SERÁS UNA POLIS

 

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Cuando los antiguos griegos despedían a alguien que emprendía un viaje largo, utilizaban esta expresión: Vayas donde vayas, serás una polis. Vivir en una polis significaba emplear las palabras y la persuasión como instrumentos de vida, en lugar de la fuerza y la violencia. El ciudadano de la polis ya sabía que emplearía el discurso como medio de persuasión, en busca de un espacio donde él mismo y cualquier interlocutor que encontrara en su viaje tuvieran un lugar y un tiempo.

Hay un pensamiento de Hannah Arendt que enmarca muy bien no solo esta idea sino el proyecto entero de la convivencia. La gran filósofa alemana lo enuncia así: Si los hombres no fueran iguales, no podrían entenderse ni planear y prever para el futuro las necesidades de los que llegarán después. Si los hombres no fueran distintos, es decir, cada ser humano diferente de cualquier otro que exista, haya existido o existirá, no necesitarían el discurso y la acción para entenderse.

Entre todas las profesiones –actividades que se profesan, es decir que implican un compromiso vital del que se puede hablar- los docentes somos, sobre cualquier otra consideración, los profesionales del discurso y la acción. En la escuela, maestros y alumnos conectan profundamente sus vidas en un espacio donde todos aprenden: el adulto mira el mundo con los ojos de los niños; estos lo descubren con la mirada del maestro. Actúan modificándose la vida mutuamente, creciendo como personas, en un diálogo que se desenvuelve en la más compleja riqueza de lo humano. Ahora bien, precisamente porque personifica, trasciende las fronteras físicas del aula para modificar la realidad del centro, del entorno y, de manera trascendente, de la sociedad. Por eso merece la pena la apuesta clara por la tolerancia hacia los rasgos que nos diferencian, el aprecio por aquellos que nos unen y el rechazo firme a las actitudes que conlleven violencia. El reto de la mejora de la convivencia en la escuela y en la sociedad pasa por aquilatar bien estos ámbitos y por abordarlos sin prejuicios.

Termino con Hannah Arendt una vez más: Lo que hace que valga la pena vivir juntos es que compartamos palabras y hechos. Ese debería ser siempre el camino.

 

NO TENEMOS MIEDO PERO…

 

Rubik's_cube.svgEn aquellos días de agosto en que tuvimos el alma en los atentados de Barcelona y Cambrils, me preguntaron qué puede hacer la escuela para prevenir la violencia terrorista. Respondí sinceramente que la escuela trabaja ya muy en serio por la integración, con todas sus fuerzas. Es más, hay integración real, en sus aulas se pone verdaderamente en práctica el laboratorio de una sociedad mejor. El mosaico de colores en las aulas es tan complejo que la única manera posible de avanzar es la convivencia. Y sin embargo, nos llegan estos golpes que no podemos olvidar a pesar de que los sigan grandes golpes de la naturaleza.

Un terrorista esconde, con frecuencia bajo el amparo de un supuesto credo religioso o político, una “mirada alienante”, que cosifica a las personas, las convierte en una masa informe y las priva de su singularidad. Orson Welles la describió muy bien en la tremenda escena de la noria de la película El tercer hombre: “¿Ves aquellos puntitos de allá abajo? ¿Qué pasaría si yo suprimiera a uno? Nada en absoluto.”

No es fácil saber cómo se llega, antes de los veinte años, a conseguir ese tipo de mirada. A lo largo de la historia ha sido frecuente y ha convertido a muchos jóvenes en ejecutores de intereses espurios, o tal vez del mismo interés con diferentes disfraces.

