligrosísima, y suicida preocupación  del Magisterio de la Iglesia de ocultar, y obstaculizar al pueblo fiel y llano, el conocimiento de la Sagrada Escritura, su lectura, comentarios y profundización en las enseñanza de sus libros, como si se tratase o bien de material altamente nocivo y pernicioso, o tan delicado y complicado que solo lo podían llegar a dominar los miembros jerárquicos del cuerpo eclesial. La diferencia con la actitud justa y sensata de Lutero de traducir la Biblia a la lengua vernácula para ser leída, conocida, y aprovechada como alimento para la mente y el Espíritu, como el hizo en la Reforma Luterana, explica la ignorancia, y el terrible desconocimiento que nuestros fieles católicos tienen de la Palabra de Dios. Y los fieles católicos no se podrían beneficiar de este maravilloso, abundante y suculento alimento, sin la tutela y la supervisión de una Iglesia, nada proclive al aprovechamiento de esa riqueza deslumbrante de la literatura bíblica. Y este último aserto lo demostró usando todos los medios, sobre todo la fiereza de la Inquisición, que si ya existía antes del Concilio, en éste adquiriría carta de ciudadanía, y sería clara y elocuentemente reivindicada.

(Continuaré mi exposición, que no puede, ni llega a ser, lo concisa y breve que prometí).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

 

 

 

El obispo de Astorga no se ha callado (… como ampliación del artículo de ayer, “EL que calla, otorga”)

(Nota: en estos últimos días, ha habido un obispo en España que “no se ha callado“. Se trata del obispo de  Astorga, D. Juan Antonio Menéndez, presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones, que ha calificado como “Un problema de Estado” el “drama humano” que sufren los refugiados. También ha instado a  los políticos a “tomarse en serio” esta situación, de la que “dependen muchas vidas humanas·.

Esta tragedia es el último eslabón de una cadena que nos está preocupando a todos porque nadie pone remedio a esta situación“, ha dicho el obispo de Astorga en declaraciones a La Opinión de Zamora, días después de que una veintena de inmigrantes subsaharianos aparecieran ahogados en la costa melillense. Mi primera intención era añadir una nota, a mi artículo de ayer en mi blog, “EL que calla otorga“,  (sobre el silencio clamoroso de nuestros obispos, ¡con la que está cayendo!), pero al leer más que el título de las declaraciones del obispo, me he animado a montar, con ellas, un artículo separado. Ahí van las declaraciones, que para destacarlas, irán con cursiva, para distinguirlas tano de algún comentario mío personal, como del autor del artículo de RD.  “(Las declaraciones no las he transcrito directamente de “La opinión de Zamora“, sino del artículo que, sobre las mismas, ha escrito Cameron Doody  para Religión Digital, (RD).

“Ni los gobiernos, ni la oposición a los gobiernos tienen la sensibilidad suficiente para poner los medios a esta cuestión que es un drama humano como ha señalado en varias ocasiones el Papa Francisco”, ha denunciado el prelado, llamando a los políticos a ponerse de acuerdo en esta cuestión “para que la inmigración que se haga, sea siempre en libertad, con información verídica y acompañada, de manera que se eviten las mafias, las muertes y todas las tragedias humanas que está causando esta situación”.

“Yo quisiera instar al Gobierno y la oposición a tomarse en serio el problema, esto no es una cosa menor, sino del presente y del futuro del cual dependen muchas vidas humanas“, ha añadido monseñor Menéndez, insistiendo en “la necesidad de alzar la voz” y la responsabilidad que tenemos todos de trabajar para “erradicar” las muertes de inmigrantes en el mar.

“La erradicación más eficaz consiste en que en sus países puedan tener el desarrollo suficiente para poder vivir“, ha opinado por último el obispo de Astorga, reiterando que si hay personas que deciden emigrar debería poder hacerlo “en libertad y con la información suficiente de lo que se van a encontrar en el camino”. En los países de acogida, ha agregado, debe haber la “sensibilidad” necesaria como para darles la bienvenida y “respetar su dignidad, sus derechos e integrarlos en nuestra sociedad como personas humanas que son”.

(Declaraciones transcritas de Religión Digital, del día 07/Febrero/2018) por El Guardián del Areópago)

EL que calla, otorga

(Esto va por el silencio clamoroso de nuestros obispos, ¡con la que está cayendo!)

A mí me han dicho muchas veces, y también personas directamente relacionadas con mi misión pastoral en la Iglesia, que cuál es el motivo por el que me meto tanto con los obispos. Mi respuesta es siempre la misma: -¿Has leído el Evangelio?-, ¡qué cosas tienes!, ¿cómo no voy a leer el Evangelio?-, me respondió un vicario episcopal. Y yo seguí: pues ahí tienes la respuesta. Jesús denunció, sobre todo, a los sumos sacerdotes, a los senadores de Israel, a los jefes de los fariseos, a las familias ricas de los saduceos, al rey Herodes, pero nunca a los publicanos, a los samaritanos, a las prostitutas, a los pobres, a los leprosos, a los impuros, etc., etc. Pues yo hago lo mismo, le dije. En la Iglesia todos somos responsables de la evangelización, con nuestra vida diferente, con el perdón, con el amor y la preocupación por los demás. Al ver esos comportamientos de los primeros cristianos, los paganos romanos decían, ¡Mira como se quieren!, y así fueron convirtiendo a todo el imperio. Pero cada uno de los fieles de la Iglesia se comportan así desde el anonimato y la discreción. Pero los pastores, los obispos, los sucesores de los apóstoles, están, como diría San Pablo, en el escenario, ante todos los públicos, ángeles y humanos, y su misión de pastoreo de los fieles les dota de una autoridad evangélica y eclesial, pero también, de unas responsabilidades especiales, sobre todo, del cuidado de sus ovejas, contra todos los lobos. especialmente, en la tempestad, en la tormenta, y en la zozobra. Todos admiramos la coherencia, la valentía y la fidelidad a su misión, del obispo Ambrosio, De Milán, que no se anduvo por las ramas al afear a propio Emperador Teodosio su abuso y su pecado, al pasar por las armas a los que lo habían abucheado en el anfiteatro de Tesalónica, prohibiéndole, además, la celebración de la Eucaristía hasta que no hubiese cumplido su pecado con una larga temporada de penitencia pública en el “orden de los penitentes“.  Y es que la misión de los obispos no es solo “la salvación de las almas“, esa fórmula vacua e inocua. Jesús curaba los cuerpos, se preocupaba por que la gente andaba “como ovejas sin pastor”, urgía a sus apóstoles a que dieran de comer al gentío hambriento, y nunca daba la espalda a los hipócritas que “andaban el mundo entero para hacer un discípulo”, para dejarlo, después tirado de la mano, peor que antes. Y los lobos y tormentas y tempestades que acechan el día de hoy a los españoles, todos ellos, al cuidado, ¡cura!, de alguno de los pastores-obispos de nuestro país, son numerosas, y variadas. Señalaré alguna:

