Entrevista con San Damián de Molokai

PadreDamianMolokaiTenía ganas de “echar un rato” con Damián, mi hermano de Congregación. Hablar con un Santo como él, tiene que ser siempre muy gratificante. Le he rezado mucho a lo largo de mi vida, porque siempre fue un modelo y un estímulo, de niño, de joven y de mayor. Pero una entrevista es preguntarle por algunos de sus secretos. Vamos a ello.

                                                

 

— Hola, hermano. Para empezar, dime: ¿cómo prefieres que te llame, José de Veuster o Damián de Molokai?

  • Los dos nombres me gustan. El primero porque hace referencia a mi bautismo y al apellido familiar; el segundo porque me recuerda mi profesión religiosa y mi lugar donde viví con mis queridos leprosos. ¡Qué recuerdos!

—  Ciertamente tienes motivos sobrados para sentirte orgulloso por tu trabajo en Molokai.

  • Orgulloso, no. Me siento, sobre todo, agradecido. Agradecido a Dios, principalmente, que me llamó; agradecido a la Congregación que me aceptó; agradecido al Obispo de aquellas islas benditas del Pacífico, que me invitó a dedicarme a aquellas gentes abandonadas; y, sobre todo, agradecido a mis queridos leprosos, que me enseñaron tantas cosas, y que se dejaron querer.

—  Nosotros, al menos, y el mundo entero, sí que nos sentimos orgullosos de ti. Tanto que se te ha dado el sobrenombre de “el  Héroe de la Caridad”. ¡Bonito título!

  • Demasiado pomposo para un pobre fraile que hizo algo de lo que pudo hacer, y no hizo todo lo que hubiera querido. Es verdad que todo lo que hice, lo hice por amor a aquellas gentes a quienes nadie quería (llámalo caridad, si te gusta más). Pero no acepto lo de “héroe”. Me viene grande. Y además no me gusta; dejemos esos títulos grandilocuentes para otras gestas, o para los caballeros andantes que buscaban la gloria.

—   Sabemos mucho de tus sufrimientos, que tocaron techo al convertiste en un leproso como los demás. Pero ¿cuál fue tu mayor sufrimiento?

  • No cabe la menor duda de que lo que más me hacía sufrir era ver sufrir a mis leprosos. ¡Cuánto sufrimiento en el pequeño espacio de un islote! Pero si te soy sincero, una de las cosas más duras que tuve que pasar, fue la soledad… y, a veces, la incomprensión. ¡Qué débil era el muchachote fuerte de la granja de sus padres! ¡Qué vulnerable el hombre que tenía que aparentar fortaleza ante tanto guiñapo humano! A pesar de todo, y gracias a la Providencia, nunca me desanimé… y raras veces me quejé. ¿Acaso tenía derecho a hacerlo entre tanta miseria humana?

    Hay una anécdota que se cuenta en tu biografía. Ante la negativa del capitán del barco a dejarte subir a bordo, te confesaste en público (con el Padre Provincial) desde una pequeña barquilla de remos con la que te aproximaste al  casco del buque. Creo que eso supondría para ti  un gran acto de humildad, ¿no?

  • Podía más el deseo del perdón de mis pecados. Creo que reconocer los pecados no requiere humildad, sino arrepentimiento. Al no tener con quién confesarme habitualmente, lo hacía ante el Señor, en la pequeña Capilla, durante las largas horas que pasaba ante el Santísimo Sacramento. Y me sentía tan reconfortado, que me levantaba con nuevas fuerzas y renovada esperanza. Con frecuencia meditaba con las parábolas del Hijo Pródigo, la oveja perdida, el Buen Samaritano… parábolas de la misericordia de Dios.

  Se ha escrito mucho sobre tus desavenencias con tu  Superior Provincial. ¿Qué  hay de ello? ¿De quien era la culpa?

  • De todas formas no debemos buscar culpables. Las circunstancias, y sobre todo la lejanía, no facilitaban el buen entendimiento, y sí las incomprensiones mutuas. Sin embargo, las cosas no fueron para tanto. Ni yo le desobedecí nunca (aunque me dolieran ciertas incomprensiones), ni él me impidió dedicarme a mi misión y a mis leprosos. La historia, con frecuencia, exagera ciertas cosas.

—  Por último, ¿qué pasó por tu ánimo cuando descubriste que estabas leproso? ¿Sentiste miedo, angustia, desesperación, conformidad…?

  • De momento, sólo admiración y extrañeza, porque no me lo esperaba todavía, aunque sabía que tenía que llegar tarde o temprano. Luego miedo, pero no a la lepra con la que estaba bastante familiarizado; miedo a no poder seguir desempeñando mi misión y mi atención a mis enfermos. Y por último aceptación plena y absoluta. Era la gran condecoración por mis trabajos. Todavía recuerdo el día en que en la homilía de la Misa pude decir a todos:”Nosotros los leprosos…” Créeme que lo dije con alegría por poder hacerme uno como ellos.

—   Gracias, Damián,  por dejarnos ese gran ejemplo de entrega y servicio a los más necesitados de entonces. Y me alegro por tu elevación a los altares.

  • Lo de los altares, es cosa de Dios. Él es el que nos hace “santos”. Nosotros casi solo necesitamos dejarle hacer.  Y vale por hoy. ¿Te parece?

—   Me parece. Gracias,  y ruega por nosotros.

                                        _________________________

El recuerdo de Damián, su entrega, su amor al prójimo… es siempre acicate y estímulo para darse más y mejor a las tares del Reino.

Félix González ss.cc.

7 Responses to “Entrevista con San Damián de Molokai”

  1. Descubrí a Damián cuando era adolescente, ¡que bueno es tener un referente!. Me parecía alguién tan cercano en el tiempo, un hermano de los Sagrados corazones como los que había conocido y como los que fuí conociendo. Con ese carisma de la congregación llevado hasta el extremo: La adoración y el amor a la celebración de la Eucaristía de donde cogía sus fuerzas, y sobre todo el amor a los pobres, a los desprotegidos, a los que nada tienen.
    Personas como el padre Damián, para mí es mas cercano llamarle así que San Damián, nos estimula y alienta con su testimonio de vida, nos ayuda a ver de qué somos capaces si descubrimos el verdadero Amor de Dios; olvidarse de uno mismo para dejar hacer a Dios, “amar hasta el extremo” como lo hizo Jesús

  2. Ana: Yo también prefiero llamarle “Padre Damián”. No me acostumbre a decir San Damián. Por otra parte, su canonización no ha añadido nada para mí. Ya lo tenía como un santo… y un santo de categoría.
    No cabe duda que su vidaes un buenreferente pra seguir a Jesús en l entrega por los demás (a veces tan difícil) Un abrazo58zt

  3. Ana: Yo también prefiero llamarle “Padre Damián”. No me acostumbro a decir San Damián. Por otra parte, su canonización no ha añadido nada para mí. Ya lo tenía como un santo… y un santo de categoría.
    No cabe duda que su vida es un buen referente pra seguir a Jesús en la entrega por los demás (a veces tan difícil) Un abrazo

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