El camino que se convirtió en autopista

(Me decía Susana, la constante e incansable colaboradora de este Blog, que “me había dado por la parte poética”. Pienso que, de vez en cuando, hay que ejercitar la imaginación para que no se atrofie. Por eso, vuelvo con un cuentecito, un tanto abstracto, que no se parece a los cuentos al uso)

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     Nació como un sencillo y humilde “sendero”. Con ese nombre lo bautizaron y con ese mismo nombre le llamaban cuando la gente hablaba de él. Era el sendero que conducía a…

Era  más bien estrecho. Si caminaban dos al mismo tiempo, tenía que ir uno detrás del otro porque no cabían los dos a la vez. Así era de estrecho. Abundaban los pedruscos, las hierbas, los baches, el barro, o los charcos cuando  llovía.

Y cuando la lluvia arreciaba con fuerza, el estrecho sendero se anegaba por completo y se hacía intransitable. Los lugareños agradecían poder tener esa especie de atajo para comunicarse con otros pueblecitos cercanos, o para llegar a las tierras de pan llevar. Pero se quejaban porque en muchas ocasiones no podían transitar, debido a su precariedad. Entonces maldecían al sendero. Pero él nunca se quejó; comprendía el enfado de aquellas gentes, cuyos pies le hollaban sin miramiento en la temporada seca, y le ignoraban en la época de las lluvias torrenciales.

 Tanto pasar y pasar, ir y venir por el mismo lugar, fueron ensanchando por un lado y otro el sendero. Y la siguiente generación nunca más lo llamó sendero; todos, jóvenes, mayores y niños, lo llamaban el ”camino”. Era un poco más cómodo; ya no era necesario caminar en fila india; su anchura, aunque no excesiva, sí que era suficiente para que dos pudiesen ir a la misma altura dialogando. Poco a poco habían ido retirando los pedruscos y se hacía más fácil caminar sin tropiezos; ya no salía hierba porque eran muchos los transeúntes que lo pisaban constantemente. El “sendero” había muerto, pero había dado paso al “camino”, que era como subir de categoría en la llamada red de comunicaciones entre pueblos. El camino se encontraba orgulloso de haber sido tan bien acogido por la gente, que siempre tiene fama de exigente cuando se trata de comodidad. Las gentes de los otros pueblos, también estaban contentas con la nueva adquisición, que se había ido logrando con el transcurso del tiempo, pero también por su tesón y empeño. Lo consideraban un logro del que debían de estar orgullosos.

 

  A pesar de su satisfacción por el progreso adquirido, el camino sentía una cierta añoranza de cuando no era más que un simple sendero, estrecho e incómodo, pero  útil a pesar de todo. En sus dos lados crecían con abundancia las humildes margaritas, con sus hojitas blancas y su centro amarillo. ¡Cuántas veces los enamorados se agachaban para coger alguna, e irla deshojando mientras andaban, tratando de encontrar la respuesta a la pregunta: ¿“Me quiere”?. Sí…no…sí…no…

El sendero gozaba con estas manifestaciones; y, aunque suponía sacrificar una margarita en la ornamentación, ganaba una nueva ilusión.

 El camino carecía de ese aliciente. Al ser más ancho, había perdido gran parte de la hierba y de las florecillas de sus orillas. Pero lo justificaba pensando que no se puede, siempre,  tener todo.

 

Pero llegó un día en que las autoridades del gobierno central, se acordaron de la existencia de aquella región, para promocionarla, facilitando las comunicaciones. Eso sería un factor importante para la comercialización de los productos agrícolas, tan abundantes y de tan buena calidad por el favorable clima que reinaba en aquella región: y por otra parte, también era digna de tener muy en cuenta la rica y extensa cabaña bovina, de una raza poco común en el resto del país.

  Y lo primero que había que hacer (y se hizo) era una buena carretera, una autovía o autopista por donde pudiesen circular los vehículo de gran tonelaje, transportando la mercancía. De esta forma se iba a potenciar, aún más, aquella zona agrícola y ganadera. Se podrían construir fábricas para manufacturar los productos lácteos y agrícolas. La gente, en general, estaba contenta, porque se iba a acrecentar la posibilidad de una mejora en su vida económica; un aspecto de lo que se suele llamar “calidad de vida”. Es verdad que no todos veían dicha transformación como un progreso. Algunos seguían prefiriendo la tranquilidad, la paz, y la vida sosegada, al ruido de los motores y los claxons.

 

  El “camino”, que era al que más afectaba el cambio, se debatía entre la alegría y la tristeza. Y la disyuntiva no era fácil; aunque sabía que no dependería de él, ni siquiera sería consultado. El dinero es, hoy día, el gran poder. Ya alguien dijo, con gran sabiduría:”Poderoso caballero es don dinero”.

 

Por una parte, el camino deseaba seguir siéndolo; tenía su encanto, y se podía ir tranquilamente a pie. Incluso servía para pasear a los mozos y las mozas, las tardes de los domingos. Cuando se convirtiese en una autopista, se acabarían los paseos de los enamorados, o de los matrimonios mayores contando sus pequeñas cuitas. Pero  a cambio, subiría de categoría de manera fulgurante, y aparecería su nombre señalado en todos los mapas de carreteras, signo de su importancia a nivel nacional.

Esperó a que el tiempo pusiese las cosas en su sitio; y mientras tanto trataría de gozar el momento presente.

Lo que más temía, y le causaban auténtico pavor, eran las enorme máquinas que, sin piedad y en aras de la eficacia, le destrozaría las entrañas; los enormes camiones transportando la tierra sobrante, y las monstruosas hormigoneras, escupiendo brea o cemento, y destruyendo todo vestigio de lo que fue primero un sendero, luego un camino vecinal de albero y, por fin, lo que sería una autopista nacional. Entre alegre y optimista, por una parte, y triste y pesimista por la contraria, el “camino” dejó de darle vueltas a su imaginación, y tomó una postura conciliadora. Sería lo que los que pueden habían decidido. Su opinión, nada clara por el momento, poco importaba.

 

Moraleja: El progreso siempre es beneficioso, aunque pierda el encanto de lo sencillo, de lo de siempre, de lo tradicional; aunque pierda el sabor de los detalles que dieron vida a “lo de siempre”. Pero el progreso, cuando sólo busca la eficacia y la riqueza de unos pocos, cuando no respeta la historia, cuando aturde a los pobres, cuando no se tienen en cuenta los sagrados valores de la existencia humana, puede ser un arma de dos filos, que hace crecer el bienestar, pero mata la historia. Y no se trata de la añoranza sentimental y del rechazo al cambio. La humanidad, cada pueblo, cada persona, necesita del pasado. “Lo cortés no quita a lo valiente”

 

 

                                                                                                    Félix González

3 Responses to “El camino que se convirtió en autopista”

  1. “Yo tenía un a caminito y el viento lo borró;
    yo tenía un caminito y el agua lo llevó.
    Ya no tengo caminito, ya no tengo caminito…
    pero llego a donde voy.”
    .
    No recuerdo el autor, pero sumo su ritmo a la hermosura de tu cuento.

  2. Lo importante, Susana, no es tanto el autor cuanto el producto. Tampoco importa demasiado el camino, lo que importa es llegar “a donde voy”. Lo que importa es saber a dónde queremos llegar. Para llegar a Dios hay cienmil caminos; repito que lo importante no es un camino u otro. Llegar, sí.

  3. The sharing on the road is very interesting and interesting. I would love to read your article. It left me a deep impression.

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