El río que no quiso llegar al mar

   Apoyado en el quicio de mi ventana, casi absorto, contemplo cómo el río se desliza majestuoso, sin prisa, dosificando el tiempo. De vez en cuando, en alguna de sus muchas vueltas y revueltas, parece remansarse para observar con más detenimiento el paisaje, cuyas márgenes riega, generoso y placentero.

   Pero no; nunca se detiene ni remansa. Tal vez sea un simple engaño óptico, o el deseo de verlo sosegado, inmóvil, recreándose en las orillas, cuajadas de diminutas margaritas, blancas y amarillas, nacidas al socaire del suave vientecillo que mueve juguetón las verdes briznas, o las hojas secas, caídas de los álamos gigantes que se reflejan en las aguas calmosas que van como dormidas, acunadas por el monótono y monocorde croar de las ranas de los charcos.

 

   Dicen las abuelas, que todavía van a lavar sus refajos en la orilla, que el río va despacio porque no quiere llegar al mar, tan grande, tan violento a veces, tan salado siempre. Sabe que si llega al mar, tendrá que diluirse en sus aguas, en sus olas portadoras de arenas o de algas, en su va-y-ven marinero; como una marioneta, sin movimientos propios y sin propia libertad. Sabe que perderá la imagen, impresa en sus entrañas, de todos los paisajes, de todas las riberas, de todos los pueblos  con sus casitas muy blancas y sus tejados muy rojos. Y hasta tendrá que olvidar el trino de los pájaros enamorados o el gorjeo ruidoso de los alevines que celebran la llegada de la primavera.

 

  Y este río que ahora veo pasar majestuoso, apoyado en el quicio de mi ventana, irá a perderse en el mar, y ya no será más un río; se perderá en la inmensidad. Dejará de ser un río andariego entre helechos y arbustos. Será mar o será océano. Y obedecerá a la luna en sus caprichosas y repetidas mareas, y perderá su nombre y su apellido, y sólo será historia escrita en el abismo de corales.

  Acaso tenga suerte, y encontrará una sirena, alegre y juguetona, con quien intercambiar las nacaradas conchas de la playa, o con alguna vieja caracola hecha, también, de nácar retorcida.

  El mar es el rebujo de muchos ríos que llegaron con ansia de grandeza, para pasar, para siempre, al simple anonimato, sin nombre propio, sin personalidad, sin las imágenes del camino recorrido. Así transcurre la vida y las historias del flujo de los ríos. Y es bueno recordar aquí los versos del poeta:”nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir”.

 

  Pero conozco un río que no quiso perder su idiosincrasia; que quiso seguir siendo siempre él mismo. Que no quiso morir, desamparado y solo, en el abismo del mar. Y que, después de correr por las praderas, y después de luchar contra las trochas, y de arrastrar mil cantos rodados por su lecho, se fue a morir él solo, en un bello paraje, salpicado de rojas amapolas y nardos olorosos. Y allí formó su lago transparente, el lago de sus sueños, el que siempre quiso. Y allí duerme este río singular, sin que nadie le asuste o le moleste. Allí sueña, las noches del estío, con las estrellas que se reflejan en sus aguas y que el viento mece. Allí se posa, muy señora, la luna de oropel. Pero nadie sabe que aquel lago de plata, fruto de un deseo, fue primero un río inconformista, que olía a tomillo, a hierbabuena y a albahaca, en sus laderas.

                                              ________

 

Moraleja: Hay personas que no son capaces de tener ideas propias. Que hacen lo que hacen los demás, porque no quien correr riesgos, o porque no tienen ideas propias, o les falta personalidad para salirse de la rutina. Ponen en práctica aquellos de: ¿Dónde vas Vicente? Donde va la gente”. Y hasta son capaces de ser felices por seguir la corriente o la moda o la costumbre.

Hay otras personas que son capaces de tomar sus propias decisiones, y no les importa salirse del rebaño, pensando y actuando por sí mismos. Esto les lleva a tener que “nadar contra corriente”; y, en ocasiones, a sentir el rechazo de los conformistas. 

 

                                                                                    Félix González

4 Responses to “El río que no quiso llegar al mar”

  1. “Prefiero equivocarme, siguiendo a mi conciencia, que acertar en contra de ella“. Newman
    (Confío en haber entendido el mensaje)

  2. Ya lo creo, Susana, que lo has entendido. Estoy de acuerdo contigo. Un abrazo y ¡Felices Fiestas Navideñas!

  3. Preciosa comparación, por cierto últimamente te ha salido la vena poética y te doy las gracias porque me haces soñar y con los sueños y utopías nunca seremos “conformistas” sino que siempre iremos mas allá, donde nos lleve el sueño o el ideal.
    FELIZ NAVIDAD – SUEÑO HECHO REALIDAD –
    También para ti, Susana

  4. Ana: me gusta que te guste soñar. La vida tiene más poesía de lo que vulgarmente parece. Yo también te deseo una muy feliz Navidad. Y que tu salud se mejore.

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