La vida consagrada

La conozco de cerca y creo que cuanto menos se hable de ella, mejor le va a ir a su verdadera condición y a su salud interior. Lo que pasa es que de “la vida consagrada” suelen hablar con mayor frecuencia aquellos que la conocen sólo de lejos y que, por lo general, apenas si les sirve para otra cosa que no sea la que los lleva a establecer juicios precipitados y, por eso mismo, escasamente justos. Más que nada porque de lo que se suele tratar es de someter a querella no a la vida consagrada como proyecto de perfección, sino de hacer pasar por el aro a sus profesantes. Nunca serán tan perfectos como la dignidad de esa vida reclama, pero el heroismo -eso he dicho- de aquellos que responden generosamente a la llamada que los ha conducido al retiro y al silencio y a la disciplina regular -que no es una disciplina cualquiera-, se merece al menos un respeto y una discreción que no han brillado, precisamente, en la pequeña chuminada que el escritor y periodista J.M. de Prada se ha largado en las páginas de ABC y a las que ya hice hace unas fechas una referencia respetuosa.
Juan Manuel ha insistido en el tema de su desacuerdo con la actitud del cura que ha entrado en el “Gran hermano” de telecinco. Juan Manuel dirige en otro telecanal un programa que tira de una película para montar en torno a ella un debate muy formal y riguroso que examina el filme exhibido y que lo redondea con comentarios y aportaciones muy personales y, por lo general, suficientemente instructivos. “Historia de una monja” fue la película seleccionada por Juan Manuel para ese tema sobre la vida consagrada. El filme de Fred Zinneman tiene ya algunos años, pero refleja con bastante autenticidad los motivos de un fracaso en la vida religiosa:la monjita era joven,era guapa,estaba interpretada por Audrey Hepburn y sabía de medicina africana un porrón de cosas que hacían de ella una enfermera singular aunque no una monja exquisita.
Claro: la monja misionera acaba su historia fílmica abandonando el convento disciplinar en que la han refugiado sus superiores porque su presencia en el frente misionero se había convertido en imposible. La película es conflictiva, llena de pequeñas trampas, difícilmente justificable en algunas de sus presentaciones, cosa que no se tuvo muy en cuenta a la hora del debate montado en “Lágrimas en la lluvia”, que es como se llama el programa de Juan Manuel. Y eso que por los años en que se coloca la historia de esta monja, no había televisión ni se iban las monjas a la convocatoria del “Gran Hermano” ni andaban mundalizadas hasta las cachas y con muchas ganas de saltarse a la torera las diciplinas del convento. Unas disciplinas que, de por sí, no dan ni mayor consistencia a la vocación ni más deseo de que se organicen reformas coventuales aún más ásperas que las dejadas a la espalda.
Juan Manuel ha citado a la Madre Teresa de Jesús para apoyar alguna de sus afirmaciones sobre el virus que se ha infiltrado en la vida religiosa y cómo aspiró siempre a una vida “más espiritual, orante y austera -un deseo ascendente y desmundanizante” -dice Juan Manuel-. Es la misma mujer que frenó excesos de mortificación en el Duruelo de Fray Juan de la Cruz. Y es que ella tenía mucho sentido común y un equilibrio sensato que la llevaba a la penitencia cuando penitencia y a las perdices -si las había- cuando las había. “De lo menos difícil a lo más difícil” no deja de ser un exceso peligroso si no se apoya en la condición sacralizadora de todo lo que es la vida consagrada.*

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