  • A pesar de las proclamas del Gobierno, las cosas no andan bien para todos., Hay una buena minoría, cada vez mayor y menos minoritaria, a los que nos les llega la pretendida bonanza económica, y la salida de la crisis. Que se lo pregunten a los analistas de Caritas, institución de la Iglesia más apreciada por los ciudadanos españoles. Y esta situación tiene muchas causas. Seguiré denunciando algunas.
  • La dichosa reforma laboral, ha ayudado, desde luego, a cierta producción de la riqueza, pero a costa de dejar a los trabajadores a los pies de os caballos, con la facilidad que se ha regalado a los empresarios para perpetrar contrataciones inicuas, y despidos miserables. Esta situación en la relación empresarios y asalariados está perpetuando la injusta iniquidad, intolerable, de que el progreso económico recaiga, en nuestro país, en mucho mayor porcentaje, que determinan los expertos, en las espaldas de los trabajadores que en el bolsillo de los empresarios. Sigue, y se agrava, el eterno problema, y la situación de desequilibrio, entre el trabajo y el Capital. … y, los obispos, ¡callan!
  • No la precariedad, sino ¡la miseria de los salarios!, que provoca en España una desigualdad social, que ya ha denunciado con reiteración la Unión Europea, que aunque es verdad que aumenta en toda ella, lo hace de manera destacada en nuestro país. … y, los obispos, ¡callan!.
  • Se gasta, en la visita del Papa a Valencia, una cantidad desmesurada de dinero público, que las cuentas de los responsables del evento no aclaran con transparencia, sino que presentan en un galimatías inescrutable, y, a pesar de que en ese estilo de actuaciones, la Iglesia oficial está directamente afectada, … , los obispos, ¡callan!.
  • La corrupción de muchos dirigentes políticos, con la ayuda de empresarios inescrupulosos, tipificada ya sin lugar a dudas, y señalada en procesos judiciales, que ha producido diferencias notables en las probabilidades de éxito electoral entre los diversos partidos, … y, los obispos, ¡callan!
  • La impresión de mutua injerencia entre los poderes ejecutivos y judiciales de la nación, con el resultado que provoca de compadreo, en nombramientos, cambios estratégicos, y otras maniobras que muestran todo menos transparencia, … y, los obispos, ¡callan!
  • Una creciente, e inquietante tendencia de fiscales y jueces a la radicalización, a la vuelta a posturas de intolerancia y de escándalo farisaico, en unos temas, (como el caso del joven de Jaén, que  ha publicado una composición fotográfica, nada irrespetuosa, ni indecente, ni ofensiva, o el caso de los titiriteros de antaño),  mientras en otros, ciertamente, más serios y comprometidos, como las trabas de dirigentes políticos a las investigaciones que les perjudican, o evidentes incumplimientos de gobernantes a leyes que no les gustan, como la ostentación en el desprecio a la ley de Memoria Histórica, -“cero euros le hemos dedicado en mis dos períodos de Gobierno”, afirmó el presidente en una entrevista, o el elevado tanto por ciento de ciudadanos con derecho a ser atendidos por la ley de Dependencia, y que no reciben ninguna ayuda,  los fiscales no denuncian esos incumplimientos, etc., … y, los obispos, ¡callan!   
  • Un abuso desmedido, e interesado, del régimen jurídico de la prescripción, que acaba provocando una especie de inimputabilidad, o casi inmunidad, cuando la prescripción, según nos enseñó nuestro profesor de Derecho Canónico, y juez del Tribunal de la Rota de Madrid, P. Federico Zulaica Vidaurre, ss.cc., nunca debe correr cuando el proceso judicial está activo, ya que es un régimen jurídico que tiene como objetivo que los procesos no se eternicen, y, además, debería bastar, para activarlo, la simple denuncia por escrito del fiscal al juez para comenzar de cero el contaje del tiempo, pero contemplamos indignados cómo delincuentes probados y sentenciados, salen de rositas por la dichosa prescripción, que nunca, o raramente, alcanza a los pobres y desdichados delincuentes sin aparatos defensivos hinchados. (Sería de desear que cuando llega a tener efecto la prescripción, el fiscal tuviese que pagar lo que el erario público, o el perjudicado por la misma, hubiera dejado de lucrar), etc., … y, los obispos, ¡callan! 

Y un ejemplo clamoroso de silencio, que prometí vocear, y llegar hasta el presidente de la Conferencia Episcopal (CEE), el que se produjo cuando dos ¿periodistas? de la COPE tacharon, uno  a los responsables de una carroza de la Cabalgata de Reyes de Vallecas, de “maricones de mierda“, y otro, al evento en sí, de “ser peligroso agacharse para recoger los caramelos“, por el riesgo inminente de lo que podría suceder.  Y sigo preguntando, ¿alguien entiende que en una emisora episcopal, o así lo piensa la gente, se pueda insultar de ese modo? O, ¿alguno de nuestros obispos supone que Jesús podría decir algo parecido? Porque Él, de insultar, lo haría, como lo hizo, y el Evangelio lo demuestra, contra los hipócritas fariseos, o el artero Herodes, o los Sumos Sacerdotes ambiciosos, o, incluso, contra su mejor amigo y primer Papa, Pedro, contra el que profirió el supremos insulto de mandarle, “¡Apártate, de mí, Satanás!, porque esto no te lo ha inspirado el Espíritu sino la carne“, y eso motivado porque el apóstol había intentado disuadir al Señor de aceptar la Pasión y muerte.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

El IV Concilio de Letrán, (1215), como paradigma de las tres funciones esenciales de la Iglesia.