Creo adivinar que esa mirada parte de una personalidad irreflexiva, poco empática e intolerante a la frustración. Es posible que sufra una crisis de identidad personal junto a una necesidad de afirmación y a la vez de difusa venganza contra un mundo a veces maltratador e injusto, más áspero cuando se ha llegado de fuera con la expectativa de una vida mejor, porque el contraste con la realidad obliga a idealizar aquello que se dejó atrás y ya se ha perdido para siempre. A ello se añade la necesidad de absolutos, consustancial a la juventud. Hay quien los encuentra en la pertenencia a un grupo, se diluye en él y acepta los retos y pruebas iniciáticas que ese grupo exija. Y hay quien crece en entornos – sociales y religiosos- en los cuales la vida de los otros no es sagrada. Tal vez la suma de estos factores podría hacer un terrorista. Lo seguro es que detrás de cada uno de ellos hay una persona que elige su camino.

Ha comenzado el curso y en el ánimo de todos está arrimar el hombro para que el dolor de Barcelona no vuelva a suceder. ¿Qué más puede hacer la escuela? Seguir profundizando en la buena convivencia. Para ello necesita cada vez más apoyo y recursos de profesionales externos. Y dicho esto, son los responsables políticos quienes deben corresponder con honestidad, quienes deben esforzarse por evitar guetos, quienes deben favorecer- como urgencia social- el empleo y la inserción de la gente joven.

La escuela integra en la sociedad, el trabajo digno integra en la sociedad, el comportamiento íntegro de los gobernantes integra, cohesiona, a la sociedad. El buen juicio de los medios de comunicación, y la disminución de los estímulos de violencia en la infancia, contribuyen a la integración. Y una vez dicho esto, la solución concreta – cuando la violencia se disfraza bajo un credo o una idea- solo puede provenir de ese mismo credo. Y mientras esto no suceda, la sociedad debe garantizar el derecho a la protección y la seguridad de los ciudadanos con todos los medios lícitos a su alcance.

No tenemos miedo es, en principio, un buen mensaje pero puede conducir a dejarlo todo como está, y hay mucho que hacer; debemos, por el contrario, tener preocupación y compromiso. El pacifismo es una especie delicada y frágil en el espectro de la conducta humana y solo puede crecer donde todo se pone en marcha para que crezca.

La venganza de los niños

 

COOPERATIVO

 

Hace tres siglos un profesor muy prestigioso, don Emmanuel Kant, de la Universidad de Köenigsberg, escribió que el motor que hacía progresar la sociedad humana era la insociable sociabilidad del hombre: esa competencia con el vecino que nos obliga a aguzar el ingenio, la competitividad que da origen a los inventos. Pero el ilustre “don Manuel” no tiene la razón completa, porque los conflictos que no se solucionan bien son disfunciones en la comunicación humana, esa comunicación del rostro humano frente al rostro humano que, según los paleontólogos, justifica nuestra posición erguida.

En el terreno de la educación, todos sabemos que el clima de un aula condiciona completamente el proceso de enseñanza y aprendizaje. Sabemos que, cuando encontramos conductas disruptivas, nuestra motivación y la del alumnado decrecen y se ven sustituidas por un desánimo que muy pronto se transforma en impotencia.

Los conflictos en las escuelas no son generalizados pero son reales. Los dos o tres alumnos disruptivos que todos contamos como “nuestros”, esos chicos o chicas que nos llevamos puestos a casa y sobresaltan por la noche nuestros sueños, existen de verdad. Han estado hoy en clase y volverán mañana. Su actitud seguramente refleja la despersonalización, la agresividad y las dificultades de comunicación de una sociedad como la nuestra, que gusta de llamarse precisamente sociedad de la comunicación. Tal es la evidencia de ese reflejo que a veces me pregunto si lo que ellos nos muestran en clase – la manera en que maltratan a sus compañeros y se agreden a sí mismos, la incidencia cada vez mayor de problemas psicológicos y hasta psiquiátricos- no será una especie de venganza de los niños por las dificultades que tienen hoy las familias para educar. Y también – hay que atreverse a decirlo- por la infantilización, el consumismo, la hipersexualización, la banalidad, el hedonismo, las adicciones y la incongruencia de los adultos que los rodean.

