Reformas en la Iglesia

vaticanoLa Iglesia Católica, como comunidad humana y secular al mismo tiempo, está necesitada de reforma, permanentemente, si no quiere quedarse obsoleta. Y esta necesidad nace de dos supuestos: la condición humana y su adaptación a los nuevos tiempos.

Tiene que adaptar, no sólo su lenguaje, sino también algunas prácticas que no son sino adherencias de siglos, además de ciertos conceptos ya trasnochados.

Debe cambiar su lenguaje, con frecuencia arcaico y superado. Y debe reformar una parte de su pensamiento doctrinal, a tenor de las nuevas incorporaciones del saber y de las últimas investigaciones: bíblicas, teológicas y morales.

Recuerdo la expresión de uno de los participantes en un Congreso de Misionología, al que yo asistía hace muchos años, que decía: “La Iglesia  no puede ir en carreta, tras un mundo que va en avión”.

Existe un profundo y patente divorcio entre la Iglesia “oficial” (si se me permite el calificativo) e “institucional”, y la Iglesia comunidad, pueblo. Tanto ya el presente, como presumiblemente el futuro que ya se empieza a atisbar, se van alejando como dos líneas divergentes; y en el mejor de los casos, como líneas paralelas, que nunca tienen puntos de encuentro.

Se tiene que dar por bueno y necesario, lo que se ha dado en llamar la “evolución de los dogmas”; que no significa tanto el cambiarlos, cuanto encontrar su auténtico significado, a la luz de las nuevas teologías. Igualmente, hay que ser conscientes y consecuentes con la exégesis bíblica, que ha adquirido nuevos hallazgos y nuevas interpretaciones, a partir del mejor conocimiento de la historia antigua, y de los géneros literarios, gracias a los estudios más recientes de los estudiosos del tema.

Si se habla de la moral, personal, social o sexual, vemos que las orientaciones y conocimientos de la psicología  y la antropología aportan nueva visión al panorama moral.

No se trata de renunciar a lo que es nuclear en el mensaje evangélico; se trata de purificarlo de las adherencias de tantos siglos, acudiendo a las fuentes, conservando la tradición apostólica, y renunciando a las múltiples tradiciones que son propias y exclusivas de ciertas épocas o momentos históricos y sociales, ya abundantemente superados.

«Ecclesia semper reformanda est» (”La Iglesia necesita constantemente reformarse”), es una expresión muy usada y que fue dicha primeramente por el teólogo calvinista Gisbert Voetios en el sínodo de Dordrecht (1618-1619).

Ojalá que se empiece a notar pronto, no vaya a ser que nos quedemos en teorías bonitas sin darnos cuenta de que la realidad, es que no estamos llegando eficazmente a nuestros contemporáneos.

La Iglesia es “antigua”, pero no “vieja”. La actualidad de su mensaje vale para siempre, pero tiene que ir envuelto en nuevos moldes. “A vino nuevo, odres nuevos”.

Una eclesiología remozada, nacida (y muerta) a la luz del Concilio Vaticano II, debe dar paso a una nueva realidad eclesial, remozada y viva.

Uno de los aspectos que contribuirían a este remozamiento, debería ser el asumir la pluralidad de pensamiento y la libertad de expresión.

Otro aspecto, no menos importante para lograr ciertos cambios significativos, sería la aceptación y promoción del laicado, no sólo en su faceta de ejecución , sino también en la gestión; y de forma preeminente, la incorporación plena de la mujer.

Una jerarquía y un “poder” casi exclusivamente de hombres, provoca el destructivo e ilógico “machismo”, que no aporta ni favorece un punto de vista plural, en un mundo que está hecho de hombres y mujeres.

La Iglesia, continuadora de la misión de Jesús, debe seguir sus pasos y su estilo. Toda la labor de jesús fue la de atraer, no rechazar, sumar y no restar. La compasión y la misericordia fueron siempre su forma de actuar: “yo tampoco de condeno” (a la mujer adúltera). Nunca hay que “apagar la mecha que humea”, ni “acabar de romper la caña cascada”.

Un refrán castellano, dice, lleno de sabiduría.:”Caen más moscas en un plato de miel, que en un barril de vinagre”. La persona que se ve acogida, querida, respetada en su dignidad, perdonada con generosidad, sin exigirle contrapartida, está más favorablemente dispuesta a la reconciliación.

Una Iglesia más madre que juez, estaría en mejores condiciones para reintegrar a los posibles descarriados.