El entorno socio-político-eclesial del cuarto Concilio lateranense, convocado por el gran papa Inocencio III,  es sumamente significativo e interesante. Recuerdo que éste, como los anteriores artículos, y el que seguirá, sobre el Concilio de Trento, responden a mi intención, e interés, por poner al alcance de mis lectores los postulados principales del artículo citado, de Antonio Aradillas, en Religión Digital, (RD), titulado “La Iglesia que se acaba“. Y en el mismo el autor señalaba los que para él eran, en la actualidad, los principales fallos, o problemas, o falsas soluciones a los mismos, que consistían en la “absoluta falta de comportamientos democráticos” en la Iglesia, es decir, en la tiranía casi absoluta de la Jerarquía, del clero, y en la “poca sensibilidad, y en la escasa, o corta percepción, para los signos de los tiempos”. Y, a modo de introducción general, señalo que, a partir del final del siglo IV, en los dos aspectos la Iglesia fue empeorando su nivel. No pretendo una presentación exhaustiva del concilio, ni desde el punto de vista histórico, ni del teológico, sino una descripción lo más concreta y somera que nos permita, sin embargo, conocer el gran protagonismo de este Concilio, que ha sido considerado por los autores, como ya indica el título, “Paradigma”, modelo, y una buena síntesis, y reclamo, de las tres funciones (en latín “tria munera”) esenciales de la Iglesia. Y como Concilio eminentemente pastoral, resumió su enseñanza con la magnífica fórmula con que termina la oración de la unción bautismal con el Santo Crisma, como veremos más abajo.

Las tres funciones esenciales, y salvíficas, de la Iglesia.

El concilio hace una muy interesante exposición de las tres tareas, y obligaciones pastorales principales de la Iglesia: la misión de enseñar, de santificar, y de regir, de todos los bautizados. Poco a poco estas tareas, se convirtieron en características, fundamentales, pero peligrosamente exclusivas, de los clérigos ordenados con el Sacramento de la Orden, en un paso más hacia la preponderancia y exhaustiva y casi exclusiva visibilidad del estamento clerical en la Iglesia. El reconocimiento de estas tres tareas proviene casi desde el Antiguo Testamento, y de la práctica de la unción: se ungía a los reyes, y a los sacerdotes, e incluso a los profetas. Estas características de los dedicados, “consagrados”,  a la tarea de comunicar a los fieles los dones de Dios, los resume la fe cristiana, y después la Teología, en Cristo, que es proclamado “sacerdote, profeta y Rey”. Y he aquí cómo, no por casualidad, termina la oración de la unción bautismal con el santo Crisma: “Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que te ha liberado del pecado y dado nueva vida por medio del agua y del Espíritu Santo, te consagre con el crisma de la salvación, para que entres a formar parte de su Pueblo,  y seas para siempre como miembro de Cristo,  Sacerdote, Profeta y Rey. Amén.

  • Función “sacerdotal” de santificar. Los padres conciliares intentaron, por todos los medios, restaurar y dignificar la vida sacramental. Los autores, historiadores y liturgistas, tal vez nos despistan con su insistencia en esa falta de calidad de las celebraciones sacramentales, cuando lo que realmente sucedía era que el pueblo fiel las había abandonado, como consecuencia de su desconocimiento de la lengua en que los celebrantes se expresaban, el latín, que la gente de la gleba, el pueblo sencillo e inculto, había dejado de dominar hacía ya tres o cuatro siglos. Y como la pedagogía de aquella época no conocía la excelencia del refuerzo positivo (Skinner), sino más bien el del “palo y tente tieso” , no se les ocurrió otra cosa que cargar con la pena de pecado mortal estas tres situaciones: no ir a la celebración de la Eucaristía en los domingos, o fiestas de guardar:  no comulgar por lo menos una vez al año, preferentemente por Pascua Florida, y no confesar, por lo menos, una vez al año, o en peligro de muerte, o si pensaba comulga, (… y se encontraba en pecado mortal). No podemos menos, yo ya lo he hecho en otro artículo de este blog, que lamentar, e incluso, reprochar a los padres conciliares lateranenses, la tremenda contradicción equivocada, de obligar a ir a un banquete todos los domingos, y a comer en ellos solo en una ocasión. De ahí, de la noche de los tiempos, proviene la poca inclinación y la inseguridad de los fieles a la hora de acercarse a la Comunión, así como una manera equivocada de entenderla, cuando la invitación de Jesús no era una simple recomendación, sino una orden: “Tomad, comed, bebed, haced esto en memoria mía”. Desde ese momento las misas importantes, la misa mayor, y la de las grandes fiestas, no eran de comunión, en las que sólo comulgaba el celebrante. Y lo que pretendió ser una ayuda pastoral, es decir, llevar a las ovejas por caminos convenientes, con buenos y suculentos pastos, que esto es la verdadera pastoral, se convirtió en una histórica y monumental toma de camino equivocada. Y así hasta nuestros días, a pesar de los esfuerzos del Vaticano II.
  • Función “profética” de enseñar. El tiempo del Concilio, y del papa Inocencio III, que lo convocó, fue un tiempo profundamente agitado por las herejías. Y aunque he afirmado más arriba que los  padres conciliares desconocían lo del refuerzo positivo, sí que se dieron cuenta de que combatirlas, las herejías, solo con el miedo y el riesgo de la terrible intervención de la Inquisición, no era el mejor medio de frenarlas. Así que, además de las penas de la excomunión, y otras eventuales que podría aplicar la Inquisición, el Concilio tuvo la gran y feliz idea de insistir de manera programática en recordar a los creyentes la bondad, y utilidad, de encarnar, y volver a poner en práctica, en la vida de Fe, aquellas tres funciones pastorales y salvíficas de Cristo, que se nos habían encomendado y hecho posibles por la Unción Crismal en el Bautismo. No todas las herejías decían relación directa con el mundo de la razón y del pensamiento, y del exacto formulario de los dogmas, sino que, como veremos más abajo, muchas que eran consideradas herejías, no eran sino discrepancias prácticas cobre el orden, la disciplina, y, sobre todo, el uso del poder, es decir, en la función de “regir”. 
  • Función “real” de regir, (es decir, de usar y disponer del poder, … o así lo entendían los altos jerarcas de la Iglesia). En la época del papa Inocencio la Iglesia, es decir, la jerarquía vaticana, y la de los grandes prelados, asume, y escenifica con esplendor, el estilo feudal, y el poder político omnímodo sobre toda criatura, incluso sobre el emperador. Fue este papa el primero, por lo menos de manera documentada, que se auto impuso el título de “Vivario de Cristo”, lo que indicaba claramente una supremacía  ética sobre todo otro poder, pue si a los reyes, y al emperador competía proporcionar y defender la seguridad física de sus súbditos, a Cristo, y a su Vicario, competía la tarea eminentemente más noble y decisiva de la salvación de las almas. (Esta apreciación sugiere que, a pesar de haber estudiado Teología en París, y Derecho en Bolonia, demostraba el gran fallo de todos los grandes hombre, e incluso pensadores de su época: la ignorancia, y el poco conocimiento, de las Sagrada Escritura, incluyendo en ella el trato asiduo y el conocimiento ágil del Nuevo Testamento. Así, según nuestro bien documentado profesor de Historia de la Iglesia, P. Miguel Pérez del Valle, ss.cc., el gran papa tuvo un momento de vacilación en la presentación de Francisco de Asís, al denotar éste su gran devoción por la Santa Pobreza evangélica, lo que provocó la sorpresa, y incomodidad del Papa. Menos mal que los cardenales Colonna y Orsini vinieron en su ayuda comunicándole, “¡Santidad!, eso se encuentra en el Evangelio, sobre todo en el Sermón de la Montaña, y en su luminoso prólogo de las Bienaventuranzas“. (Después Inocencio se convirtió en gran defensor de Francisco y de Domingo de Guzmán, grandes renovadores de la Iglesia en su pontificado). En una prueba más de que hacía ya tiempo que la Iglesia se iba distanciando, cada vez más, del Evangelio. (Y éste es el motivo por el que Aradillas encuentra algo, o más que algo, de esperanza, en el pontificado de Francisco, que busca, contra viento y marea, volver a la senda el evangelio).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