Hemos sido capaces de romper el tabú de que en la bendita infancia podía producirse la violencia. Estamos actuando ya en firme contra el acoso escolar y los resultados se notan. Tal vez haya llegado el momento de decir en voz alta que los niños y niñas con mayores dificultades sufren una fiebre de la que nosotros, los profesores, vemos solo los síntomas pero que se produce fuera del aula: en la casa y en el barrio, en la tele y en las redes sociales. Y que es allí – en la sociedad- donde únicamente se puede solucionar.

A vueltas con los valores I: la tolerancia

La tolerancia, es decir, el respeto incondicional a los demás y a sus ideas, se promueve hoy como el bien supremo e inequívoco. Sin embargo, muchos consideran tolerancia lo que no es más que indiferencia o escepticismo.

La indiferencia consiste en no preocuparse, ni siquiera interesarse, por los demás: «Cada uno puede pensar lo que quiera, con tal que no perjudique a nadie, especialmente a mí”.

Voltaire identificó la tolerancia con lo que, en lenguaje actual, se dice: «no te metas en lo que no te importa». Santo Tomás de Aquino era para él un intolerante porque se atrevió a desear en sus escritos que todo el mundo fuese cristiano. Pero para santo Tomás aquello era lo mismo que desear que todo el mundo fuese feliz.

La verdadera tolerancia de ninguna manera implica indiferencia en relación con nuestro prójimo. Bien dice el filósofo Jürgen Habermas que sólo puede ser tolerante quien está convencido de sus ideas, precisamente porque tiene un sustrato firme en el que asentarse y puede descubrir, desde él, qué tiene en común el fondo de su postura con el fondo de la del contrario.

El escepticismo, por otra parte, consiste en dudar de la existencia de la verdad o, al menos, de nuestra capacidad para encontrarla. Relega los valores personales al ámbito de la «opinión», que se contrapone al de los «hechos». Los hechos se pueden mostrar; las opiniones son una cuestión personal y es mejor reservarlas para uno mismo.

La confusión se origina en gran parte por no distinguir entre el respeto a alguien y el respeto a las ideas de alguien. Y no es lo mismo. Las ideas tienen que ganarse el respeto; las personas ya se lo merecen, por su dignidad de hijos de Dios. Nadie necesita probar su valía para merecer nuestro amor. El solo hecho de que sea una persona creada por el amor de Dios, a su imagen y semejanza, debe bastarnos.

Pero, ¿y las ideas? Las hay de todos tamaños y colores: verdaderas y falsas, ridículas y serias, brillantes y aburridas, malvadas y buenas. Por eso, la tolerancia debe moverse en un equilibrio: “Te respeto y defiendo tu derecho a seguir tu conciencia porque eres libre y digno de respeto, pero no dudaré en sopesar tus ideas para escudriñar su propio valor. Algunas serán aceptables para mí; otras quizá tendrán que ser rechazadas.”

La auténtica tolerancia no exige que abandonemos nuestras convicciones, sino que respetemos la inviolabilidad de la conciencia ajena y su derecho a seguir sus creencias. Implica también reconocer como intrínsecamente malo el uso de la fuerza para cambiar el modo de pensar de alguno, aunque estemos ciertos de que está equivocado.

Ahora bien, no es correcto decir que las teorías verdaderas son «toleradas»; se aceptan, más bien, porque son razonables, por su propio peso. Los errores, en cambio, algunas veces son tolerados en vista de un bien mayor: por ejemplo, el respeto hacia una persona. Esta es la esencia de la genuina tolerancia. El considerar la tolerancia como valor absoluto conlleva finalmente un serio problema: no se puede tolerar cualquier cosa. No toleramos la viruela, ni el abuso de menores, ni la contaminación de aceite en los mares, ni otros muchos males que aquejan a la sociedad.

