7ª) Estudiar la utilidad y conveniencia de la confesión frecuente de los jóvenes y de la dirección espiritual ….

…. actividades sin fundamento teológico ni histórico-bíblico en la Iglesia.

Esta primera frase del artículo era, como se puede apreciar, parte del titulo. Pero resultaba largo, y perfectamente dispensable. Así que ha pasado a ser algo así como un subtítulo, y un arranque fuerte y significativo del texto. Hablamos ahora de dirección espiritual, y confesión frecuente porque, a pesar de que estas actividades se van perdiendo, -¡gracias a Dios!, en mi opinión-, el hecho es que ha llegado hasta nuestros días, fruto de una sensibilidad socio-eclesial, o tal vez haya que llamarla “eclesiástica”, que nos es lo mismo. como me afané en explicar En la entrada de este blog titulada  “La falta de curas no es el gran problema de la Iglesia”,  que ya iba seguida de un subtítulo muy claro y evidente, (“Breve meditación sobre lo eclesial y lo eclesiástico”), me afané en explicar que lo “eclesial”, mucho más noble y teológico como misterio de salvación que “eclesiástico”, institucional, funcionarial y organizativo, son puntos de vista muy, pero que muy diferentes.

Es más, podemos afirmar con poco margen de equivocación, que ese cambio de sensibilidad, que ha ido dejando de lado la confesión frecuente y la dirección espiritual, entre la inmensa mayoría de los fieles, exceptuando a unos pocos, miembros de organizaciones eclesiásticas que priman toda vía mucho el sentido de obediencia y sumisión a los superiores, ha ido paralelo con la cultura moderna, que he ido poniendo el foco en:  A), los derechos humanos, entre los que brilla la libertad de conciencia; B), en el respeto casi sagrado, o sin casi, a la privacidad personal; C), en la aceptación del enorme, complejo, y misterioso mundo de los aspectos más oscuros, más desazonadores, y, a veces, más de lo que nos gustaría imaginar y aceptar, más peligrosos, de la psicología humana; D), y, para acabar, el hecho de ofrecer, y confiar más, para estos asuntos, en tratamientos profesionales, desde la psicología y la psiquiatría (médica), que en las buenas intenciones, teñidas y contaminadas de prejuicios morales y religiosos, que entre los siglos XVIII hasta finales del XX, venían ejerciendo los eclesiásticos.

Como decía, esto ha llegado hasta nosotros. Yo entré en el seminario el año 1952, y, a pesar de que sería muy difícil, por esos años, encontrar una Congregación religiosa más complaciente y comprensiva que la de los Sagrados Corazones, en nuestro Seminario de Miranda de Ebro nos tocó una época muy turbia y complicada, con confesión semanal prácticamente obligatoria, y dirección espiritual un poco más laxa y dúctil de cumplimiento, pero de gran relevancia e influencia institucional. El resultado es que, según los parámetros de la época, hoy felizmente superados por todos los que en aquellos días los sufrimos, en la lucha adolescente de lidiar con el nacimiento de la sexualidad, era muy difícil, pero mucho más de lo que hoy alguien que no lo haya vivido pueda imaginar, cumplir con todos los requisitos de la imponente seriedad sacramental que nos enseñaban. Así que la angustia de vivir en pecado mortal permanente, y en una serie ininterrup0mida y siempre alimentada de sacrilegios, por falta a la integridad de la acusación en la confesión, y comulgar después con esa conciencia pesada y aviesa, se podría convertir o en una losa pesadísima, o en un desprecio y sarcasmo contra normas que, paulatinamente, íbamos dejando de lado al tomar conciencia de su inconveniencia, y hasta de su falta de soporte válido teológico-bíblico.

El concilio Vaticano II ayudó mucho a despejar dudas teológicas, bíblicas, éticas, morales, y, sobre todo, de capital importancia en el tema que trato, psicológicas y comportamentales. Hoy la mayoría de las personas que frecuentan las misas dominicales comulgan, pero nadie confiesa. Es que hay que informar bien a los fieles, y no tenerlos sometidos a un tratamiento infantil, provocando y resucitando miedos innecesarios, y sobre todo, injustos, para los que quieren seguir las enseñanzas de Jesús, y conocen, rezan, y dan gracias al Padre, que es nuestro, de todos, que es maduro, bondadoso y misericordioso, “lento a la cólera y rico en Piedad”, y considera a sus criaturas como su gran tesoro. ¿Quién podrá apartarnos del Amor de Dios, … manifestado en Cristo Jesús? (Rom 8, 35)

Pero estamos en presentar propuestas para la erradicación, lo más definitiva posible, de la epidemia de pederastia clerical que ha asolado, y se supone que sigue todavía actuando, la que no ha aparecido en los medios de comunicación. En la edad infantil en que sucede la imposición abusiva de los clérigos sobre niños que confían, y veneran, hasta en demasía, a sus formadores, vigilantes, educadores, orientadores y guías, y ministros sagrados, una de las situaci9nes que más se ha repetido es la relación de confesor y confesado, director espiritual y dirigido, con la relación primero de absoluta confianza por parte de los niños, consecuencia trágica muchas veces, pero por eso mismo casi sacrílega, de la dignidad, sacralidad y misterio profundo, entrañable, y como consecuencia, personal íntimo y rodeado de cautelas y secreto, inherente a esas actividades de conciencia. He ahí un caldo de cultivo que, me parece, es menester eliminar, y cortar por lo sano, en la relación clérigo-niño o adolescente dirigido, con todos los condicionantes que hacen de esa relación, por su secretismo, muy difícil, casi siempre imposible, de que venga a la luz, sobre todo rodeada las defensas que deberían ser un garantía de seguridad para los dirigidos, pero que se convierten en un muro inexpugnable para el conocimiento de situaciones tremendas, inmorales, y corrosivas para la tiernamente y edad de las que acaban siendo, de dirigidos sacramental y espiritualmente, en víctimas indefensas de la codicia y los impulsos libidinosos de clérigos adultos, que aprovechan condiciones idóneas, casi ideales, que les regalan, para perpetrar sus fechorías sexuales.

Lo que con estas líneas pido y reclamo es que no se conceda esas ventajas a las malas inclinaciones de la naturaleza humana más carnal y desatada que muchos clérigos, en su situación celibataria, puedan aprovechar, con el sigilo y secretismo que las propias condiciones de la relación confesor-penitente, director espiritual-dirigido, propician con casi total impunidad.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

Los pecados de “la oración a los santos” (I)

(“Les profesamos pleitesía, (a los santos) sin darnos cuenta del mayor de los errores: el escabroso morro de la idolatría”)

(Ando últimamente muy atareado, en una faena, además, que no me gusta demasiado, y de la que algo os hablé: la de convertir la parroquia en la que he servido como párroco 15 -quince- años!. A eso se junta el que exactamente ayer hicieron 50 años de mi ordenación de presbítero, o cura, -ya sabéis y lo he explicado el por qué en muchos pasajes de este blog, no me gusta nada la denominación de sacerdotes, porque o lo es, en esencia, sólo Jesucristo , -“¡único y eterno sacerdote!”, según la carta a los Hebreos, o lo somos todos los bautizados, por participación en el sacerdocio de Cristo. Así que no he tenido ni muchas ganas ni excesivos estímulos para escribir. Por eso os trasmito un artículo de ese laico cristiano, lúcido y consciente, que es Jairo del Agua. Firmo sus líneas una por una). 