La Iglesia de los siglos VI y VII (hasta la época carolingia)

1º) Expansión de la Iglesia

De alguna manera en estos siglos comienza un acontecimiento fascinante: el nacimiento de Europa, que como comprobamos por la Historia, sucedió en un parto complicado, lento, alargado en el tiempo, y que duró hasta la unificación de Italia en el siglo XIX. La gran tarea consistió en la conversión de los “bárbaros”, o bien del paganismo al Cristianismo, o de corrientes heréticas y desviadas, al catolicismo. Eso aconteció de manera bastante parecida en todos los territorios europeos: una generación de grandes misioneros se encargaron de ir convirtiendo los diversos pueblos desperdigados por Europa. Y de estos grandes evangelizadores sí que se puede afirmar que supieron leer los signos de los tiempos, adaptarse a ellos, y completar  una obra misionera y evangelizadora ingente. Así, San Martín de Braga convierte a los suevos luso galaicos al catolicismo, San Leandro arranca a los visigodos en España de la herejía arriana, y la conversión de Clodoveo apresuró la conversión de los francos al cristianismo católico.  Despuéslos misioneros cristianos, tanto occidentales como bizantinos orientales, llevaron la Fe a germanos y celtas, probablemente los más remotos y menos civilizados. Tal fue el caso de san Patricio en Irlanda, san Agustín de Canterbery, en Inglaterra, san Bonifacio en Germania; y los santos Cirilo y Metodio, procedentes de Constantinopla. Los pueblos eslavos y magiares también contribuyeron a la formación de la Europa cristiana, una obra grandiosa multisecular rematada, por fin, con la conversión de Escandinavia y de los pueblos de los Países bálticos. Así se hizo la Europa cristiana. Según H.  Belloc, éste es el acontecimiento más importante en la historia del mundo:  la Iglesia fue la levadura que hizo posible tal nacimiento y posterior crecimiento. Una Iglesia, esta ve, sí, respetuosa y coherente con los signos de los tiempos, a los que respondieron con magnificencia grandes misioneros, y los prelados que los enviaron a una obra tan gigantesca. Pero esta situación se alteró, en el siguiente siglo, con la invasión musulmana del norte de África y de la Península Ibérica. De esta forma el Mediterráneo, en vez de servir de puente e instrumento  de unión, se convirtió en elemento de separación, pues separa la ribera norte, cristiana, de la meridional, africana e islámica.     

2º) La intensa vida de la Iglesia

Una vez convertidos gran parte de los pueblos invasores, y consolidado el mapa de los nuevos reinos, la  Iglesia comenzó a ocupar  los más diversos campos de la vida social: en la vida política y social, en la cultura, en el arte, en la liturgia, en el ocio y sus las celebraciones, en el servicio asistencial a los más necesitados. Junto a la liturgia romana, floreció la liturgia ambrosiana en el norte de Italia, la galicana en Francia, la visigoda en España, la celta en Irlanda e Inglaterra. Se levantaron Iglesia y capillas, se solemnizó el culto, algo que se suele ver como un notable, y lo es, desde el punto de vista artístico y social, pero que, en mi opinión, significa un peligroso alejamiento de la sobriedad y veracidad del culto de los tres primeros siglos de la Iglesia primitiva, y un no menos riesgo de comenzar una carrera de artificiosidad y ostentación en le culto, que, a pesar del Vaticano II, ha llegado hasta nuestros días. Uno de los rasgos más sencillo, sobrio y bello, fue el nacimiento y, muy pronto,  la consolidación del canto gregoriano como música litúrgica. en esta época nace y se incrementa también rápidamente el culto mariano, y, algo mucho más grave, se extiende, y va creciendo como una bola de nieve montaña abajo, el culto a las imágenes y a las reliquias, y la devoción a procesiones y manifestaciones más folklórico-religiosas, que evangélico-cristianas. Esto se debió a la rapidez y ligereza de la masiva conversión de los pueblos al cristianismo, y a la imposibilidad de catequizar bien a tanta gente. Es muy característico de este tiempo eclesial la realización del “ofertorio” de la misa con fines recaudatorios para el servicio social a los más necesitados. También merece destacar la multiplicación de sínodos y concilios, -recordemos la importancia de los concilios de Toledo-. Es un tanto pintoresco, pero merece la perna recordarlo, que en la época carolingia, a los sínodos regionales, presididos por el obispo, asistía también, además de los párrocos y clérigos pertinentes, un noble, conde o lo que fuera, representante de la casa imperial. Es decir, ya comenzaba la unidad entre Iglesia y Estado.