Como observa afirma la encíclica Veritatis splendor: «Si no hay una verdad fundamental que guíe y dirija la actividad política, las ideas y las convicciones podrán ser manipuladas por razones de poder. Como lo demuestra la historia, una democracia sin valores se convierte fácilmente en un totalitarismo, declarado o encubierto».

La profe de Reli

Me voy a meter, directamente, en una camisa de once varas. No puedo remediarlo. Tal vez por un resto de deformación profesional, ya que durante doce años he tenido responsabilidad en ANPE, uno de los sindicatos más representativos en el ámbito del profesorado de Religión; tal vez porque soy una maestra católica que trabaja en la escuela pública.

Allá voy: me preocupa mucho el deterioro del rol del profesorado de Religión en los centros públicos. Un deterioro que no tiene que ver con las cualidades personales ni profesionales de estos docentes sino con la situación laboral en la que están inmersos. No me refiero a sus sueldos sino a la organización de su trabajo. Baste como ejemplo decir que un maestro de Religión de Primaria, en la Comunidad de Madrid, no recibe su nombramiento hasta el día seis o el siete de septiembre, víspera del comienzo de las clases. Al día siguiente, este maestro o maestra se incorpora en horario parcial a un par de centros, nuevos en la mayor parte de las ocasiones. Y allí le esperan un par de jefes de estudios disgustados y un par de claustros ya predispuestos a criticarlo, no como persona sino como representante de una materia determinada. ¿Por qué? Pues porque hasta que la profe de Reli no llega, se ignora qué días vendrá al colegio (no olvidemos que comparte ese centro con otro al menos, con lo cual esta situación se plantea por duplicado). Y hasta que no se sabe si vendrá los lunes y jueves, o los martes y viernes… ¡no se puede elaborar el horario del resto del profesorado! Estamos hablando de que la ausencia del profesor de Religión el día 1 de septiembre condiciona, sin justificación aparente, el comienzo de las clases en todos los centros públicos de la Comunidad de Madrid. ¿Por qué? ¿Cuál es la causa? ¿Es responsabilidad de la administración? ¿No tiene solución posible? Me cuesta entender que se maltrate de esta manera indirecta la tarea de unos profesionales excelentes. Porque excelentes son los profes de Reli y los compañeros que les esperan en el centro.

Me gustaría pedir desde aquí, a quien corresponda, que se revisen a fondo los nombramientos tardíos, los horarios compartidos y los cambios de centro de los profesores de Religión de la enseñanza pública. La profe de Reli puede llegar a ser, en el claustro, embajadora de los valores, dinamizadora de las actividades relacionadas con la moral, con la Paz, con los Derechos Humanos y con todos los avances sociales que emanan de las Bienaventuranzas. Pero para ello debe incorporarse a la vez que los demás profesores y debe permitírsele una continuidad que la convierta en parte imprescindible de su centro escolar.

Ya avisé que era una camisa de once varas. Escribo así porque entiendo que la presencia de la Religión Católica en la escuela pública no es un mero trámite, ni algo que se esté dejando morir. Si me equivoco, habría llegado la hora de otro debate.

Septiembre

¿Están ya forrados los libros? ¿Lista la mochila? ¿Qué tal va el regreso a los horarios razonables de comida y sueño? ¿Y los profes? ¿Preparadas las programaciones? ¿En estado de revista los miles de documentos que enviaremos a la Inspección Educativa? Septiembre no es un mes, es una frontera.

Con los pies en posición de avance para un nuevo camino, se encuentran también muchos niños que reciben de préstamo los libros y la mochila, para quienes los horarios de alimentación y sueño nunca son razonables. Las estadísticas dicen que estos pequeños viven “bajo el umbral de la pobreza”, pero no subrayan que ellos se dan cuenta. La sociedad conoce el enorme porcentaje que ocupan, casi nunca sus rostros, jamás su nombre. (más…)