Félix González

7 Responses to “Reformas en la Iglesia”

  1. ¡Desde luego!
    Pero además, se ha ido camuflando el mensaje:
    El latín, convertía la misa en recitativos; el rezo del Rosario, en un mantra; el Magníficat, tan radical, cantado o en latín es más apropiado para haber sido entonado por “una Virgen pura”; las procesiones de Semana Santa, las devociones populares, las romerías, novenas y primeros viernes han compartido espacio con las supersticiones.
    Veo importante que la gente conozca el Evangelio y las Cartas, su texto directo y su explicación. La homilía es un lugar privilegiado para enseñar el pensamiento de Jesucristo; si no se conoce, difícilmente va a interesar; y para eso, es imprescindible no acomodar el mensaje que se transmite.
    De niña, las monjas, explicaban la parábola de los talentos ajustándola al resultado en los estudios y al buen comportamiento. Los talentos son la capacidad de vivir el Reino y transmitirlo que tiene cada uno. Con su explicación, alcanzaban a diluir las propuestas evangélicas en los logros que un modelo de sociedad proponía.
    Hago abstracción de toda la pegajosa moralina que se consiguió destilar de la voluntad de Dios.
    En este momento, son pocos los términos que a nuestros predicadores les bastaría manejar:
    “Paz, justicia y equidad”; dejando a un lado los discursos manidos que no comprometen, de uno en uno, a los que escuchan. Se podría ser incisivo con cada evangelio leído en la Misa; casi en su totalidad, llevan condensada la propuesta de participar en un orden nuevo que rechaza el poder, la competitividad y la fuerza, al tiempo que despiertan la conciencia de que la infelicidad del otro pesa tanto como la propia.
    La predicación debería ser incómoda, de forma que, quien rechace pensar en cualquiera, como si de su hijo se tratara, viviría con la alerta de que no está ’empistado’ hacia el Reino. Toda forma de guerra, fabricación de armamentos, apoyo a gobiernos violentos, o el no ser capaces de llegar a un 0,7% para ayuda al desarrollo hasta 2015, tendría que ser el escándalo cotidiano de los cristianos, en el atrio y en el templo, en casa y con los amigos. Ser sabedores de la existencia de mil millones de hambrientos sería suficiente para taparnos la cara y buscar qué hacer con el dinero.
    Si los fariseos eran sepulcros blanqueados porque exageraban sus ayunos, no se me ocurre qué calificativo nos corresponde a unos cristianos hartos y que presumen de su hartura.
    La gran revolución en la Iglesia va a ser despertar a los fieles y cesar en narcotizarlos contándoles un evangelio que no los transforma.

  2. ¡Vaya, vaya, vaya! Esta vez, Susana, sí que te has despachado bien. Pero estoy muy de acuerdo. No obstante qué difícil es la cosa. Con la claridad que se ve, y que poca respouesta tiene. ¿Para cuando el Reino? Somos, en general, unos inconscientes; y eso, nos culpa y nos disculpa al mismo tiempo. ¿Para cuándo un mundo más justo para tantos millones de desplazados sociales? Es fácil asumir que Dios es el Padre de todos; pero ¡cuanto cuesta sacar conclusiones respecto al prójimo! Saludos

  3. ¡Cuánta razón tenéis! A menudo dejamos el Evangelio en la estantería porque no queremos que nos moleste. Es demasiado subversivo y nos complica la vida.
    Y muchos se van a otro sitio a buscar a Jesús debido a que en la Iglesia encuentran más obstáculos que ayudas, más distracciones con asuntos -morales, por ejemplo- que no constituyen la base para ese encuentro, que se enmarca en la libertad y en la aceptación del otro tal como es.
    Sin embargo, sí hay pequeños grupos y personas que han encontrado el tesoro y que son sal. Creo que son ellos quienes, a pesar de que no se realicen a medio plazo las reformas de las que la Iglesia está tan necesitada, pueden evitar que se convierta en una institución completamente alejada de la realidad en los países europeos.

  4. Querida Ruth: Tienes mucha razón al decir que “hay pequeños grupos y personas que han encontrado el tesoro y son sal”. ¡Ya lo creo que sí! El Espíritu sigue actuando, a pesar de las cortapisas que se le ponen. La Iglesia es mucho más que la jerarquía y que los cristianos que se dicen tales, pero no practicantes. El Reino se va construyendo poco a poco. Hay signos por todas partes, tanto dentro de la Iglesia como fuera de ella. Las palabras de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra; y qué quiero sino que arda”, van haciéndose realidad, y surgen por doquier pequeñas hogueras. ¡Provoquemos fuegos! Naturalemente, no en los montes, sino en los corazones y vida de los hombres; pero empecemos por arder nosotros.

  5. Me encanta la facilidad para no decir nada de ciertos ‘reformadores’,

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