3º) La vida monacal en ese tiempo

La importancia de los monjes tanto benedictinos, como los que posteriores, desempeñaron una gran labor en muchos campos. a) En el de la evangelización, los benedictinos enviados por  el Papa Gregorio Magno completaron la cristianización de Inglaterra; b) en el campo de la repoblación, era frecuente el nacimiento, en torno a un monasterio, de una nueva población que se ocupaba en la labranza de los campos pertenecientes al monasterio; c) en el de la cultura, los monjes copistas recuperaron los escritos desaparecidos de los grandes escritores clásicos, siendo sus bibliotecas un lugar en el que se resguardó el saber de la época. A eso hay que destacar las escuelas monacales, realizando una educación infantil. Y  la existencia de monasterios femeninos corre paralela a la de los varones, pues ya desde San Antonio Abad, el famoso Sn Antón, con su revolución monacal en la comarca de la Tebaida, en el norte de Egipto, surgen y se multiplican los monasterios femeninos, que comenzaron en Oriente, y se expanden , después, a Occidente.

4º) El celibato de los clérigos .

En el siglo VI el celibato de los clérigos, presbíteros y obispos, sigue la normativa  de los siglos anteriores, se les permitiéndoseles contraer matrimonio,obligados, sin embargo, a guardar castidad, y sobretodo, quedando prohibiendo, fundamentalmente, tener hijos, para lo que debían contar, lógicamente, con el consentimiento de la esposa. Tal norma era incumplida con frecuencia. Éste era un de los principales objetivos, o seguramente, el más deseado, de ese tipo pintoresco de celibato, que pretendía, según los no tan mal pensados, y desde luego, de la comunista Escuela Histórica de Leningrado, resguardar los bienes y rentas de la Iglesia, y no dilapidarlos con familias numerosas. Había también disposiciones concretas sobre días y momentos en que a  los clérigos se les prohibía más tajantemente, y con penas más severas, la relación sexual. Que era un tema controvertido lo demuestra el sin número de disposiciones, repetidas hasta la saciedad, sobre este tema, lo que demuestra que no se cumplían. ES de destacar, también, que el número de los sacramentos no estaba fijado como ahora, y la diferencia entre presbíteros, obispos, y diáconos tampoco estaba delimitada con claridad, Otro tanto hay que decir de las insinuaciones de que no se permitiera la ordenación de mujeres para el ministerio sagrado, lo que indica que en algunos momentos, esas existieron, y tardó en entrar la práctica de la reserva del ministerio sagrado a los varones.

Conclusión:

Hemos comenzado el artículo comentando las afirmaciones de Aradillas sobre la falta de Democracia en la Iglesia, y el desconocimiento, cuando no el desprecio y la falta de sensibilidad hacia los “signos de los tiempos”. Es innegable que en los tiempos que hemos examinado en estas líneas en la Iglesia había una relación bastante horizontal, que sin llegar a altos índices de democracia, conseguía que la comunidad cristiana no fuera vista, ni dentro, ni fuera de ella, como una sociedad tiránica y abusiva del poder. Podemos afirmar que en estos turbulentos años de la formación de Europa la Iglesia prestó un inapreciable servicio en esta tarea casi fundacional, algo que no fue necesario en los cuatro primeros siglos, pues el Imperio Romano proporcionaba una estructura política sólida y fiable a los territorios que, después, se convirtieron en Europa. Claro que sería útil preguntarse si la misión de la Iglesia es prestar su ayuda y su prestigio, subsidiariamente, a la estabilidad política de los pueblos. En la época que hemos observado, esta tarea ayudó a la evangelización y a la propagación del cristianismo. Pero fue el inicio de una situación peligrosísima para la comunidad de los discípulos de Jesús: que se tuvieron que mezclar con el Poder, así, con mayúscula, y no parece éste el mejor camino para proclamar, e intentar vivir, ni las Bienaventuranzas, ni el Sermón de la Montaña. Y a partir de ahí toda la misión de la Iglesia de Jesucristo quedó hipotecada a esa servidumbre, de la que hasta el Concilio Vaticano II no intentó liberarse, algo que no ha conseguido todavía, aunque hay brotes verdes de esperanza con la actitud y el estilo del papa Francisco. 

Jesús Mª Urio Ruiz de Vergara 

 

 

 

La Iglesia cristiana se convierte en Religión (con el estamento clerical ostentando y manejando el poder)

(.. y, por tanto, alejándose del Evangelio)

Prometí el otro día escribir la 3ªparte de este largo artículo, y lo anuncié con el siguiente contenido, que bien puede ser el título, aunque lo tendré que recortar: “momentos cruciales en los que se ha ido dando, o, incrementando, ese viraje a la religiosidad natural”. La tesis fundamental de este artículo, siguiendo la lúcida crítica-denuncia de Aradillas sobre “esta” Iglesia que se acaba,  es que en los momentos cruciales de cambio de los “signos de los tiempos“, la Iglesia, no como “Misterio de salvación en el mundo“, sino en su lado Institucional y organizativo, es decir, en el ejercicio desarrollado por la Jerarquía de la Iglesia, ésta no fue virando en la dirección del Evangelio, es decir, respetando en la realidad, no en la teoría, la Revelación, sino hacia el lado de la Religión, de la religiosidad natural Lo vamos a ver en los siguientes pasos, o momentos.

1º Paso: Salida de la persecución, e inicio de la organización eclesial (siglos IV-V)

Como recordé en la primera parte de esta entrada, la Iglesia dejo de ser perseguida a partir del Edicto de Milán, del emperador Constantino, año 303, y fue declarada religión oficial del Imperio Romano en el Edicto de Tesalónica, de Teodosio, el año 390. En ese momento sí que “los signos de los tiempos” cambian radicalmente para la Iglesia. Hasta ese momento la comunidad cristiana había sido mas que razonablemente fiel al evangelio, y acabó convirtiendo a la mayoría de las gentes del Imperio por esa fidelidad, sobre todo en dos puntos: la defensa de su fe, hasta el martirio, y el cumplimiento del amor al prójimo, hasta ser motivo de comentarios favorables y admirados por parte de los gentiles, hasta terminar éstos por reconocer con admiración, “¡mira cómo se aman!”. en los momentos de persecución y de zozobra habían practicado hasta el heroísmo uno de los polos de la antinomia que más arriba señalé: el hacer la ruptura con la cultura y los valores mundanos de la época, unos tiempos, no lo olvidemos, de esclavitud, de brutalidad, y de desprecio por la vida de los demás. Con el amor al prójimo y el martirio los cristianos consiguieron encajar los dos lados aparentemente contradictorios: la fidelidad a los signos de os tiempos, y la denuncia, hasta llegar ala ruptura, de los valores sociales dominantes. Y en ese estilo de vida no hicieron ninguna concesión a una deriva hacia la religiosidad natural, sino fueron enormemente coherentes con los principios de su Revelación.