(Jairo del Agua).- (Ruego encarecidamente que NO LEAN esta meditación los católicos de fe frágil, insegura, rígida o fanática. Va dirigida a quienes están convencidos del viejo principio: “Ecclesia semper reformanda”, es decir, la Iglesia ha de estar siempre reformándose. Creo que éstos podrán meditar con aprovechamiento cuanto expongo).

Primer pecado: Sacralizar y Empoderar

Cuentan que a un pescador de bajura le sorprendió un terrible temporal. Con toda lógica arrumbó hacia la costa buscando refugio. Al poco tiempo vislumbró la intermitencia de un faro y navegó a toda máquina hacia aquel punto luminoso.

Tan obsesionado estaba por alcanzar la luz que terminó embarrancando en las rocas al pie del faro. No se percató de que el faro anunciaba la costa pero también avisaba del peligro de un abrupto morro de rocas que había que sortear.

Tengo la impresión de que muchos católicos caemos en la misma prisa que el pescador de este cuento. Nos dirigimos a los santos conseguidores con interesada urgencia, como si ellos fueran la salvación. Les profesamos utilitaria “adoración” y pleitesía, sin darnos cuenta del mayor de los errores: el escabroso morro de la idolatría.

No salgo de mi asombro al observar la complacencia de los guías de nuestra fe ante esta “religión egoísta y tergiversada”. Pareciera que lo importante es que la gente se acerque a la iglesia. No importa si es para colgarse del badajo, abrazar gárgolas o untar el santoral.

Me llamarán protestante por escribir estas cosas. Pero es que nuestros hermanos protestantes -hermanos mal que le pese a alguno- tienen gran parte de razón, aunque se hayan deslizado por el extremo opuesto tirando a los santos con las telarañas que intentaban limpiar.

La verdad es que más que “protestante” soy un católico “protestón” porque no me gusta comulgar con ruedas de molino, ni ser manipulado por los poderes religiosos de turno. En eso imito el ejemplo de Aquél al que amo y pretendo seguir. Intento entrar por la puerta estrecha y huyo de supersticiones, supercherías y religiosidades de barro con supuestas soluciones milagrosas a gusto del consumidor.

Además soy devoto de un hermano santo sin fama de milagrero (al que nadie regala flores, lamparillas o limosnas) que me sopla cosas como ésta: “No apaguéis el Espíritu. No despreciéis las profecías. Examinadlo todo, y quedaos con lo bueno. Evitad toda clase de mal” (1Tes 5,19).

(Transcrito para El Areópago, por Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara)

 

 

La tremenda hipocresía en España

Políticos, periodistas, tertulianos, obispos, grupos y colectivos sociales, no encuentro, en mi desilusión, casi estado deprimido, no veo a casi nadie que se salve. La situación general, y con esta palabra quiero abarcar muchos campos: económico, político, social, ético, y, desde un punto de vista muy específico, y que me toca directamente, también eclesial; la gente llamaría a este último punto “aspecto religioso”, pero ya me he pronunciado muchas veces sobre este extremo: lo cristiano no es sinónimo de lo religioso, o mejor, es, casi, la negación de la Religión, con sus dios autoritario y vengador, sus sacrificios, sus ritos, y su moral estrecha e inmovilista. El Reino de Dios de Jesús es otra cosa muy diferente. Iré, pues, desarrollando, brevemente, los diferentes apartados que he señalado.

1º), En lo económico. La crisis ha golpeado brutalmente a las clases económicamente más frágiles, mientras que, por unas artes que deben de ser mágicas, las familias más acomodadas han aumentado escandalosamente la diferencia de su poder adquisitivo con la de los asalariados de nivel más bajo. Podemos decir, pues, en contra de la hipocresía oficial, que son las clases menos favorecidas las que han financiado la travesía de los años más tormentosos, una afirmación que si a alguno le suena a marxista, le diré que tiene razón, pues una de las tesis centrales de Marx, en su obra magna “El Capital” es la injusticia de la plusvalía del capital sobre el trabajo, hasta límites tan astronómicos como obscenos. Y la hipocresía de los economistas al servicio de las grandes empresas multinacionales y de los grandes capitales españoles consiste en fijarse, y no por casualidad, sino de propósito, en la cifras macroeconómicas, cuando es la economía de la calle, de supervivencia, de la cesta del mercado, la más difícil de cuadrar, porque atañe a millones de ciudadanos. Por eso, según el famoso informe de Caritas, al final de la crisis había aumentado en un millón el número de los afectados por el riesgo de exclusión social, es decir, había pasado de 13 á 14 millones de españoles. Una economía nacional, ¿puede ir bien, o excelentemente, según las autoridades, con esas cifras demoledoras de precariedad económico-social?

2º), En lo político. La hipocresía entre os políticos, tanto a nivel individual y personal, como colectivo, en los `partidos políticos, es, en .os ´días que corren, abrumadora. Hay dos partidos, el PP, y ciudadanos, que proclaman todos los días su interés y amor a la madre Patria, cuando sus proceder demuestra, o eso parece, todo lo contrario. Estamos cansados de contemplar cómo, proyectos que son evidentemente buenos para España y la ciudadanía, como el caso del techo de gasto, con el acuerdo  económico con la Unión Europea, ventajoso en 5.000 millones de euros, es rechazados hipócritamente por no sé qué dogma ideológico sobre el dichoso techo, cuando todos sabemos que tanto el partido azul de la Gaviota, como el naranja de Ciudadanos, lo rechazan simplemente por la autoría del acuerdo: el de un Gobierno que, por lo visto, no es el de España, sino de alguien que pasó por ahí, lo usurpó, al que ahora lo quieren empujar para que se vaya. Ora hipocresía flagrante: esos partidos de la derecho no paran de hablar del respeto a la Constitución, y de declarar al Parlamento la sede de la soberanía nacional. Y lo es, por lo visto, menos cuando por respeto a una disposición de esa misma Constitución, más de la mitad de la Cámara apoyó la Moción de Censura, provocada por la corrupción del partido del Gobierno, Censura ampliamente merecida, según la inmensa mayoría de la población. Tan hipócrita como insistir en que un ciudadano votado por más de la mitad de los representantes del  Pueblo no ha sido elegido por este mismo Pueblo. ¿En qué quedamos, los diputados son o no nos los representantes de la soberanía popular? Otro ejemplo indiscutible de hipocresía es la reacción de ambos partidos de la oposición ante el así llamado “atajo jurídico” que ha encontrado el Gobierno del presidente Pedro Sánchez para soslayar la mayoría apisonadora del PP en el Senado, cuando esa misma “treta” jurídica, como ellos la llaman, fue usada por el Ejecutivo de Mariano Rajoy en ¡23 ocasiones!  ¿Tan mal informados están los diputados y senadores de ambas formaciones, que no saben algo que es de dominio público?

3º), En lo social, y el mundo de la información. Siempre ha habido entre nosotros, lo españoles, la idea de que nuestro país es muy propenso a la maledicencia, la envidia y  la mala uva. Nosotros no hemos necesitado una especial era victoriana, en la que campease a sus anchas la hipocresía social, sino que esa época se ha ido extendiéndose y perdurando como una lacra. Ahora, con las redes sociales, el fenómeno se ha ido desarrollando como si lo abonáramos todos los días, y ha deparado el marco ideal para la maledicencia y la hipocresía, con sus amplios resortes de divulgación, y la protección de un cobarde anonimato. el desprecio a la verdad, y el culto a la creación, propagación y divulgación, con fines políticos, mercantilistas, o de agresiva competencia de falsas noticias,  fake news en la lengua del imperio, favorecen la expansión de una hipocresía social, que se va convirtiendo en materia de culto. No solo no se considera como una actitud inmoral y de una evidente y vergonzosa falta de ética, sino que como digo, se va sacralizando como método del debate público, y se alaba y exalta al que es capaz de inventar las historias más inverosímiles, si se tiene el poder de sostenerlas, y sacar  todas las ventajas de su difusión. El señor Trump sería un buen paradigma de loa que pretendo decir. Voy a poner un ejemplo sencillo: he oído al medio día en la tertulia de TVE a un tertuliano que defendía la teoría de que una de las principales tareas, y la primera en implantarse cronológicamente, de los diferentes Parlamentos era la de revisar las cuentas del Rey, y de cortar, o impedir, eventualmente, los gastos a realizarse con el dinero público. Así que, proseguía, admitiendo que el atajo que se propone el Gobierno para impedir el obstáculo de la mayoría popular aplastante en el Senado, tratándose de tema tan relevante, no debería poder usarse. Pero el tertuliano en cuestión ha olvidado, (¡¿?!) que justamente es el Parlamento, en España, el Congreso de Diputados, y que es una aberración política, la necesidad de la intervención del Senado, así como su ventajosa composición, fruto de una política electoral inicua e injusta. Sorprende el silencio de la mayoría de medios de comunicación, o la intervención con sordina, ante los abusos no tan pretéritos del Gobierno del PP, y de su tentativa descarada de querer mantenerlos desde la Oposición, como si de un patrimonio familiar, o tribal, se tratara. A esa actitud de la prensa, de alguna, más de la deseada, denomino yo hipocresía.

(Me he alargado en exceso. Continuaré otro día con los aspectos éticos y eclesiales).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

6ª) Privilegiar el acolitado adulto, (dejando el infantil para las Eucaristías con niños, acompañados por sus padres o responsables).

1º) Ésta va a ser una pequeña nota. A primera vista puede parecer una insignificancia, pero no lo es. Es suficiente recordar el motivo de estas propuestas a la autoridad competente en la Iglesia, que no es otro que el escándalo horrendo, más delito todavía que escándalo, de la pederastia clerical, que ha ido estallando, y ocupando tras el estallido las páginas de sucesos luctuosos de los medios de comunicación de todo el mundo. Y lo que caracteriza esa tremenda y sonrojante desviación es, justamente, la edad de las víctimas de esos abusos. Por eso resulta bueno y saludable recordar que en el estilo, y en las orientaciones litúrgicas conciliares del Vaticano II se da mayor énfasis a los acólitos adultos que a los niños, cuya frecuencia y cantidad llama  la atención todavía en las misas solemnes de nuestras parroquias, sobre todo en los eventos especiales, como las misas dominicales trasmitidas por televisión. Esta ocupación de los niños acólitos debería reservarse justamente a las denominadas “misas con niños“, (¡ojo!, no misas de niños, como algunos llaman, porque la Eucaristía,  es cosa, siempre, de toda la comunidad eclesial, y solo si son muchos, o por motivos especiales, se tiene ese dato en cuenta, se menciona en la expresión “misa con niños“). Pero las misas normales dominicales, y entre semana, que no suelen tener muchos, ni pocos niños, se deben apañar con las mismas personas, y solo esas, que participan de la celebración eucarística. Ese fue el criterio al que acudí para pedir a mis compañeros religiosos en esa parroquia para que no bajaran a la hora de la Comunión a ayudar en la distribución de la misma. Que lo podíamos hacer los que estuviéramos celebrando el ágape eucarístico, varones y mujeres.

2º) Los acólitos son, indistintamente, mujeres y varones. Antes no era así, pero siendo yo presbítero en la parroquia de los Sagrados Corazones de Madrid, años 1991-92, como vicario parroquial, y 1993-1996, como párroco, el papa Juan Pablo II publicó una disposición, decreto, o lo que fuere, no recuerdo el tipo de documento en cuestión, permitiendo a las mujeres el ministerio del acolitado en la Liturgia católica. Recuerdo ese evento porque lo cité, y comuniqué, a los parroquianos en las diversas misas que yo celebraba, para que no se extrañaran de la presencia de señoras, señoritas, jóvenes, y no tanto, en el servicio litúrgico, y que , por tanto, estuvieran en el altar como, acólitos/as, -que es la palabra técnica para denominar a los monaguillos-. Pero no consigo encontrar ese documento, ni tampoco he visto que  se haya cumplido en ninguna de las liturgias solemnes trasmitidas desde el Vaticano, o desde las grandes catedrales del mundo. En nuestra diócesis de Madrid, en una visita pastoral realizada a esa parroquia de los Sagrados Corazones de la que estoy hablando, por un obispo auxiliar, en la época del pontificado del arzobispo D. Antonio Rouco Varela, en la que desde años anteriores al 1991 las mujeres seguían ocupando su lugar en le presbiterio, el mencionado prelado censuró esa práctica. Por eso pienso que es importante que los fieles estén informados del permiso concedido por el papa Wojtyla, para evitar abusos por parte de clérigos que no permiten, con su actitud, que la Iglesia se vea despojada de ese halo que tiene de retrógrada e injusta con las mujeres. Por lo que pido a alguno de los lectores de este blog que si pueden, saben y quieren encontrar ese documento, nos harían a todos un gran favor. (1)

) Tener mucho cuidado con las escuelas de monaguillos, y actividades similares. Es seguro que no todos los presbíteros se dejan llevar por igual de sus apetencias y tendencias corporales, haciendo mención especial por las sexuales. Pero teniendo en cuenta que el refranero popular español enseña que “la ocasión hace al ladrón” es importante que los padres tengan los ojos bien abiertos, y que en esas reuniones de niños y niñas acolitandos/as, permítaseme el neologismo, si un padre o una madre no puede hacerse presente, o dos o más de ellos representado a todos las familias, que envíen una, o mejor, dos, personas de toda confianza, y con la suficiente personalidad para intervenir ante cualquier aviso o señal de peligro para los niños. No quiero, ni pretendo, ser agorero de peligros ni falsas alarmas, pero sí que recuerdo lo que afirmaba el arzobispo de Dublín en su carta al Papa: “No basta con pedir perdón. Las estructuras que permitieron o facilitaron los abusos deben ser aniquiladas, y aniquiladas para siempre”. Una de esas estructuras que ha demostrado no ser de demasiada credibilidad es esa ilimitada confianza que los seglares sencillos del “Pueblo de Dios” han profesado desde tiempos inmemoriales hacia los clérigos, con sus vestimentas, su seriedad y su aureola de gente por encima de cualquier sospecha. Los acontecimientos tan horrendos y repetidos por clérigos de abuso de menores ha demostrado que esa ingenua e ilimitada confianza puede significar una temeridad para poner a los pequeños en, alegremente, en riesgos que, con excesiva frecuencia, son reales, y pueden resultar catastróficos.

Jesús Mª Urío  Ruiz de Vergara

(1) Por la amabilidad y el trabajo de investigación de un lector de este blog, llamado Miguel,  hemos conseguido encontrar el documento del que hablo. Se trata de la “Carta de la Congregación del Culto Divino y Disciplina de los Carta de la Congregación del Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos de 15 de marzo de 1994 sobre el servicio al altar de las mujeres”. Según este documento los obispos podrán permitir a las mujeres hacer el papel de acólitos. Sería bueno que usaran esa potestad, no dejando al aire a los presbíteros, ¡muchísimos!, que toman esa iniciativa.

