A vueltas con los valores I: la tolerancia

La tolerancia, es decir, el respeto incondicional a los demás y a sus ideas, se promueve hoy como el bien supremo e inequívoco. Sin embargo, muchos consideran tolerancia lo que no es más que indiferencia o escepticismo.

La indiferencia consiste en no preocuparse, ni siquiera interesarse, por los demás: «Cada uno puede pensar lo que quiera, con tal que no perjudique a nadie, especialmente a mí”.

Voltaire identificó la tolerancia con lo que, en lenguaje actual, se dice: «no te metas en lo que no te importa». Santo Tomás de Aquino era para él un intolerante porque se atrevió a desear en sus escritos que todo el mundo fuese cristiano. Pero para santo Tomás aquello era lo mismo que desear que todo el mundo fuese feliz.

La verdadera tolerancia de ninguna manera implica indiferencia en relación con nuestro prójimo. Bien dice el filósofo Jürgen Habermas que sólo puede ser tolerante quien está convencido de sus ideas, precisamente porque tiene un sustrato firme en el que asentarse y puede descubrir, desde él, qué tiene en común el fondo de su postura con el fondo de la del contrario.

El escepticismo, por otra parte, consiste en dudar de la existencia de la verdad o, al menos, de nuestra capacidad para encontrarla. Relega los valores personales al ámbito de la «opinión», que se contrapone al de los «hechos». Los hechos se pueden mostrar; las opiniones son una cuestión personal y es mejor reservarlas para uno mismo.

La confusión se origina en gran parte por no distinguir entre el respeto a alguien y el respeto a las ideas de alguien. Y no es lo mismo. Las ideas tienen que ganarse el respeto; las personas ya se lo merecen, por su dignidad de hijos de Dios. Nadie necesita probar su valía para merecer nuestro amor. El solo hecho de que sea una persona creada por el amor de Dios, a su imagen y semejanza, debe bastarnos.

Pero, ¿y las ideas? Las hay de todos tamaños y colores: verdaderas y falsas, ridículas y serias, brillantes y aburridas, malvadas y buenas. Por eso, la tolerancia debe moverse en un equilibrio: “Te respeto y defiendo tu derecho a seguir tu conciencia porque eres libre y digno de respeto, pero no dudaré en sopesar tus ideas para escudriñar su propio valor. Algunas serán aceptables para mí; otras quizá tendrán que ser rechazadas.”

La auténtica tolerancia no exige que abandonemos nuestras convicciones, sino que respetemos la inviolabilidad de la conciencia ajena y su derecho a seguir sus creencias. Implica también reconocer como intrínsecamente malo el uso de la fuerza para cambiar el modo de pensar de alguno, aunque estemos ciertos de que está equivocado.

Ahora bien, no es correcto decir que las teorías verdaderas son «toleradas»; se aceptan, más bien, porque son razonables, por su propio peso. Los errores, en cambio, algunas veces son tolerados en vista de un bien mayor: por ejemplo, el respeto hacia una persona. Esta es la esencia de la genuina tolerancia. El considerar la tolerancia como valor absoluto conlleva finalmente un serio problema: no se puede tolerar cualquier cosa. No toleramos la viruela, ni el abuso de menores, ni la contaminación de aceite en los mares, ni otros muchos males que aquejan a la sociedad.

Como observa afirma la encíclica Veritatis splendor: «Si no hay una verdad fundamental que guíe y dirija la actividad política, las ideas y las convicciones podrán ser manipuladas por razones de poder. Como lo demuestra la historia, una democracia sin valores se convierte fácilmente en un totalitarismo, declarado o encubierto».

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