  • Esa actitud ejemplar y coherente con la fe se empieza a agrietar al final del siglo IV. Hay que reconocer, en honor a la verdad y a la lógica de los acontecimientos, que los encargados de las comunidades, los jerarcas de un incipiente clero, se encontraron con un problema de difícil solución: el decreto de Teodosio, él mismo cristiano, y miembro activo de la comunidad, pretendió ser constituirse en un gran favor para la nueva Religión oficial, pero significó un  tremendo escollo y obstáculo. Nadie podía ser bien visto si se mantenía, públicamente, ajeno a las nuevas creencias, y, lo que era peor, nadir podía pretender ser funcionario romano sin bautizarse. Y no   había ni mucho tiempo, ni personal suficiente, para esa tarea. Así que fue decayendo una de las joyas de la comunidad cristiana de los primeros tres siglo y medio: la catequesis, y la plena consciencia con la que los catecúmenos llegaban al Bautismo. Esto significó un escollo insalvable, que, desgraciadamente, ha llegado, con diversos altibajos y alternativas, hasta nuestros días.
  •  En esos largos años, casi un siglo, hasta la muerte del San León Magno, año 461, las dificultades anunciadas en el párrafo anterior fueron derivando, hasta los que yo llamo la gran traición: los cristianos fueron adaptándose a los “signos de los tempos” sin provocar el enfrentamiento contra los valores dominantes del esos siglos turbulentos, cayendo, poco a poco, en una relajación cada vez ma´s alejada de los valores evangélicos. Y, no sabemos exactamente en qué fecha, pero es por esta época, cuando “seducidos por las facilidades de este mundo” , como había alertado San Pablo a sus comunidades el siglo primero por muchos menos motivos, y admirando el brillo social del aparato religioso clásico, cuando en todo el Nuevo Testamento (NT), ni un solo cristiano había sido denominado sacerdote, -calificación reservada a los sacerdotes judíos del templo de Jerusalén, y a los  paganos de las diferentes dioses del Imperio, y título reservado exclusivamente a Jesucristo, “Sumo y Eterno Sacerdote” (esta es la tesis de toda la carta a los Hebreos), por fin en la comunidad cristiana entra el concepto, y oficio, y control, y poder de los “sacerdotes”, hasta ese momento llamados, simplemente, “presbíteros”, presidentes de las comunidades, o “epískopos“, encargados y responsables de las mismasPor fin   se había perpetrado la gran traición, con el resultado del nacimiento de un aparato clerical cada vez más poderoso, hasta llegar a serlo del todo, es decir, verdaderamente “todopoderoso”.
  • Este proceso culminó en la figura de San León Magno, gran pontífice desde los postulados históricos convencionales, pero nada coherente con la predicación y los hechos de Jesús, con su famosa observación, “los que gobiernan las naciones dominan a las gentes, y abusan de ellas, y viven en los palacios: con vosotros, que no sea así”. Es decir, que no caigáis en la tentación del poder. Con León Magno el matrimonio de la Iglesia Institución con el poder se consuma: se impone a los Patriarcados (Jerusalén, Antioquía, Alejandría, y Constantinopla), que hasta entonces habían sido considerados iguales en jurisdicción y servicio al de Roma, siendo éste homenajeado cortésmente, pero sólo con cortesía, como “primus inter pares“, (primero entre iguales), impulsando el primado de la sede romana; se convierte, desde su encuentro con Atila, y después en Roma con los vándalos de Genserico, en la principal referencia del poder político en Europa, y, para rematar el parecido y la grandeza de su pontificado, asume el título de “Pontifex máximus“, que ya había sido abandonado por los emperadores. Y si es verdad que el Imperio Romano de occidente no cae hasta el año 476, con Odoacro, el pontificado del papa romano ya se había auto proclamado su guardián y sucesor.

(Lo siento, pero tendré que continuar).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

Los signos de los tiempos

(2ª parte de “La Iglesia que se acaba“)

Introducción: Si según Aradillas, nuestro autor, “los signos de los tiempos ” son “Palabra de Dios”, nos enfrentamos enseguida con una aparente contradicción, o, tal vez, la antinomia sea real e insalvable. Por una parte, la comunidad creyente, tanto la hebrea del Antiguo Testamento, como la nueva, del Cristianismo, tuene que convivir, y hacer simultáneas, dos experiencias contrarias y contrapuestas: A), por una parte, tiene que adaptarse a los cambios que el tiempo va produciendo, inexorablemente, en la vivencia de la Humanidad. y, B), por otra, la Palabra Revelada propone, y provoca, siempre, una ruptura con las constantes, y modos y estilos de comportamientos sociales que solemos llamar valores representativos de una cultura. Veamos los dos aspectos detenidamente.

A)  difícil adaptación de la Religión a los cambios.

Una de las diferencias, para mí esenciales, entre Revelación y Religión es que ésta se apega, como una lapa, a la repetición de gestos, rituales, modos de pensar, de actuar, y de juzgar los acontecimientos, porque en esta repetición encuentra seguridad y fortaleza. El cambio es visto como un peligro, y por ese motivo es considerado como una traición a las “esencias constitutivas del hecho religioso“. Todavía está en la mente de todos las reacciones viscerales de nuestros fieles ante las reformas del Concilio Vaticano II en las celebraciones litúrgicas de los sacramentos, cuando repetían, convencidos, “nos van a quitar la fe”. Y mucho de este miedo e inseguridad, por cuestiones menores, como celebrar la Eucaristía en lengua vernácula, de cara al pueblo, por abandonar la sotana, y vestir con normalidad como la gente seglar, por modificar las normas tanto del ayuno de penitencia como del eucarístico. Efectivamente, los ritos, las ceremonias, la Liturgia, en general, que es lo más, ¡o lo único!, conocido de verdad por los fieles, por su reiteración  frecuente y periódica, crean en los que frecuentan esos ritos una especie de rutina que blinda a los que practican la Religión contra el peligro, o la tentación, o la simple curiosidad de cualquier cambio significativo en el procedimiento ritual, porque la reiteración igualitaria de unas acciones rituales, en el campo de la Religión, revisten, para el practicante, un aura sagrada e intocable, inmune a alteraciones, que serían consideradas, por en inconsciente colectivo religioso, como una profanación.