5ª) Revisión audaz de los procesos de preparación al ministerio, (y de la necesidad, utilidad, y conveniencia de los seminarios, tal como los entendemos).

1º) Hay que ser, por lo menos, mínimamente coherentes. Mejor sería que fuéramos coherentes al máximo, pero esto tal vez muy difícil, y provoque muchas y poderosas fuerzas contrarias. Pero si el Papa viene diciendo hace tiempo, con el asentimiento y aplauso de gran parte de los teólogos modernos, -no justamente de los escolásticos, o los que se han parado antes del Vaticano II, y de los pastoralistas abiertos a la gran evolución por la que está pasando la Iglesia-, si como decía, el papa Francisco viene proclamando que uno de los mayores males de la Iglesia es el “clericalismo”, y éste es una corruptela, y una desviación abusiva de las competencias del clero, la conclusión es evidente, y como decían los escolásticos, que para esto eran muy buenos, “ex evidentia patet“, acabemos con la existencia del clero, y habremos acabado con el clericalismo. En una de mis propuestas, la 1ª), “Eliminar la división canónica Clero-Laicado”, recordaba que el inicio de la existencia del clero fue una traición: convertir en Religión lo que Jesús había predicado como “El reino de Dios“, que podemos resumir como “el señorío de Dios en el mundo por medio del Espíritu de Cristo, instalado en el corazón de los seguidores del Señor”. Y este proyecto simple, sencillo, pero majestuoso, fue sustituido por una Religión más, con sus perendengues, su jerarquía, su poder, y  sus abusos de poder. Imagino que esta afirmación de “abuso de poder” no será rebatida por nadie que tenga una elemental idea de la historia de la Iglesia durante los siglos. No hace falta recordar ejemplos concretos de este abuso, que están en la mente de todos.

2º) Para acabar con el cuerpo clerical hay que empezar por abajo. Esta constatación nos lleva a dos puntos de origen, de arranque:

I), a revisar el sistema actual de reclutamiento y formación de los futuros ministros, es decir, a plantearnos el tema sensible de los seminarios. Este asunto ha tenido, desde que me conozco, y entré a formar parte de un seminario, que en el caso de la Congregación de los Sagrados Corazones, que en España se encontraba concretamente  en la ciudad de Miranda de Ebro, y que se llamaba con el bonito y sugerente nombre de Escuela Apostólica, ha tenido, como digo, una profunda y drástica evolución, que ya se intuía desde los años cincuenta, en parte como herencia y resultado difuso de la segunda guerra mundial, y la crisis desazonadora que produjo, con la destrucción de tanto joven europeo, y de tanta ilusión. En España, por su especial y lamentable situación social que provocó la guerra civil, se dio un fenómeno contrario al europeo: la pobreza y la dificultad de estudiar en los ambientes rurales provocó que los seminarios se llenaran de adolescentes y jóvenes, que no se sabe bien si buscaban preparase para el ministerio sacramental en la Iglesia, o terminar, por lo menos, los estudios de bachillerato, imposibles de cursar en el medio rural, el más prolífico y generoso en la respuesta a la “vocación sacerdotal“. La cosa es que no llegaron ni al diez por ciento los que  perseveraron hasta el final previsto de la ordenación por el sacramento del orden. Esa tendencia causada, entre otras cosas, por la primavera socio económico y cultural que provocó la euforia de un desarrollo económico nunca imaginado, ni existido hasta ese momento, se incrementó y agudizó con la profunda y revolucionaria crisis que provocó el Concilio Vaticano II, causante no ya de la progresiva despoblación de seminarios esplendorosos, por lo menos en número, como los de Vitoria y Pamplona, con más de setecientos seminaristas, -¡sí!, no es un error gráfico-, sino también con la desconsoladora espantada de ministros hechos y derechos.

II)  Y a plantearse, por fin, y decididamente, la ordenación de seglares, o laicos, varones y mujeres. Y digo seglares, porque lo seguirían siendo, pues el atendimiento del culto en la comunidad no les haría pertenecer a otro cuerpo, ni apartarse le la comunidad “laical”, este nombre tan bello y emparentado con la definición que el Concilio Vaticano II nos legó de la Iglesia, como “Pueblo de Dios”. Mentiría si afirmara que tengo alguna idea más o menos clara, concisa y practica para plantear con sentido y eficacia la sustitución de los antiguos seminarios. Pero una idea sí que puedo avanzar, y creo que puede dar algo de luz. La tomo de las comunidades de base que he conocido en Brasil, de muchos estilos, orientaciones pastorales, y hasta de ideas e ideales eclesiales. Pero es innegable, y todos los que han trabajado, o participado como miembros de esas comunidades, estoy seguro que afirmarán con solvencia que tanto los varones, como las mujeres, que de ambos sexos se nutría ese cuerpo de responsables de comunidad, cumplían a contento con su ministerio, con una dedicación, compromiso, celo y responsabilidad por lo menos de la misma, o ligeramente superior, naturaleza que la que conocemos de nuestros curas.

Reconozco que este tema que he abordado es de tamaña importancia, y de tan grandes e inesperados e inciertos resultados que me prometo a mí mismo estudiar, con oración y profunda meditación bíblica y eclesiológica, pero no puedo asegurar cuando me animaré a escribir con esta mayor y mas depurada preparación. Mi escrito de hoy es, solo, la tentativa de descorrer el tupido velo que cubre tanto prejuicio varonil, y, ¿por qué no decirlo?, clerical y machista, a los que estamos acostumbrados sin darnos cuenta.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

4ª) Anular la ley del celibato obligatorio de los ministros ordenados, y volver a la praxis de los primeros siglos.

He leído, un día de éstos, un artículo en “Religión Digital” que se titulaba así: “La Plaga de la pederastia clerical, una “bomba” contra la ley del celibato”.  Como escribí, tenía razón la periodista norteamericana   Nancy Huston , que afirmó en su carta al Papa, que los clérigos no tienen un tendencia especial a la pederastia por clérigos, sino por el tipo de formación que han recibido, con esa malsana obsesión sexual, que acaba presidida por la el estrella que desbarata todo índice de normalidad: la del Celibato obligatorio de los presbíteros diocesanos. Con esto me refiero a que los votos que profesan los miembros de las órdenes  e institutos religiosos, al menos en teoría, son inherentes a la vocación religiosa, aceptados libremente con la profesión de los votos escalonados, primero temporales y después perpetuos, por lo que, en su caso, sería más conveniente hablar de castidad y continencia, diferente del celibato obligatorio para poder ser presbítero o diácono, pero, de cualquier modo, íntimamente emparentados con la obsesión general que se vive en la Iglesia hacia el sexo. Los casos de pederastia, tristes y penosos, entre miembros masculinos y femeninos de órdenes e institutos religiosos, dan fiel testimonio de ese parentesco.

1º) El celibato no es una exigencia del Evangelio. El tema es, además de cansino, tan claro y diáfano que hasta sería insensato querer argumentar con seriedad la relación que pueda tener esa ley celibataria con las palabras y enseñanzas de Jesús, y/o de os apóstoles en los escritos neotestamentarios, o en la descripción que podemos encontrar en los “Hechos de los apóstoles”, y en los escritos apostólicos, de la vida de los primeros cristianos. Hoy nadie duda de que si no todos, por lo menos, algunos apóstoles, estaban casados. Y es preciso entender bien, y sin prejuicios, ciertos consejos más o menos conminatorios en las cartas de Pablo que puedan sembrar dudas. Por ejemplo aquel en el que determina “que el obispo sea marido de una ola mujer” (1ª Tim, 3,2). No es muy probable que en este texto Pablo reprimiera la poligamia, (tal vez una minoría de cristianos procedía de ambientes polígamos, algo poco probable), sino que es más probable e inteligible que el apóstol de las Gentes se refiriera a que un obispo viudo no se volviera a casar, por las pegas, tareas, y trabajos añadidos que esta situación podría acarrear al ministro de la Comunidad eclesial. Pero, de cualquier manera, esta recomendación no ofrece ninguna pista de que se tratara de un consejo de obligado seguimiento.

2º) Entonces, si no es una exigencia evangélica, ¿cómo entró la ley del celibato? No está nada claro, ni en los más apañados y ordenados historiadores eclesiásticos, cómo, cuando, y por qué comenzó el movimiento celibatario. Lo que sí sabemos es que, como sucede mucho en la Iglesia, y en muchas situaciones sociales y jurídicas, primero comenzó la praxis, y, después, vino la norma reguladora. Las primeras normas prohibían que el ministro ordenado se casara, pero no dejaba claro si se podría, o no, ordenar a hombres casados. Este extremo solo fue aclarado en el Concilio de Trento. Tampoco hay muchas dudas de que lo clérigos cumplieran satisfactoriamente esa ley tan restrictiva, en un tema tan sensible, a tenor de la profusa repetición de las prohibiciones que se repetían en los sínodos diocesanos, como prueba fehaciente de que la normativa eclesiástica no se cumplía. El historiador anglicano Henry Charles Lea comenta que, a no ser por la prohibición canónica, es muy probable que prácticamente todos los oficios eclesiásticos se habrían convertido en herencia de padre clérigo a hijo clérigo, a nieto clérigo. Lo que demuestra que las normas que emanaban de los sínodos locales se mostraban ineficaces. Pero opino que este historiador inglés  no tuvo la idea de la motivación económica para la ley del celibato, sino que fue la famosa escuela de Leningrado, otra vez denominada de San Petesburgo, la que, fiel a su guión de la influencia central de la economía en los fenómenos históricos, propagó la idea de la profunda y decisiva motivación económica en la implantación definitiva de la obligatoriedad del celibato.

3º) Faltaríamos a la sinceridad, y a la trasparencia que todos nos exigen a día de hoy en el tema de los comportamientos sexuales de los clérigos si ocultáramos que la importancia y la estima de la castidad ha sido más proclamada, cantad, exaltada y venerada que cumplida. Y no solo por los abusos inaceptables, horrendos y, sobre todos., delictivos, de pederastia, que han ido estallando en la Iglesia en los últimos cincuenta años, sino por la frecuencia de los comportamientos sexuales fuera de la normativa oficial, atestiguada por los reiterados llamamientos de los obispos, y sínodos, al abandono de comportamientos clara y abiertamente anticanónicos por parte del clero bajo y rural. Pero no nos engañemos, no solo de este clero tanas veces despreciado de “misa y olla”, sino sobre todo, y señaladamente, las orgías, desmanes y escándalos de la alta jerarquía, sin que la vaticana se quedara atrás en siglos y siglos del medievo, renacimiento, y tiempos más modernos. Es conocida, y vergonzosa, la expresión, de algunos frailes y clérigos nórdicos, coco Lutero, aparentemente más morigerados que los clérigos del sur de Europa, éstos más sanguíneos y apasionados, que aseguraba “Roma veduta, fide perduta“, (al conocer Roma, se pierde la fe).

Como conclusión, se deprende que: a), si el celibato clerical obligatorio no es consecuencia de de los valores evangélicos; b), si el soporte económico de la comunidad eclesial podría hoy tener otro planteamiento, con la real oportunidad de trabajo profesional “laico”, por decirlo de alguna manera, de los presbíteros casados; c), si la Historia demuestra que el clero, mucho antes de que  Freud  liberara y normalizara el discurso de la sexualidad, en los días de hoy casi hasta la exageración, era más devoto de la castidad de deseo y de proclamas, que de hecho; d), y si vemos hasta qué situación desesperada ha llevado el ejercicio oficial de la castidad a muchos clérigos,

se hace evidente la seria, cada vez más numerosa, y, desde luego, concienzuda petición a la Jerarquía de la Iglesia, y, en especial, al Papa, para que esta prohibición poco evangélica, y nada natural, sea anulada de la normativa eclesiástica. 

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara 

(Mañana lo completaré. Gracias por vuestra comprensión)

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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3ª) Profunda revisión de la doctrina, y pedagogía, sexual ¿”oficial”? de la Iglesia

  • La Iglesia no tiene doctrina oficial sobre temas de sexo. Efectivamente no basta pedir perdón. Hay que cambiar radicalmente enormes áreas de actuación en la pastoral, y de su soporte filosófico-psicológico-teológico. Me refiero, en caso, al tema del sexo, y de su explicación y pedagogía, o, tal vez, mejor, su no pedagogía en la enseñanza “¿oficial?” en la Iglesia. Pongo oficial entre comillas e interrogantes porque pienso, con determinación, y después de estudio y meditación de largos años, (¡más sabe el diablo por viejo que por diablo!), que la Iglesia no puede dispensar enseñanza oficial en el tema del sexo. Mi pensamiento, en el asunto de la relación de la autoridad de la Iglesia en los temas de moral o de ética, es suficientemente coherente para afirmar que no solo en el vidrioso y colorido tema del sexo, sino en todos los que implican decisiones personales que tienen que ver con la Ética y el comportamiento moral, el Magisterio de la Iglesia, en contra del parecer del mismo, y de la tradición constante de la jerarquía eclesiástica, no tiene, no, no me he equivocado, he escrito, y está bien escrito, y así queda, no tiene autoridad magisterial, al no tratarse de un asunto referente a la v0luntad salvífica de Dios. Así que el primer punto de esta propuesta es recordar que la Iglesia no tiene doctrina oficial en temas sexuales. Y que no es bueno, ni saludable, ni pastoralmente adecuado obsesionarse con el tema sexual, como ha sucedido en la Iglesia en los dos últimos siglos, por lo menos,  y obsesionar a las personas, comenzando por los propios educandos , y futuros educadores de niños y adolescentes,, porque “el que siembra vientos recoge tempestades“, como estamos viendo, desgraciada, y trágicamente, en las últimas, muchas, demasiadas, décadas.
  • El Magisterio de la Iglesia no es competente  para determinar cuales sean “buenas costumbres“. Es hora de que quede bien claro entre  los que pensamos, o lo pretendemos hacer, bajo el influjo y la iluminación bíblica, y de la evolución de la Teología, que la Ética, y los pensamientos morales, son autónomos, que ya pasó la época de la “Filosofia, ancilla Teologiae“, la Filosofía como sierva de la Teología, y que la Humanidad, tras largos y penosos esfuerzos, ha conseguido emanciparse de la tutela, poco comprensiva, y casi siempre pesada y nada misericordiosa, del Magisterio de la Iglesia en tema tan profundo y universal como el del comportamiento humano. A mí, personalmente, nunca me gustó, y mucho menos me convenció, la fórmula usada para explicar la Infalibilidad de los concilios ecuménicos, y, después, del Papa, en temas de “fe y de buenas costumbres”. Advertí, ya en mis estudios de teología, que esa fórmula era una usurpación, pero solo después de los avances en la sensibilidad social, y de la libertad de conciencia, me he atrevido a expresar firmemente, y ya lo he escrito varias veces en este blog, que el tema de la Ética y de la Moral es de la Filosofía y de la Sociología. Y que no solo es ridículo, sino improcedente, que sea el magisterio eclesiástico el que admita lo que está de acuerdo o no con las buenas costumbres, y si se puede o no mostrar, lo pongo a modo de ejemplo, hasta el codo, o el hombro, o, por abajo, hasta la rodilla, o mucho más, del cuerpo de la mujer. Además de ridículo es peligroso, que el Magisterio quiera o pretenda enseñar algo sobre lo que no tiene ninguna indicación bíblica, ni teológica pertinente. Hace ya mucho tiempo, ¡gracias a Dios!, y a la sensatez humana, que este tema ha sido resuelto a la luz de dos principios: el de la libertad individual, y de la muy bien denominada “alarma social”. Con estos principios básicos e indiscutibles, e indiscutidos, es suficiente para marcar la línea de las buenas costumbres. Y es algo que, evidentemente, corresponde a la sociedad civil, y al Estado. La jerarquía de la Iglesia ha confundido, demasiadas veces, lo que no le gusta, con lo malo, y lo que le gusta, con lo bueno. Y no hace falta mostrar los cientos de veces que se ha equivocado, tano en una como en otra y contraria dirección.
  • El sexo, en sí, y sin más, no es pecado. El ser humano es sexuado, y no pude ser pecaminosa sentir esa tendencia sexual, y practicar comportamientos sexuales. Pero sí puede constituir, en determinados supuestos, un comportamiento delictivo. Hasta hace no mucho tiempo la sodomía, no la tendencia, sino la práctica sodomita, era considerada delito. O, también,  la practica del sexo con determinadas personas la ley la considera delictiva, por ejemplo con un menor de determinada edad. Y, sobre todo, en casi todas las legislaciones del mundo, se considera delictivo el uso de la violencia y la intimidación para conseguir un favor sexual, es decir, la falta de consentimiento de la otra parte es causante de un comportamiento delictivo. Esto nos indica no que determinadas acciones sexuales, como tales,  sean pecado sexual, sino que el sexo es una tendencia tan fuerte, y provoca una actividad tan compensatoria, que puede ser motivo de abuso, de injusticia, de violencia, de humillación de la otra parte. Entonces no se trata de pecado sexual, sino de pecado de abuso, de injusticia, de violencia, y de actitud humillante  o denigrante contra otra persona. Uno de los motivos por los que alguna de las misivas que se han enviado a Roma, o al Papa directamente, en estos días, ha sido por calificar la lacra de pederastia clerical de “pecado horrendo“, o con otras denominaciones supuestamente execrables en el ámbito de la mal llamada moral católica, y no llamarlas, directamente, “gravísimos delitos“, que lleva, como consecuencia, a tremendas penalizaciones, que no se solventan con un devoto retiro espiritual.
  • (A modo de nota clasificatoria, un recuerdo de las denominaciones bíblicas referente al sexo. Todos recordamos que el catecismo, y los/as catequistas, definían la prohibición del sexto mandamiento  como “no cometerás acciones deshonestas“, y el noveno como “no desearás la mujer de tu prójimo”, prohibiciones que la Biblia no denomina así. En el terreno de los hechos la prohibición sonaba de esta manera: “no cometerás adulterio”, y en el de los pensamientos e imaginaciones, la prohibición era mucho más amplia que prohibir el deseo de la mujer del prójimo, pues determinaba muchos más objetos de deseo prohibidos: “no desearás ni el buey, ni la esclava, ni la mujer de tu prójimo” , lo que significa que la prohibición trataba de evitar la injusticia que un persistente y mantenido deseo podría provocar contra el prójimo. Pero el acto sexual, como tal, no era prejuzgado como pecaminoso, sino el agravio, y la injusticia y deslealtad contra otro ser humano. La variación en la formulación del catecismo, con la desaconsejable fijación en lo puramente sexual, es un claro síntoma de los tristes y desviados derroteros que ha trazado la Iglesia en los últimos tiempos).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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2ª) Urgente puesta de la mujer en el lugar que le corresponde en la Iglesia, según la estadística, la sociología, y la psicología

No se puede eliminar de las acciones ministeriales, para las que todo bautizado está habilitado, “Porque todos vosotros sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, ya que todos vosotros, que fuisteis bautizados en Cristo, habéis sido revestidos de Cristo. Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos vosotros no sois más que uno en Cristo Jesús“. (Gal 3,26-28). Ante enseñanza tan clara y valiente, -progresista, podíamos decir, pues en los años 40 la Iglesia, tan homófoba actualmente, se adelantaba 2000 años a la ley de Igualdad-, no puede haber excusas ni vetos canónicos para retrasar el reconocimiento, no la concesión, de un Derecho inalienable, que nunca debería haber sido puesto en tela de juicio. Entendemos el atraso, no solo en la Iglesia, sino en todos los ámbitos de la sociedad. Pues, salvo raras excepciones, la mujer era considerada, en el mejor de los casos, como un ser humano de segunda categoría, incluso por una mente tan preclara como la de Aristóteles. Pero sobre este tema, y sobre la evolución histórica de la sensibilidad social y ética, hay que anotar varias cosas.

  • Jesús fue un adelantado en su trato con la mujer. Los evangelios resaltan siempre que en el grupo de Jesús, que era claramente itinerante, siempre había un grupo de mujeres, con sus nombres, que lo siguieron hasta el final, incluso más que los apóstoles varones. De hecho, éstos, en el momento culminante de la Cruz se evaporaron, escondidos por el miedo a las consecuencias de ser discípulos y constituyentes del grupo de un renegado, condenado, no sin cierta irregularidad, es verdad,  por la legítima autoridad del Sanedrín, y presentado a la autoridad romana para ser ejecutado.
  • Es destacable cómo, en los últimos días de Jesús, en las horas de la Pasión, las mujeres adoptan un protagonismo sorprendente, pues no tenemos ninguna constatación de que alguna mujer interviniera en la redacción de los Evangelios. En la cena de despedida conocida en la tradición cristiana como la “Última Cena” ellas están presentes, así como al pie de la cruz, y en los días posteriores, así como en los fundamentales momentos que rodearon el misterio central y definitivo de la Pascua.
  • El caso de María Magdalena es especial desde todos los puntos de vista. No cabe duda de que fue protagonista de una verdadera y auténtica relación especial con el Maestro, dejándose seducir por Él, por su Palabra, por su dulzura, y, también, y sin duda, por el estilo y la delicadeza peculiar que el Señor, desde luego, mostró con ella, pero también, con el mundo femenino. Y llama la atención que los Evangelios no esconden un hecho insólito: Jesús resucitado no se presenta en primer lugar a Pedro, o a su Madre, sino a María Magdalena, “de la que había expulsado siete demonios“, pero también de la que afirmó en un banquete memorable de que “amaba mucho porque mucho se le había perdonado”. Este primer encuentro del resucitado, publicado a bombo y platillos en el Nuevo Testamento, es la suprema demostración de que para Jesús, y su grupo, el papel de esa mujer era destacado.
  • Y está el mandato misionero: “Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.»  Jesús le dice: «María.» Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní»- que quiere decir: «Maestro» -. Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras. (Ju 20, 15-18).
  • Este texto niega una afirmación que se ha oído muchas veces cuando se trata de la posible ordenación  de mujeres: que los jerarcas de la Iglesia no pueden, ni siquiera el Papa, hacer algo que el señor no hizo. Afirmación ridículamente fuera de lugar, y disparatada, entre otros motivos por que la Iglesia ha hecho cientos de veces cosas, y ha tomado decisiones que al Señor nunca se le ocurrieron. Y en temas n importantes y decisivos, que no solo no las decidió el Maestro, sino que la impresión que parece imponerse es la contraria: de que se trata de algo que ni lo dijo, ni lo quiso, sino todo lo contrario.
  •  Un ejemplo flagrante de que la Iglesia ha hecho cosas, y tomado decisiones, que Jesús no hizo ni tomó, sino todo lo contrario, es el asunto que traté en el artículo de ayer de este blog: la conversión del Reino de Dios, anunciado por Jesús, como de un movimiento y un estilo de vida en la Humanidad en el que Dios mandaría en el corazón de los hombres, en una Religión organizada, jerarquizada. Otro ejemplo sencillo, los mandamientos de la Iglesia, como oír Misa los domingos, confesar antes de comulgar, etc., y cientos de cosas más.

No tiene, pues, ningún sentido la solemne declaración que un día lanzó Juan Pablo II, desde la ventana de su despacho a la multitud congregada en la plaza de San Pedro que ni él, el sucesor de Pedro, tenía potestad de cambiar la disciplina de la Iglesia con la ordenación ministerial de mujeres, porque el Señor Jesús no lo había querido ni lo había dispuesto. El Espíritu de Dios se manifiesta en la evolución que promueve, entre todos los hombres y todos los pueblos, a través de la Historia.

(No puedo acabar este artículo. El ordenador tarda un siglo en exponer en pantalla las palabra y frases que escribo. En esta frase, hasta el final, que no ha salido todavía, podrá tardar más de dos minutos. (De hecho ha tardado cuatro y medio).

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
 
 

Ante enseñanza tan clara y valiente, -progresista, podíamos decir, en los años 40 la Iglesia, tan homófoba actualmente, adelantándose 2000 años a la ley de Igualdad-, que no puede haber excusas ni vetos cançonicos para retrasar el reconocimiento, no la concesión, de un Derecho inalienable, que nunca debería haber sido puesto en tela de juicio.

 

1ª) Eliminar la división canónica Clero-Laicado

1ª) Eliminar la división canónica Clero-Laicado.

Prolegómenos: (Hago aquí algo parecido a lo que jamás olvidaban los clásicos escolásticos medievales: la “explicatio terminorum”, explicación de los términos, palabras y conceptos que iban a usar)

  1. Clericalismo: En primer lugar explicaré dos conceptos, Clericalismo y Religión, que considero necesarios para poder explicarme. El propio Papa ha expresado en numerosas ocasiones, siguiendo la línea del Vaticano II, que fue seguida e los primeros momentos, pero que después, a raíz sobre todo del pontificado de Juna Pablo II, se dejó atrás, el Propio Francisco, decía, ha reiterado casi machaconamente, que uno de los mayores males de la Iglesia, ha llegado a decir, que ¡el mayor!, es el clericalismo. El diccionario de la RAE, Real Academia Española de la Lengua, lo define así:1. m. Influencia excesiva del clero en los asuntos políticos. 2. m. Intervención excesiva del clero en la vida de la Iglesia, que impide el ejercicio de los derechos a los demás miembros del pueblo de Dios. 3. m. Marcada afección y sumisión al clero y a sus directrices”. Si dejamos de lado la 1ª acepción, que sirve, evidentemente, o servía del todo en épocas anteriores, a España, nos atenemos a la  2ª y 3ª acepción, pues ambas reflejan, con matices,  lo que el Papa quiere decir, y todos entendemos con nitidez- Matizo, pues: el sentido de la 2ª significación abarca por completo todo lo negativo que queremos expresar con ese concepto, y sirve, por igual, a lo que antes se llamaba clero bajo, curas de a pie, y a los laicos. El 3º sentido se refiere más a los laicos excesivamente apegados a la autoridad de los clérigos. El Vaticano II quiso luchar con los signos más evidentes de ese clericalismo dominante, y los que por esa época estrenábamos el presbiterado, lo entendimos, y nos quitamos los signos externos más visibles del mismo, como sotanas, hábitos y otros capisayos. (Nadie es capaz de imaginar a los “epíscopoy” y “presbiteroy” de aquella época con alzacuellos, o algo parecido. Y hay que recordar que después de que la Iglesia Católica dejase de lado, y casi con desprecio, a los “protestantes”, ahora muchos visten felices su uniforme de “clergyman”).
  2. Religión: Define la RAE: 1. f. Conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto. 2. f. Virtud que mueve a dar a Dios el culto debido. 3. f. Profesión y observancia de la doctrina religiosa. El significado de los sentidos 2º y 3º no presentan problemas de entendimiento, por el lado negativo. Todos entienden que una persona que tiene la virtud de dar a Dio el culto debido, o de profesar y observar sinceramente la doctrina religiosa es un ser religioso. Es la primera acepción, que supera la manera individual de entendimiento, y se refiere más a fenómenos colectivos y sociales, la que me interesa en este momento. Se suele hablar, ateniéndonos a la 1ª) acepción, que el Cristianismo es una Religión, y no es verdad. En algunos aspectos se puede usar el concepto aplicado a los seguidores de Jesús, pero de ninguna manera el primer sentido: los seguidores de Jesús no tenemos sentimientos de temor, ni siquiera veneración a la Divinidad, que no existe para nosotros, porque la predicación del Reino de Dios del Señor enseña, y así nos aconseja a orar, que Dios es Padre. El cristianismo, dando una tremenda “revira vuelta” incluso al Judaísmo, pone el centro de la fe y de la praxis “¿religiosa?”, –vamos a llamarla así para entendernos-, en el hombre, en la humanidad, en la Persona, y vive su vida iluminado y arrebatado por el misterio de la Encarnación. Además, el seguidor de Jesús no tiene unas normas morales que el Maestro haya querido transmitirle, porque la moral y la ética son parcelas comunes al acerbo cultural y social de los pueblos, y de cada época, van cambiando a mejor con la Historia, y lo que algunos denominan normas morales no son otras cosa que verdades recibidas de lo alto por la revelación, a través de los profetas y escritores sagrados, y completados y puntualizados por Jesús. Esto sí que es el cristianismo; una Revelación, y el mandato del amor supera toda ética y toda moralidad. A nadie se le puede enseñar como norma moral obligatoria el perdón hasta “setenta veces siete”, ni el amor al enemigo.

III. El Reino de Dios. Jesús anunció el Reino de Dios. Hay una cierta confusión entre Reino de Dios y Reino de los cielos. Las dos expresiones quieren decir lo mismo, pero el evangelista Mateo usa más la expresión “Reino de los Cielos” para evitar usar la palabra Dios. La explicación de esta peculiaridad es muy simple: Mateo es el único que escribió su evangelio para una comunidad compuesta al 100% por fieles judíos convertidos, y quiso respetar la admirable delicadeza de los judíos en el respeto al nombre de Dios, que solo lo podía pronunciar el Sumo Sacerdote un día al año, el del Yom Kipur, o día de la expiación. La expresión sustitutoria “de los Cielos”, por “de Dios” ha propiciado el error de algunos de pensar que las parábolas que se hablaban de ese Reino se referían al Reino futuro, o al cielo. Nada de eso. Jesús se refiere a este mundo, donde Dios establecerá su Reino en el corazón de los que escuchen la Palabra de Jesús, y lo sigan. Que es un “Reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia,  el reino de la justicia, el amor y la paz”,  como proclama el prefacio de la fiesta del Cristo Rey. EL Maestro de Nazaret no predicó, ni se propuso, ni fundó una nueva religión. Es sorprendente, para los que no están habituados al estudio del Nuevo Testamento, o, por lo menos, a su asidua lectura, la figura de Jesús en su diatriba antirreligiosa oficial, su batalla dialéctica continua con los Sumos Sacerdotes, y cómo desenmascara la hipocresía de los santones  religiosos de su tierra y de su tiempo.

Hasta finales del siglo IV, y después, durante los siglos V-VI, los cristianos no tienen la ocurrencia de vivir su vida comunitaria, su Eucaristía, y su amor fraterno como la ritos o prescripciones de una Religió, con sus preceptos, sus sacrificios, sus sacerdotes, su jerarquía. En el Nuevo Testamento no hay un solo texto en que a un cristiano se le llame “sacerdote“, y solemne proclamación de Cristo como el único y eterno sacerdote, en la carta a los Hebreos, no deja la más mínima duda. Durante esos primeros siglos no había clérigos y laicos. Todos eran bautizados, y todos bebían de un mismo Espíritu el agua viva de los diversos ministerios, pero siempre con la coletilla “del mismo Espíritu“. Afirman muchos historiadores que ocurrió un fenómeno muy común en las historia de los cambios históricos: el atractivo del Poder, y el olvido de la esencia que el Evangelio marcaba para el mismo, el servicio, fue dejado de lado, y se puso una jerarquización, a lo romano, pero de ninguna manera inspirada en los valores evangélicos. Pero la imitación del estilo de la administración romana sirvió de pretexto y feliz excusa para la gran, tremenda, irreparable traición al Evangelio. Por eso muchos opinamos que para salir del pozo de podredumbre que manifiesta el delito de la pederastia, nada mejor que intentar valientemente dejar de vivir nuestra fe como una Religión, con su parafernalia de organización y de presencia poderosa en el mundo, y prestar el gran servicio a los que nos seguirán, de abandonar esta tremenda, pero en el fondo, ridícula división entre clero y laicado, sin olvidar la otra, más ilógica y contradictoria todavía, de varón y mujer.

Y quiero terminar este escrito, que no puede ser de ninguna manera un tratado teológico, pero sí un apunte de lo que pensamos, con sinceridad y profundidad muchos de los que trabajamos y sufrimos con la Iglesia, que no ha habido en la historia de la evangelización una campaña más fuerte, práctica, eficaz, y resolutiva que la propia vida de las comunidades cristianas primitivas, que, sin alharacas, convirtieron el Imperio Romano, (“se tragaron”, escribió  el gran historiador inglés Arnold J. Toynbee), en menos de tres siglos. Y eso sin clérigos, ni curas, ni obispos, ni cardenales, ni papa, como los de hoy, sino solo gente de servicio, y con voluntad de lavarse los pies unos a otros.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara   

 

      

 

 

Propuesta, ingenua, de medidas para intentar aniquilar la pederastia clerical

En mi artículo de este blog de hace unos días, 20/08/2018, titulado “No basta con pedir perdón”, siguiendo la argumentación del arzobispo de Dublín, Diarmuid Martin, en su carta al Papa de preparación para el “Encuentro Internacional de las familias”, de que urgía en la Iglesia “aniquilar para siempre” esa terrible y vergonzosa lacra de la pederastia clerical, terminaba mi escrito prometiendo apunar algunas medidas para conseguir esa erradicación. He aquí las que se me ocurren, intentado solamente opinar y proponer con la “santa valentía y libertad” de los hijos de Dios:

1ª) Eliminar la división canónica Clero-Laicado.

2ª) Urgente puesta de la mujer en el lugar que le corresponde en la Iglesia, según la estadística, la sociología, y la psicología.

3ª) Profunda revisión de la doctrina, y pedagogía, sexual oficial de la Iglesia.

4ª) Anular la ley del celibato obligatorio de los ministros ordenados, y volver a la praxis de los primeros siglos.

5ª) Revisión audaz de los procesos de preparación al ministerio, (y de la necesidad, utilidad, y conveniencia de los seminarios, tal como los entendemos).

6ª) Privilegiar el acolitado adulto, (dejando el infantil para las Eucaristías con niños, acompañados por sus padres o responsables).

7ª) Estudiar la utilidad y conveniencia de la confesión frecuente de los jóvenes y de la dirección espiritual, actividades sin fundamento teológico ni histórico-bíblico en la Iglesia.  

8ª ) Exquisito control, por fieles responsables, de probada madurez y equilibrio psicológico-afectivo, de los campamentos, jornadas y días de entretenimiento y de formación (¿?).

Se trata pues, como se puede ver en esta lista de temas y propuestas, que no caben más largas en este asunto, ni más manifestaciones plañideras de pena y empatía o simpatía por las víctimas, ya que la ola de abusos y maltratos morales y psicológicos a menores, muchas veces niños y adolescentes, y en casos horripilantes casi bebés, está dañando la credibilidad de los ministros de la Iglesia, en lo más esencial de su testimonio, es decir, en la veracidad de los verdades y sentimientos que se anuncian y se predican. Escribía un día de éstos en la portal “Religión digital” su director José Manuel Vidal un artículo duro, pero relista y respetuoso, en la línea de la carta del Arzobispo de Dublín de no poner paños calientes a la dramática situación de la Iglesia, sumida en el escándalo:

“Examen de conciencia, dolor de los pecados …..Eso significa, a mi juicio y en primer lugar, acercarse de verdad a las víctimas. Para escucharlas, acogerlas y, sobre todo, resarcirlas de su dolor y de sus heridas. Con protección real y ayuda psicológica, evidentemente pagada por la institución. Y con todo tipo de ayudas que necesiten, especialmente las materiales. Que a esas vidas destruidas no les falte lo necesario para vivir y puedan salir adelante lo más dignamente posible. Y si eso significa que la institución tiene que arruinarse, que se arruine. Y si tiene que vender palacios, iglesias y hasta el propio Vaticano, que lo haga. Vale más la vida de un inocente que todas las riquezas eclesiásticas acumuladas durante tantos siglos”.

Palabras fuertes, rasgadas y comprometidas, con las que concuerdo plenamente. No hay más que abrir periódicos, revistas, y portales digitales para comprobar el tremendo impacto que esta situación verdaderamente problemática produce en los medios de comunicación, no solo de los no creyentes, o que incluso buscan motivos serios para atacar a la Iglesia, sino de ambientes eclesiales nada sospechosos, que se sienten transidos de dolor y vergüenza de ver como la honorabilidad y la confianza que la gente ha ido cultivando a la Iglesia está cayendo a pedazos, sumidos en el dolor y en el estupor. Por eso que nadie se extrañe que el desarrollo de los puntos que he marcado para los siguientes escritos en mi blog no sean nada complacientes. Fiel a mi estilo, procuraré evitar toda expresión que resulte ofensiva o hiriente, pero pienso que hay que enfocar y abordar la situación actual, más eclesiástico-clerical que eclesial, a Dios gracias, como una emergencia de vida o muerte para toda la Comunidad, porque los fieles, en su lealtad, han ido, durante siglos, aprendiendo a identificar lo eclesiástico con lo eclesial, y, ahora, cuando están viendo la terrible sima de ese mundo clerical, para ellos, ahora hipócrita y podrido, es necesario, y como he marcado más arriba, urgente, meter el bisturí con pulso sereno, pero cono decisión y valentía.

(Seguirá)

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara