Mank

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Netflix acaba de estrenar Mank, su principal baza de cara a la temporada de premios. La fórmula combina un director de prestigio, David Fincher, y una de esas historias sobres los entresijos de Hollywood que tanto gustan. Si a eso se le suma un homenaje a la catalogada como mejor película de la historia todo apunta a un éxito seguro. No obstante, en todo este engranaje parece que falta una pieza clave. ¿Podrá triunfar sin ella?  

 

 

Mank 1Orson Welles era un prometedor talento de veintiséis años cuando estrenó la que a menudo ocupa la primera posición en las listas de las mejores películas de todos los tiempos: Ciudadano Kane (1941). Con ella se aupó al Olimpo de Hollywood gracias, entre otras cosas a una labor de dirección en aquel trabajo sigue siendo a día de hoy objeto de estudio, y a un guion firmado junto con Herman J. Mankiewicz. La recién estrenada Mank traslada a la pantalla el proceso de elaboración de ese libreto y el encargado de hacerlo ha sido David Fincher, uno de los cineastas norteamericanos más aplaudidos del panorama actual. Fincher tenía treinta años cuando debutó en el cine con Alien 3 (1992), que marcaría el inicio del declive de la célebre saga. Ya entonces asomaba una singular personalidad que le permitió alejarse (aunque no para bien) de sus predecesoras. Pero fue tres años después, con Seven (1995), cuando comenzó su lento ascenso hasta el Olimpo. Establecer este paralelismo entre los dos autores creo que ayuda a apreciar el último trabajo de Fincher, que se erige como su obra más ambiciosa y, seguramente, la más personal.

Mank 2Entre otras muchas cosas, Mank pretende ser un homenaje a Ciudadano Kane, y no solo porque refleje la fase de escritura del film, sino también gracias a sus excelentes transiciones, al uso de algunos encuadres y a la elección de ese estilo narrativo concéntrico que supuso uno de los principales logros de la cinta de Welles. No obstante, Fincher tiene demasiada personalidad como para limitarse a imitar al maestro, y por eso aporta movimientos de cámara marca de la casa que contribuyen a rejuvenecer el resultado final. A nivel formal el conjunto es extraordinario e incluso puede resultar apabullante para los espectadores con un paladar más educado en aspectos técnicos. El apartado artístico es igualmente sobresaliente, y es justo destacar la ambientación y las interpretaciones, encabezadas por la de un magistral Gary Oldman.

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Ahora bien, el resultado no termina de emocionar. Al fin y al cabo, ese es el factor más determinante en el juicio sobre una película o sobre cualquier obra de arte. El cine, en donde habitualmente prima la narración, nos sumerge en la historia a través de la conexión con el protagonista y su conflicto o mediante el suspense y las sorpresas del guion. Así ocurría en Ciudadano Kane, donde ya al inicio el periodista plantea la pregunta sobre quién había sido verdaderamente aquel hombre y convierte la misteriosa última palabra del difunto en el enigma que sobrevuela todo el metraje. A partir de esa pesquisa se desarrolla un relato concéntrico que salta en el tiempo para mostrar distintos episodios de la vida del protagonista. De este modo se nos explica su origen, su controversia y el desenlace del misterio planteado al comienzo de la historia.

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Sin embargo, Mank no ofrece ningún cebo para el espectador mas que la incógnita sobre cómo fue creado aquel mítico guion. Bajo mi punto de vista, si ese es el cebo, pocos picarán. Quizás los admiradores más fieles del Hollywood clásico o los cinéfilos más mitómanos; pero me temo que su fascinación inicial se topará con la frialdad de un relato protagonizado por un personaje que no despierta la empatía necesaria como para constituirse en el anclaje emocional del que la película adolece.


Y así es como llegamos a la principal lacra de las películas de Fincher. Es innegable su talento detrás de la cámara, pero virtuosismo técnico necesita una mayor dosis de emoción. Al final, eso es lo que queda grabado en la memoria colectiva. Lo consiguió con el final de Seven y de El club de la lucha (1999), dos obras de relativo éxito comercial en su estreno, que pasaron de la categoría “películas de culto” a hoy día ser abrazadas por el gran público. Pero una década después, ni Zodiac (2007), ni El curioso caso de Benjamin Button (2008) ni La red social (2010), sus películas más ambiciosas hasta la fecha, han calado en el corazón de los espectadores. Tampoco lo hará Mank, y por eso, aunque Fincher apunta a ganar su ansiado oscar a la mejor dirección, tendrá que seguir esforzándose si el día de mañana quiere que su nombre figure en ese Olimpo reservado solo para los elegidos.

Nota: 8/10

Paco Egea

 

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