En este entorno de religiosidad la adaptación a los cambios es problemática, pero hay que explicar y dejar bien claro que aunque hablemos de “adaptación a los cambios que traen los tiempos nuevos“, al estilo de la expresión “ponerse al día”, o “aggiornamento” conciliar, no es el tiempo el que cambia, sino que, con su paso, muda, a veces sustancialmente, la cultura, la moral, el arte, y la vivencia socio-económico-política de las diversas comunidades. Antes, éstas, podían estar aisladas y defendidas de las influencias exteriores; hoy los cambios, con la globalización, afectan, ya a toda la humanidad. y, no es muy extraño que, muchas veces, después de provocar reformas y cambios, los más apegados a los modos tradicionales, den marcha atrás. (Un ejemplo claro de esta contra-reforma la hemos vivido, y la estamos viviendo todavía en la Iglesia, con la “vuelta atrás”  perpetrada en el período pos-conciliar, auspiciada por las fuerzas más tradicionales y conservadoras, abanderadas por el papa Juan Pablo II, hijo de la comunidad eclesial más fiel y leal a su historia cristiana , como es la Iglesia polaca).

B) Respuesta a la necesidad de cambio propuesto por la propia Revelación.

En la Revelación las cosas discurren de otra manera. El tiempo, y las mudanzas que éste provoca, en el  ámbito religioso, es dirigido por la inexorabilidad de los acontecimientos, a los que los seres humanos se adaptan, y par cuya interpretación la propia Religión les proporciona un código que tranquiliza su ansia de sosiego y de certezas. Pero no tienen el secreto, ni el poder, de dirigir esos cambios que el tiempo empuja. Solo con el lento despertar, primero, y, después, desarrollo de métodos científicos, el ser humano se va acoplando, explicando, y viviendo con cierta seguridad, los cambios traídos por el tiempo. Incluso, los hombres religiosos, que disminuyen en proporción geométrica inversa a la velocidad con que avanzan los conocimientos científicos, encuentran en su vertiente Transcendente, un ancla, y un soporte que afianza su seguridad.

Yo mantengo, con insistencia, reiteración, y, lo reconozco, con cierta pesadez, la diferencia entre religión y Revelación, idea que fue muy recurrente en la época del Concilio, y que, después, los pudores de ciertos teólogos y pensadores cristianos por no aparecer, ni señalarse como diferentes, o de más alta calidad religiosa y humana que los miembros de religiones naturales, u otras religiones, dejaron de lado esta diferencia. Pero mi opinión es que muchas de las cosas que Antonio Aradillas encuentra, ¡y tan bien explica!, en su larga obra de estudio, reflexión y divulgación, suceden en la Iglesia porque hace mucho tiempo el cristianismo vivió, y en muchos círculos populares, y hasta clericales y jerárquicos, sigue viviendo la Revelación como una Religión. Este grave desvío, constituye, a mi modo de ver, en el más grave error que ha cometido la Iglesia, en toda su Historia. Y, desgraciadamente, ha sido la jerarquía la que ha conducido, sobre todo en la falta de acomodación a los “nuevos tiempos” de la libertad, para la vida de la fe, que provocaron, en el siglo IV, los edictos de Milán, de Constantino, en 313, y de Tesalónica, de Teodosio, en 380. A partir de ese final del tercer siglo, después de casi trescientos años de intensa experiencia de fe, eclesial y comunitaria, y de fidelidad a la Escritura, y, sobre todo, al Evangelio, y a la predicación de los apóstoles, comenzó la deriva hacia el “modus vivendi religiosus” (modo religioso de vivir), que en gran parte del  pueblo cristiano ha perdurado hasta nuestro días, y en el orden institucional de la enseñanza y del Gobierno, hasta el Vaticano II)

(Otro día escribiré la 3ª parte de este artículo, destacando momentos cruciales en los que se ha ido dando, o, incrementando, ese viraje a la religiosidad natural).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

La Iglesia que se acaba…

Antonio Aradillas, a sus ochenta y muchos años, ha presentado su libro nº 90, ¡sí!, están leyendo bien, con el sugerente y no poco provocador título de “La Iglesia que se acaba”, lo que no quiere decir, como él mismo explica, que la Iglesia se acabe, sino que “esta Iglesia, con la estructura, la organización, y la mentalidad actual”, está llamada a terminar, y lo deseable es que sea más pronto que tarde. Antonio es un viejo y aguerrido periodista, que ha desarrollado siempre un periodismo que podemos denominar perfectamente “periodismo de denuncia profética”, que lo llevó a ser perseguido y condenado varias veces por la Jerarquía eclesiástica. Denunció temas tan delicados y explosivos como los procedimientos censurables de los tribunales eclesiásticos, sobre todo en temas de declaración de nulidades matrimoniales, la pederastia, el secretismo a las secularizaciones presbiteriales, y otras muchas actuaciones curiales, de los dos niveles, la vaticana y las diocesanas. Eso le valió, a poco de comenzar la transición democrática en España, ña “suspensión a divinis”, que consiste en prohibir a un cura todo ejercicio pastoral y sacramental. Nunca se dejó arredrar, y la mejor prueba es la presentación, ayer, de este su nonagésimo libro presentado an Madrid. Critica en la Iglesia muchas cosas concretas y particulares

Pero si intentáramos resumir en puntos más generales su denuncia, yo señalaría dos temas, que abarcan mucho campo, y que son causas profundas de los desvíos múltiples que en que cae después la comunidad eclesial. Estos temas son: la falta de democracia, en la Iglesia, y la torpeza, o la falta de atención, de interés o de reconocer la importancia , de “la adaptación a los tiempos”, el famoso eslogan del Vaticano II, clamando sobre la importancia de leer y respetar “los signos de los tiempos”. Se refiere a ambos fallos con frases y palabras claras y significativas, como “En la Iglesia no se puede decir más que amén, tanto el cura como los feligreses”, en lo referente a la Democracia. Y en cuanto a  la acomodación y adaptación a los cambios y signos de los tiempos, estas bellas y profundas palabras, Los tiempos, para Aradillas, son “palabras de Dios“. Y no interpretarlos adecuadamente, ni adaptarse con inteligencia a ellos dificultará la misión evangelizadora a la que se debe de lleno la Iglesia.

1º) Se oye con frecuencia que la Iglesia no es una Democracia, pero no se escucha que tampoco debe de ser una tiranía, y un despotismo ideológico, moral, filosófico y teológico. La Iglesia tiene, y debe de respetar, una guía segura e indeleble: el Evangelio, las palabras y los hechos de Jesús, y el proceder de la Iglesia primitiva, que es, siempre nos lo han repetido en los seminarios y facultades de Teología, un “paradigma perpetuo”, un ejemplo perdurable para todos los tiempos y épocas de la Iglesia. Y eso no querrá decir que no haya que estar atentos al devenir de la Historia, y al respeto debido a sus transformaciones profundas e inacabables. Y pone un ejemplo bien pintoresco, que nos hace reír, pero que acaba provocando un tremendo fracaso en la credibilidad de la Iglesia, sobre todo jerárquica. La Iglesia que se acaba es la de la inexistencia de un régimen democrático tanto en la Iglesia-institución como en la Iglesia-Estado; “la de las tiaras, báculos, solideos, capas magnas con brocados y cucullos, con báculo y muceta, coronados con la mitra, el símbolo de los generalísimos persas y de los sumos sacerdotes”; la de la “infalibilidad pontificia” (ya relativizada por el Papa Francisco); “la de vivir ajenos al pueblo en palacios obispales; la de situar aun en mantillas la teología del laicado, impidiendo además –lo que el autor califica de aberrante– el acceso pleno de la mujer a la Iglesia; la de olvidar que la doctrina de la Iglesia debe interpretarse a la luz del evangelio, no del código de derecho canónico”

Aunque la Iglesia no sea, formalmente, una democracia, con votaciones periódicas, etc., esto no quiere decir que no se puedan aprovechar, con magnífico resultado, instrumentos que el estilo democrático nos proporciona. Esto ya se hizo en muchos momentos de la Historia de nuestra Iglesia, como vemos en la Iglesia primitiva, en a libertad con a que se expresaban en el “Concilio de Jerusalén”, en la claridad y transparencia con la que actuaban, como apreciamos en los “Hechos de los Apóstoles”, y en la sinceridad y amor a la verdad, abandonando secretismos y penumbras sombrías, a la hora de contar. El autor de los Hechos nos oculta que hubo “violentas discusiones”, y los Evangelios no esconden el terrible reproche se Jesús a Pedro, -¡apártate de mí, Satanás!, porque no opinas según el Espíritu, sino según la carne“-, ante el escándalo y el rechazo de Simón al anuncio de la Pasión del Señor. Como no ocultan ni la traición de Pedro, ni la persecución de Pablo, en actitudes profunda y eminentemente democráticas, porque la Democracia no es solo votar, (como muy bien le recordó ayer una politóloga danesa a Puigdemont), sino en la igualdad de trato a todos os miembros de la Comunidad, sin ser considerados algunos de ellos, en nuestro caso los laicos y el clero bajo, incapaces de saber, y comentar, ciertos secretos ¡¡¡importantísimos!!!, para los que solo están preparados los altos jerarcas. Y así surgen las redes auto protegidas de pederastia, de abusos de poder, y de desmanes antievangélicos.

Además es curioso observar que la rotunda, e irreversible, negación de loa comportamientos democráticos en la Iglesia ha quedado en exclusiva en lo referente a la composición, actuación, debates, coloquios, y discusiones de la alta Jerarquía, vaticana y diocesana. Algo que “al principio no era así”. Y que, por cierto, tampoco han abandonado por entero, sin más bien muy poco, las órdenes u congregaciones religiosas. Es maravilloso comprobar como las carmelitas eligen los principales cargos del convento, en voto secreto de todas las religiosas, también las antiguas legas, figura que le Concilio hizo desaparecer, o como los dominicos tienen el mismo procedimiento con una reiteración prevista por su Regla, como en general sucede en todas las familias religiosas. Sería muy útil, bello y productivo que la Jerarquía propiamente clerical, que no existió, como tal, y como ahora la conocemos, en los tres primeros siglos, imitase, humildemente, los procedimientos democráticos de los monjes, frailes, y religiosos.

(Sólo he podido, por no extenderme mucho, tratar el tema 1º, sobre la carencia democrática. Mañana, o un día de éstos, trataré el 2º tema, sobre el respeto a los signos de los tiempos).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

Me decepciona, y entristece, la Conferencia Episcopal

La Conferencia Episcopal Española (CEE) no como una entelequia, sino como un Colegio de obispos, sucesores, de los apóstoles, columnas de la Iglesia. De la CEE, y de cada uno de sus miembros. No sé para que sirve la COPE, además de radiar cada día la Eucaristía, y pagar un pastón a profesionales del periodismo, que lo serán, pero alejados años luz de profesionales cristianos, o parecidos en algo al Evangelio. Escribí el otro día, 08/01/2018, el artículo “Me avergüenza la COPE” , en el que contaba el grave error cometido por la Cope, una emisora propiedad de instituciones eclesiásticas, con mayoría de acciones de la Conferencia Episcopal, insultando de manera inaceptable,. injusta, e inaguantable, a un colectivo de Vallecas, con motivo de una carroza  de la Caravana del día de Reyes, llamando, a sus creadores y actores, “maricones de mierda”. Yo preguntaba si esos , para mí pseudo periodistas, Luis del Val y Fernando Jáuregui, imaginaban a Jesús pronunciando esas innobles y miserables palabras.

Pero también aseguraba en esa entrada que si no me hacían caso los miembros de la Comisión episcopal encargada de la Cope, que suponía, y supongo, que exista para mirar de cerca la emisora episcopal, insistiría hasta la comisión permanente, que sera mi próxima nota, y si tampoco apreciaba ninguna respuesta, dedicaría un artículo directamente al presidente de la Conferencia, D. Ricardo Blázquez, Cardenal. No oigo la Cope, ¿para qué, a tenor de laos comentarios que oigo a algunos de mis feligreses?, así que no sé si desde las ondas la emisora ha presentado sus disculpas, y en este caso, entre gente que nos llamamos y queremos ser cristianos, ha pedido perdón. Pero algún obispo podía haber salido a la palestra para increpar a esos periodistas mal educados e insultantes, y, al mismo tiempo, pedir perdón y disculpas, porque si no, la gente se siente invitada a pensar que todos están de acuerdo con esos improperios.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara